Capítulo 23 — El juramento
La pregunta sobre aquello que los seis hombres habían intentado mantener separado seguía presente en la mente de todos mientras avanzaban por las últimas páginas conservadas del manuscrito.
La historia parecía girar constantemente alrededor del mismo misterio.
Cada documento aportaba una pieza diferente, pero ninguno mostraba todavía la imagen completa.
Las hojas situadas al final del volumen estaban mucho más deterioradas que las anteriores. Algunas habían perdido fragmentos enteros y otras mostraban señales evidentes de haber sido restauradas siglos después. Aun así, varias ilustraciones permanecían sorprendentemente bien conservadas.
Una de ellas llamó inmediatamente su atención.
La escena mostraba una estancia abovedada iluminada por antorchas.
Los seis hombres aparecían reunidos formando un círculo alrededor de una caja de piedra situada en el centro de la sala.
Ninguno estaba sentado ni sostenía documentos.
La composición transmitía la sensación de representar un acontecimiento excepcional.
—Gabriel estaba convencido de que esta imagen representa el momento más importante de toda la historia —explicó mientras acercaba la linterna a la página—. Si su interpretación es correcta, aquí fue donde los seis hombres sellaron el acuerdo que acabaría sobreviviendo durante siglos.
Raquel observó la ilustración con atención. La caja de piedra ocupaba una posición central. El artista parecía haber querido destacar su importancia incluso por encima de las figuras humanas.
—¿Sabemos qué contenía?
—No con certeza. Ningún documento describe su contenido de forma directa. Sin embargo, todos coinciden en que aquello que habían decidido separar estaba presente durante esta reunión.
Pasó la página con cuidado y dejó al descubierto un texto escrito con una caligrafía más solemne que la utilizada en las secciones anteriores. El tono recordaba al de una declaración formal o una promesa destinada a permanecer inalterable con el paso del tiempo.
Comenzó a traducir lentamente.
—"Ninguno buscará las partes que no le fueron confiadas. Ninguno preguntará por ellas. Ninguno intentará reunirlas. Que nuestra voluntad permanezca dividida igual que aquello que hemos separado."
Las palabras permanecieron presentes en la cámara incluso después de terminar la lectura.
La formulación era sencilla, pero transmitía una determinación absoluta.
No parecía el acuerdo provisional de un grupo de investigadores.
Sonaba como el compromiso adoptado por personas que habían llegado al límite de sus posibilidades.
—¿Cumplieron ese juramento? —preguntó Raquel.
—Durante bastante tiempo sí. Todo indica que los seis hombres respetaron el acuerdo hasta el final de sus vidas.
—Entonces, ¿cómo empezó a romperse?
Avanzó varias páginas antes de responder.
—Porque los juramentos sobreviven peor que las personas que los pronuncian.
Mientras hablaba, mostró una nueva ilustración en la que varias figuras entregaban cofres, documentos y objetos simbólicos a otras más jóvenes.
—Los seis comprendieron que no podrían custodiar aquellas partes para siempre.
Con el paso de los años comenzaron a transmitir la responsabilidad a discípulos, familiares y colaboradores de absoluta confianza.
Al principio el sistema funcionó exactamente como ellos habían planeado.
Cada custodio conocía únicamente aquello que necesitaba saber y la separación permanecía intacta.
Señaló varios nombres anotados en los márgenes.
—El problema apareció mucho después. Cada nueva generación heredaba una misión que entendía un poco menos que la anterior.
Algunos custodios conocían perfectamente el origen del juramento.
Otros solo conservaban fragmentos de la historia.
Con el tiempo comenzaron a desaparecer detalles, a confundirse fechas y a mezclarse hechos reales con interpretaciones personales.
Raquel observó la secuencia de ilustraciones.
—La historia empezó a deformarse.
—Exactamente. Lo que para los seis hombres había sido una experiencia directa terminó convirtiéndose en un conjunto de relatos transmitidos de generación en generación.
Algunas partes se conservaron con precisión.
Otras cambiaron lentamente. También aparecieron leyendas, errores y suposiciones que terminaron mezclándose con los hechos reales.
Cerró parcialmente el manuscrito.
—Y cuando un secreto sobrevive durante siglos, acaba produciendo el mismo efecto en casi todos los lugares. Tarde o temprano aparece alguien dispuesto a descubrir aquello que otros intentaron ocultar.
Adrián intercambió una mirada con Raquel.
—Como Gabriel.
—Como Gabriel. Como vosotros. Como muchas otras personas cuyos nombres apenas han sobrevivido en los documentos. La diferencia es que la mayoría abandonó la búsqueda mucho antes de llegar tan lejos.
Raquel volvió la vista hacia los relieves del corredor. Cuanto más aprendían sobre los custodios, menos parecían miembros de una organización poderosa y más recordaban a personas corrientes enfrentadas a una responsabilidad imposible de sostener indefinidamente.
—¿Y cuándo apareció la Orden de la Última Página?
Los dedos recorrieron lentamente el borde del manuscrito.
—Mucho tiempo después de la muerte de los seis hombres. Los documentos más antiguos que mencionan algo parecido a la Orden son posteriores a varias generaciones de custodios.
Abrió una de las últimas páginas conservadas. Allí aparecía una ilustración muy distinta de las anteriores. Ya no mostraba individuos aislados ni pequeñas reuniones. Representaba a un grupo numeroso reunido bajo el mismo símbolo que Raquel había visto varias veces durante la investigación.
—Gabriel dedicó años a estudiar esta transición. Al principio pensó que la Orden era una organización independiente que había descubierto la existencia de las llaves. Sin embargo, cuanto más avanzaba en sus investigaciones, más difícil resultaba sostener esa teoría.
—¿Qué descubrió? —preguntó Raquel.
Mantuvo la vista fija sobre la ilustración durante unos instantes.
—Descubrió que la Orden no apareció desde fuera.
Sus dedos recorrieron el borde amarillento de la página mientras observaba las figuras representadas bajo aquel símbolo.
—La ruptura comenzó dentro del propio sistema. En algún momento, varias personas dejaron de considerar las llaves una responsabilidad heredada y empezaron a verlas como una oportunidad.
Raquel sintió que muchas piezas comenzaban a encajar. Si aquello era cierto, la amenaza nunca había llegado desde el exterior. Había nacido en el mismo lugar donde debía haberse conservado el juramento.
—¿Quiere decir que algunos custodios formaron la Orden?
—Eso es lo que Gabriel terminó creyendo. No todos participaron, por supuesto. Pero encontró suficientes indicios para concluir que una parte del sistema original comenzó a transformarse con el paso del tiempo.
La teoría explicaba demasiadas cosas. Explicaba por qué las llaves seguían siendo buscadas siglos después. Explicaba las persecuciones, las desapariciones y el interés obsesivo que algunas personas parecían mostrar por una historia que debería haber quedado enterrada hacía generaciones.
Cerró el manuscrito con cuidado y dejó ambas manos apoyadas sobre la cubierta de cuero.
—Cuando Gabriel llegó a esta conclusión comprendió que llevaba años investigando la pregunta equivocada.
Adrián frunció el ceño.
—¿Y cuál era la pregunta correcta?
El anciano sostuvo su mirada durante unos segundos.
—La cuestión importante nunca fue quién estaba intentando encontrar las siete llaves.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—La verdadera pregunta era quién quería reunirlas.