El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 33 — La carretera del norte
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Capítulo 33 — La carretera del norte

Abandonaron el monasterio aquella misma mañana.

La niebla seguía cubriendo el valle cuando terminaron de cargar el vehículo y emprendieron el viaje.

Nadie tenía motivos para quedarse. La pista relacionada con la primera llave había desaparecido y la insignia encontrada en la habitación demostraba que alguien se les había adelantado.

Mientras Adrián arrancaba el motor, Raquel observó al anciano.

Desde el descubrimiento de la insignia apenas había hablado y parecía concentrado en algún recuerdo que todavía no terminaba de encajar.

—Todavía no nos has dicho adónde vamos.

El hombre permaneció unos instantes mirando por la ventanilla antes de responder.

—Porque primero necesitaba estar seguro de que no estaba confundiendo un recuerdo con un deseo.

—¿Y ahora sí lo estás?

—Sí. Hace muchos años vi esa insignia en un lugar muy concreto. En aquel momento no sabía qué significaba y terminé olvidándolo. Solo después de estudiar los documentos de Gabriel comprendí que aquel símbolo no era una simple decoración.

Adrián incorporó el coche a la carretera.

—¿Dónde la viste?

—En una iglesia abandonada situada cerca de una antigua frontera.

—Eso sigue siendo bastante impreciso.

—Porque no hablo de una frontera moderna. Hablo de una frontera que desapareció hace siglos.

Durante las horas siguientes atravesaron carreteras secundarias rodeadas de bosques y montañas.

A medida que avanzaban hacia el norte, los pueblos se hicieron más escasos y el paisaje comenzó a volverse cada vez más agreste.

Raquel observaba el territorio que desfilaba tras la ventanilla mientras intentaba ordenar las piezas del rompecabezas.

Habían empezado siguiendo documentos antiguos y ahora perseguían a personas reales.

La diferencia cambiaba por completo la naturaleza de la investigación.

—¿Crees que los que entraron en el monasterio también se dirigen allí?

—Estoy convencido.

—Entonces podrían llegar antes que nosotros.

—Tal vez ya hayan llegado. Si encontraron la misma pista que nosotros, también encontraron información que aún desconocemos. Y eso significa que la ventaja que tienen no depende únicamente de la velocidad.

Poco después del mediodía abandonaron la carretera principal y tomaron una ruta estrecha que serpenteaba entre montañas cada vez más abruptas. Finalmente llegaron a una pequeña explanada de grava junto a un camino forestal.

El anciano señaló hacia el bosque.

—A partir de aquí tendremos que continuar a pie.

Raquel observó los alrededores. No había edificios, señales ni indicios de presencia humana. Solo árboles, roca y silencio.

—¿La iglesia está muy lejos?

—Unas dos horas caminando.

—Espero que merezca la pena —murmuró Adrián mientras cerraba la puerta del vehículo.

El sendero ascendía entre árboles centenarios cuyos troncos parecían formar columnas naturales.

La vegetación era tan densa que apenas dejaba pasar la luz.

Durante buena parte del recorrido caminaron atentos al terreno irregular y a cualquier señal que pudiera indicar que alguien había pasado por allí antes que ellos.

La confirmación llegó cuando Raquel descubrió varias huellas marcadas sobre la tierra húmeda junto al borde del camino.

—Deteneos un momento.

El anciano y Adrián se acercaron para examinarlas. Las marcas eran recientes y avanzaban exactamente en la misma dirección que seguían ellos. Tras observarlas durante unos segundos, el anciano llegó rápidamente a una conclusión.

—Son de al menos tres personas y han pasado por aquí esta misma mañana.

Adrián siguió con la vista el rastro que desaparecía entre los árboles.

—Entonces vamos detrás de ellos.

—Y eso significa que estamos más cerca de la primera llave de lo que imaginaba.

Continuaron el ascenso con una sensación completamente distinta. Ya no seguían únicamente pistas históricas. Ahora avanzaban por el mismo camino que recorrían sus rivales.

Cuando el bosque empezó a abrirse, el sendero desembocó en una pequeña meseta rocosa desde la que se dominaba buena parte del valle.

Allí se alzaba la iglesia, una construcción modesta de piedra oscurecida por los siglos, con parte del tejado derrumbado y un campanario inclinado que parecía desafiar al tiempo.

La vegetación trepaba por los muros y varias ventanas aparecían vacías, como cuencas oscuras observándolos desde la distancia.

Sin embargo, el deterioro del edificio no fue lo primero que llamó su atención.

Sobre la entrada principal alguien había pintado con trazos recientes el símbolo de los custodios: siete líneas convergiendo hacia un punto central. Debajo del emblema aparecía una inscripción escrita con pintura negra. A medida que se acercaban, las palabras se hicieron perfectamente visibles.

"Llegáis tarde."

Raquel intercambió una mirada con Adrián. El mensaje demostraba que quienes habían pasado por allí sabían que iban a seguir su rastro y, por alguna razón, habían decidido dejar constancia de ello.

El anciano observó la inscripción durante varios segundos antes de acercarse a la puerta. Pasó la mano por la pintura todavía fresca y examinó cuidadosamente los bordes de las letras.

—No lleva mucho tiempo aquí.

—¿Horas? —preguntó Adrián.

—Probablemente. Como máximo desde esta mañana.

El anciano continuó observando la pintura negra mientras repasaba mentalmente los detalles de la inscripción. La conclusión era evidente. Quienes habían dejado aquel mensaje se encontraban muy cerca y conocían perfectamente el itinerario que ellos iban a seguir.

La búsqueda acababa de cambiar de naturaleza.

Hasta ese momento habían perseguido documentos, mapas y fragmentos de una historia enterrada durante siglos.

Ahora se enfrentaban a personas reales que avanzaban por delante de ellos y parecían conocer la existencia de cada nueva pista antes incluso de que ellos la descubrieran.

Raquel observó la oscura entrada de la iglesia.

—Entremos.

Nadie discutió la propuesta.