Capítulo 32 — El robo
Raquel se despertó poco antes del amanecer con la incómoda sensación de que algo había interrumpido su sueño.
Permaneció inmóvil unos segundos, escuchando atentamente.
El monasterio seguía envuelto en el silencio habitual de la noche, pero entonces oyó un ruido apagado que parecía proceder de las ruinas superiores.
Sonó como el golpe accidental de un objeto contra la piedra.
A pocos metros, Adrián también se removió en su improvisado lecho.
—¿Has oído eso?
—Sí. Ha venido de arriba.
Ambos permanecieron atentos. El sonido volvió a repetirse y esta vez no dejó lugar a dudas. Había alguien moviéndose en el piso superior.
Tomaron las linternas y recorrieron con la mirada la cámara subterránea. Los documentos seguían extendidos sobre la mesa exactamente igual que la noche anterior y el anciano continuaba descansando en la pequeña estancia situada al fondo. Nada parecía alterado allí abajo.
Subieron la escalera de piedra con cautela.
La niebla que había invadido el monasterio durante la noche convertía las ruinas en un paisaje fantasmal.
Las columnas derruidas aparecían difuminadas entre sombras y la débil luz del amanecer apenas lograba atravesar los huecos de los antiguos ventanales.
Avanzaron lentamente por el corredor principal hasta que Raquel se detuvo de repente y señaló el suelo.
—Mira.
Varias huellas recientes aparecían marcadas sobre el polvo acumulado.
Ninguna pertenecía a ellos. Las marcas avanzaban en dirección a una estancia situada en el extremo norte del monasterio, una habitación que apenas habían examinado durante los primeros días porque parecía completamente abandonada.
Lo que llamó inmediatamente la atención de Adrián fue que la puerta estaba entreabierta.
—Ayer estaba cerrada. Estoy completamente seguro.
Se acercaron con precaución. El interior mostraba el aspecto habitual de un lugar olvidado durante décadas: estanterías rotas, vigas desprendidas y piedras cubiertas por una gruesa capa de polvo.
Sin embargo, bastó una mirada más detenida para comprender que alguien había estado allí hacía muy poco.
En una esquina destacaba una superficie rectangular completamente limpia. El polvo desaparecía de forma brusca en aquella zona, como si durante años hubiera descansado allí un objeto pesado que acababa de ser retirado.
—Aquí guardaban algo —murmuró Raquel.
—Y quien entró sabía exactamente dónde encontrarlo.
Durante varios minutos registraron la estancia. Examinaron las paredes, revisaron las estanterías caídas y apartaron restos de madera acumulados en el suelo. Fue entonces cuando Raquel descubrió un pequeño fragmento de papel atrapado entre dos piedras.
Lo recogió cuidadosamente.
Era parte de una hoja mucho más grande y casi todo el texto había desaparecido, pero todavía podían distinguirse algunas palabras.
"Custodio tercero..."
La frase quedaba interrumpida por el borde desgarrado del papel.
—No parece que hayan venido aquí por casualidad.
—No. Sabían exactamente qué buscaban.
Mientras seguían examinando la habitación, escucharon pasos acercándose por el corredor.
Al girarse encontraron al anciano observándolos desde la entrada.
Había subido apresuradamente desde la cámara subterránea y, al ver el fragmento de papel y el espacio vacío de la esquina, su expresión se volvió sombría.
—No puede ser...
—¿Qué ocurre? —preguntó Raquel.
El hombre recorrió lentamente la habitación con la mirada antes de responder.
—Han llegado antes que nosotros.
—¿Quiénes?
—Las mismas personas que llevan años buscando las llaves.
Raquel volvió a mirar el espacio vacío.
—¿Qué había aquí?
—Una pista relacionada con la primera llave.
Aquella respuesta alteró inmediatamente el sentido de todo lo que estaban haciendo.
Durante semanas habían seguido mapas, documentos, referencias históricas y notas dispersas de Gabriel.
Por primera vez tenían la sensación de encontrarse cerca de una llave auténtica y acababan de descubrir que alguien se les había adelantado.
El anciano continuó inspeccionando la estancia hasta que se agachó junto a una pared lateral. Apartó parte del polvo acumulado entre las piedras y extrajo un pequeño objeto metálico oculto bajo los escombros.
Lo sostuvo bajo la luz de la linterna para examinarlo mejor.
Era una insignia circular, antigua y parcialmente oxidada. A pesar del deterioro todavía conservaba un símbolo perfectamente reconocible: siete líneas convergiendo hacia un punto central.
Los tres reconocieron inmediatamente el emblema.
Había aparecido en las notas de Gabriel, en antiguos documentos relacionados con los custodios y en varios de los mapas estudiados durante las últimas semanas.
—Es el mismo símbolo —dijo Raquel.
—Exactamente.
—La dejaron caer.
El anciano observó la insignia durante unos instantes antes de negar lentamente.
—No. La dejaron para que la encontráramos.
—¿Una advertencia?
—Quizá. O quizá una invitación.
Guardó la insignia en el bolsillo y volvió a contemplar la estancia.
—Quien entró aquí quería que supiéramos que había estado antes que nosotros. Se llevó lo que buscaba, pero también quiso dejar una señal.
Raquel observó el fragmento de papel que seguía sosteniendo entre los dedos.
Por primera vez desde el comienzo de la investigación tenían la certeza de que no estaban siguiendo únicamente las huellas del pasado.
Había otras personas recorriendo el mismo camino, utilizando las mismas pistas y buscando exactamente las mismas llaves.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Adrián.
El anciano volvió a examinar la insignia y recorrió con el dedo una pequeña marca grabada en el borde metálico. Permaneció unos segundos en silencio antes de responder.
—Ahora empezamos a movernos.
—¿Por qué?
—Porque esta insignia no pertenece al monasterio. La he visto antes y, si mi memoria no me falla, sé exactamente dónde debemos buscar la siguiente pista.
Raquel y Adrián intercambiaron una mirada.
Por primera vez desde que habían llegado al monasterio, la investigación dejaba de desarrollarse entre documentos, notas y teorías. Alguien se les había adelantado y acababa de obligarlos a abandonar las ruinas para continuar la búsqueda en otro lugar.
La carrera por las llaves acababa de comenzar de verdad.