Capítulo 20 — La noche de Florencia
Durante algunos instantes nadie formuló preguntas.
Las palabras de Matteo seguían presentes en la cámara mientras el eco de la historia parecía mezclarse con el silencio del antiguo monasterio.
La desaparición de Tommaso Vieri ya no sonaba como una referencia secundaria dentro de un relato remoto.
A medida que conocían más detalles, aquel hombre ocupaba una posición cada vez más importante dentro de los acontecimientos que habían terminado dando origen a las llaves.
Matteo rodeó lentamente la mesa de piedra y abrió el manuscrito por una sección situada aproximadamente en la mitad del volumen.
Las páginas mostraban señales evidentes de desgaste.
Algunas estaban oscurecidas por manchas de humedad y otras habían perdido pequeños fragmentos en los bordes.
Aun así, la mayor parte del texto seguía siendo legible.
—La noche de su desaparición ocurrió en Florencia.
Los documentos no coinciden en todos los detalles, pero sí en los hechos fundamentales.
Sabemos dónde estaban reunidos. Sabemos quiénes participaron en el encuentro.
Y sabemos que aquella fue la última ocasión en la que los siete hombres estuvieron juntos.
Raquel observó cómo el anciano recorría las líneas del manuscrito con la familiaridad de quien las había leído innumerables veces.
—¿Qué ocurrió realmente aquella noche?
Matteo apoyó la mano sobre una ilustración.
—Depende de la fuente que consultemos. Algunos relatos fueron escritos décadas después y contienen contradicciones evidentes.
Otros proceden de testigos indirectos. Sin embargo, existe una versión que aparece repetida en varios documentos diferentes y, cuando una misma historia sobrevive en lugares distintos, suele merecer atención.
La ilustración mostraba una sala iluminada por velas. Siete hombres aparecían reunidos alrededor de una mesa cubierta de pergaminos, instrumentos y documentos. Aunque el dibujo carecía de grandes detalles, transmitía una tensión difícil de ignorar.
—Para entonces las discusiones llevaban meses deteriorando la relación entre ellos.
Las reuniones que antes estaban dominadas por la curiosidad y el entusiasmo se habían convertido en enfrentamientos cada vez más frecuentes.
Nadie confiaba plenamente en nadie y cada conversación terminaba girando alrededor de los riesgos que implicaba continuar.
El dedo de Matteo se detuvo sobre la figura que representaba a Tommaso.
—Según el manuscrito, llegó a aquella reunión con una decisión tomada. Ya no buscaba convencer a los demás. Había comprendido que nunca aceptarían sus argumentos.
Lara observó atentamente la ilustración.
—Entonces ya había decidido actuar por su cuenta.
—Los documentos sugieren que llevaba semanas preparándolo. Había reunido información, estudiado el lugar donde se conservaba aquello que estaban construyendo y elaborado un plan para impedir que siguiera existiendo.
La reunión comenzó como tantas otras. Hubo discusiones, acusaciones y reproches. Algunos seguían defendiendo el proyecto. Otros empezaban a compartir parte de las preocupaciones de Tommaso. Lo que ninguno sospechaba era que aquella noche él no había acudido únicamente para debatir.
Matteo pasó la página.
La siguiente ilustración mostraba una escena mucho más caótica. Varias figuras aparecían desplazándose por los pasillos de un edificio mientras una columna de humo ascendía desde una estancia situada al fondo.
—Los acontecimientos se precipitaron en algún momento de la madrugada. Los documentos no coinciden sobre el orden exacto de los hechos, pero todos indican que Tommaso logró acceder al lugar donde se conservaba aquello que intentaba destruir.
Raquel observó el dibujo.
—Pero no lo consiguió.
—No completamente. Algo ocurrió antes de que pudiera terminar.
El anciano pasó los dedos por el borde de la página.
—Algunas fuentes afirman que uno de los otros seis lo descubrió.
Otras hablan de un ayudante cuya identidad nunca llegó a conocerse.
Incluso existe una versión según la cual fue traicionado por una persona en la que confiaba.
Lo único que todas las historias tienen en común es que Tommaso no logró completar aquello que había planeado.
Raquel permaneció observando la ilustración.
—¿Y qué ocurrió después?
Matteo cerró parcialmente el manuscrito.
—A partir de aquella noche, Tommaso deja de aparecer en cualquier fuente fiable. Los registros se interrumpen de forma abrupta. Su nombre desaparece de los documentos. No vuelve a figurar en correspondencia conocida ni existen referencias verificables sobre sus movimientos posteriores.
La luz de las linternas proyectaba sombras irregulares sobre las paredes mientras el grupo escuchaba.
—¿Nunca encontraron ninguna prueba? —preguntó Adrián.
—Ninguna que permitiera reconstruir su destino. No apareció un cuerpo ni existe constancia de un juicio o una ejecución. Las investigaciones realizadas en aquella época terminaron acumulando más incógnitas que respuestas. Todo lo relacionado con Tommaso parece desvanecerse después de aquella noche.
Matteo volvió a abrir el manuscrito por la ilustración anterior.
—Los otros seis tuvieron que enfrentarse entonces a una realidad que hasta ese momento habían preferido ignorar. Durante años habían creído que podían controlar aquello que estaban construyendo. La desaparición de Tommaso les obligó a reconocer que la situación había escapado a cualquier previsión.
El anciano observó las figuras dibujadas sobre la página.
—La decisión de dividirlo no nació de la prudencia ni de la sabiduría.
Nació del miedo. Después de lo ocurrido dejaron de confiar completamente unos en otros.
Si uno de los siete había estado dispuesto a destruirlo, cualquiera de los demás podía intentar utilizarlo algún día para fines imprevisibles.
La confianza que los había unido durante años había desaparecido.
Raquel volvió la vista hacia la ilustración. La figura de Tommaso aparecía ligeramente separada del resto, como si incluso el artista hubiera querido dejar constancia de una distancia que ya no podía cerrarse.
—Y fue entonces cuando comenzó todo.
—Sí. A partir de ese momento aparecieron las divisiones, los juramentos, los custodios y, finalmente, las llaves. Cada una de esas decisiones fue una consecuencia directa de aquella noche.
La cámara permaneció en silencio mientras Matteo cerraba lentamente el manuscrito.
Raquel observó una vez más la ilustración.
La imagen que tenía delante ya no se parecía a la que había visto al comienzo de la conversación.
Las figuras grabadas en la página habían dejado de parecer un grupo de sabios reunidos alrededor de un descubrimiento extraordinario.
Ahora veía a seis hombres enfrentados a las consecuencias de una decisión que había terminado superándolos.
Y, mientras contemplaba la figura aislada de Tommaso Vieri, una duda comenzó a abrirse paso entre todas las certezas que acababan de derrumbarse. Tal vez el médico había fracasado en su intento de destruir el proyecto. Pero también existía otra posibilidad.
Tal vez había estado mucho más cerca de conseguirlo de lo que los otros seis estuvieron dispuestos a reconocer.