El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 18 — Los siete hombres
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Capítulo 18 — Los siete hombres

Matteo permaneció unos instantes observando el relieve.

La piedra había conservado los contornos de las figuras mejor de lo que cabría esperar después de tantos siglos.

Los siete hombres seguían allí, reunidos alrededor del objeto central, congelados en el momento exacto en que tomaron una decisión que acabaría persiguiéndolos durante el resto de sus vidas.

—Cuando comprendieron lo que tenían delante, ya no podían actuar como si nada hubiera ocurrido —dijo sin apartar la vista de la escena—.

Algunos defendían destruir todo lo relacionado con el hallazgo.

Otros sostenían que hacerlo sería un error todavía mayor.

Ninguno estaba dispuesto a ceder y las discusiones se prolongaron durante meses.

Mientras hablaba, recorrió con los dedos una de las figuras grabadas en la piedra.

—Lo que había comenzado como una colaboración terminó convirtiéndose en una fuente constante de enfrentamientos.

Los hombres que años antes compartían conocimientos y proyectos dejaron de confiar unos en otros.

Cada reunión era más tensa que la anterior.

Cada propuesta encontraba oposición inmediata.

Poco a poco comprendieron que el verdadero problema ya no era el descubrimiento en sí, sino la imposibilidad de controlar lo que podía hacerse con él.

Raquel observó nuevamente el relieve. Ahora resultaba más fácil imaginar a aquellas personas como individuos reales.

Ya no parecían figuras legendarias ni nombres perdidos en documentos antiguos.

Eran hombres que habían tomado una decisión y que después habían tenido que convivir con sus consecuencias.

—Entonces decidieron separarlo.

Matteo asintió lentamente.

—Comprendieron que destruirlo no era posible.

Habían llegado demasiado lejos. El conocimiento ya existía y todos ellos lo habían visto.

Sin embargo, tampoco podían permitir que permaneciera completo.

Así nació la idea de dividirlo y confiar cada fragmento a una persona distinta.

Ninguno volvería a tener acceso al conjunto. Ninguno podría utilizarlo por sí solo.

Adrián cerró con cuidado el manuscrito que tenía abierto delante de él.

—Y de ahí surgieron las llaves.

—No exactamente.

La respuesta llegó acompañada de una leve sonrisa.

—Las llaves aparecieron después. Primero se produjo la división.

Más tarde comprendieron que incluso eso resultaba insuficiente y comenzaron a construir un sistema destinado a impedir que las distintas partes pudieran reunirse con facilidad.

Lo que hoy llamamos las siete llaves fue el resultado final de ese proceso.

La explicación pareció arrojar una luz diferente sobre todo lo que habían descubierto hasta entonces. Los símbolos, los mapas, los custodios y los siglos de silencio ya no parecían elementos independientes, sino partes de una misma decisión que había ido creciendo con el paso del tiempo.

Matteo regresó finalmente a la mesa de piedra. Abrió el manuscrito por una página situada mucho más adelante y recorrió varias líneas con la mirada antes de detenerse en uno de los nombres escritos en el margen.

—Todos queréis saber qué encontraron —dijo.

Nadie respondió. No era necesario.

El anciano apartó ligeramente la página para que los demás pudieran verla. Debajo del nombre aparecía una anotación escrita por la misma mano que había redactado el resto del texto.

Fue el primero en comprender lo que habíamos hecho.

La tinta había perdido intensidad con el paso de los siglos, pero las palabras seguían conservando una claridad sorprendente.

Matteo mantuvo la vista fija sobre aquella frase.

—Y también fue el primero que intentó destruirlo.