Capítulo 24 — La pregunta equivocada
Las últimas palabras seguían presentes en la mente de los tres mientras observaban el manuscrito cerrado sobre la mesa.
Durante semanas habían intentado descubrir quién buscaba las llaves, quién seguía sus movimientos y quién parecía dispuesto a eliminar a cualquiera que se acercara demasiado al secreto.
Sin embargo, la posibilidad de que aquella no fuera la pregunta correcta obligaba a replantear toda la investigación desde el principio.
Raquel fue la primera en romper el silencio.
—Si Gabriel tenía razón, significa que alguien no solo quiere encontrar las llaves.
—Exactamente. Encontrarlas sería únicamente el primer paso.
La respuesta modificaba por completo el significado de todo lo que habían descubierto hasta entonces. Las persecuciones, las amenazas y las muertes dejaban de parecer simples intentos de proteger un secreto. Empezaban a encajar dentro de un objetivo mucho más concreto.
—La Orden no busca las llaves por curiosidad histórica —dijo Adrián.
—Ni tampoco para impedir que otros las encuentren. Gabriel estaba convencido de que perseguían exactamente lo contrario de aquello que los seis hombres habían intentado conseguir.
Raquel recordó la inscripción que habían leído poco antes.
"Que ninguno de nosotros vuelva a verlo completo."
Aquellas palabras adquirían ahora una importancia diferente.
—Los seis intentaron evitar que las piezas volvieran a reunirse.
—Y Gabriel terminó convencido de que la Orden llevaba siglos intentando conseguir precisamente eso.
Mientras hablaba, abrió nuevamente el manuscrito y buscó varias páginas situadas cerca del final del volumen.
—Lo más interesante es que esta conclusión no procede únicamente de los documentos históricos. También aparece reflejada en las notas personales que escribió durante sus últimos años.
—¿Las notas que encontramos en su despacho? —preguntó Raquel.
—Las mismas.
Extrajo cuidadosamente una hoja doblada que permanecía oculta entre dos páginas. La escritura era rápida e irregular, como si hubiera sido redactada durante una investigación especialmente intensa.
—En estas notas aparece una idea que al principio le pareció absurda. Con el paso del tiempo terminó convirtiéndose en una de sus principales líneas de trabajo.
Adrián observó el papel.
—¿Qué idea era esa?
—Que la búsqueda nunca se había detenido.
Recorrió varias líneas antes de continuar.
—Según sus investigaciones, los intentos de localizar las distintas partes comenzaron mucho antes de la aparición oficial de la Orden.
Encontró referencias dispersas en archivos pertenecientes a épocas diferentes.
Algunas mencionaban robos extraños. Otras hablaban de desapariciones difíciles de explicar.
También encontró muertes registradas como accidentes que, observadas de forma aislada, no llamaban la atención de nadie.
El problema era que, cuando todas esas referencias se colocaban unas junto a otras, comenzaban a formar un patrón demasiado consistente para considerarlo una casualidad.
Raquel sintió que la dimensión de la historia se hacía cada vez mayor.
—Entonces alguien llevaba siglos intentándolo.
—Eso fue exactamente lo que Gabriel terminó creyendo. Y cuanto más investigaba, más convencido estaba de que algunas partes ya no permanecían donde los custodios originales las habían ocultado.
La afirmación provocó una reacción inmediata.
—¿Quiere decir que algunas ya habían sido encontradas? —preguntó Adrián.
—Significa que Gabriel encontró indicios que apuntaban en esa dirección. No llegó a reunir pruebas definitivas, pero sus notas muestran una preocupación creciente por esa posibilidad.
Raquel volvió a pensar en los últimos meses de vida del investigador. Durante mucho tiempo había imaginado que Gabriel había muerto por descubrir un secreto antiguo. Ahora comenzaba a sospechar algo diferente. Tal vez había muerto porque descubrió que ese secreto seguía evolucionando.
—¿Qué encontró exactamente antes de morir?
Observó unos instantes la hoja antes de responder.
—Encontró una contradicción imposible de encajar dentro de todo lo que sabía. Una contradicción relacionada con una de las partes desaparecidas.
Abrió nuevamente el manuscrito y avanzó varias páginas.
—Según los documentos antiguos, una de las partes se perdió hace más de doscientos años. El custodio murió sin transmitir su ubicación a nadie y los registros posteriores la consideraron definitivamente desaparecida. Durante generaciones se aceptó que jamás volvería a encontrarse.
Adrián observó las páginas abiertas.
—¿Y qué descubrió Gabriel?
Pasó lentamente una hoja más y dejó al descubierto un pequeño dibujo realizado a lápiz. El boceto parecía mucho más moderno que el resto del manuscrito y había sido añadido mucho tiempo después.
—Encontró una referencia que no debería existir.
Raquel se inclinó sobre la mesa para observar mejor el dibujo.
Representaba un símbolo que reconoció inmediatamente.
Era el mismo que habían encontrado grabado en la casa de Gabriel y el mismo que aparecía repetidamente en documentos relacionados con la Orden.
Junto al boceto aparecía una fecha escrita a mano, correspondiente a pocas semanas antes de la muerte del investigador.
Adrián observó el dibujo durante varios segundos.
—Si los documentos dicen la verdad, esto no debería existir.
—Esa fue exactamente la conclusión a la que llegó Gabriel.
Si la parte desaparecida realmente estaba perdida desde hacía más de dos siglos, nadie debería haber podido utilizar el símbolo asociado a ella.
La única explicación razonable era que alguien hubiera localizado aquello que todos creían desaparecido.
Raquel continuó observando el dibujo. Cuanto más lo miraba, más difícil resultaba aceptar que se tratara de un simple error. Si la fecha era auténtica, alguien había encontrado una pieza que los documentos consideraban perdida para siempre.
Levantó lentamente la vista.
—Entonces Gabriel descubrió que el proceso ya había comenzado.
El anciano asintió.
—Eso fue exactamente lo que le preocupó.
Adrián apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Y cuántas partes creía que habían encontrado?
Durante unos segundos nadie respondió. La pregunta permaneció abierta entre ellos mientras las sombras de las linternas se movían lentamente sobre las paredes de piedra.
Finalmente, la respuesta llegó con una serenidad que resultó más inquietante que cualquier otra cosa que hubiera contado aquella noche.
—Esa es precisamente la pregunta para la que Gabriel nunca consiguió una respuesta.