Capítulo 17 — El hombre del corredor
El sonido procedente del corredor continuó acercándose con una regularidad inquietante.
Cada eco parecía avanzar unos metros más por la galería excavada en la roca, recorriendo el mismo camino que ellos habían seguido para llegar hasta la cámara.
Las páginas del manuscrito permanecían abiertas sobre la mesa de piedra, pero nadie prestaba ya atención al texto.
Toda la concentración estaba puesta en la entrada.
La oscuridad que llenaba el corredor parecía más densa que unos minutos antes, como si ocultara deliberadamente la identidad de quien se aproximaba.
Adrián fue el primero en reaccionar. Cerró cuidadosamente el cuaderno y lo apartó unos centímetros del borde de la mesa.
El gesto resultó casi instintivo. Después de todo lo que habían descubierto, la posibilidad de perder aquel documento le preocupaba mucho más que cualquier otro objeto encontrado hasta entonces.
Lara mantuvo la linterna apuntando hacia el pasadizo mientras Raquel observaba la oscuridad intentando distinguir algún movimiento.
El ruido cesó de forma repentina.
La interrupción resultó incluso más inquietante que los propios pasos.
Durante varios segundos no ocurrió nada. La entrada continuó vacía y el silencio volvió a extenderse por la cámara. Sin embargo, aquella calma tenía algo artificial. No era el silencio tranquilo de un lugar abandonado, sino la pausa expectante que precede a un acontecimiento inevitable.
La figura apareció finalmente al otro lado de la galería.
No irrumpió en la estancia ni mostró prisa por acercarse.
Permaneció inmóvil durante unos instantes, observando el interior de la cámara desde la distancia.
La luz de las linternas permitía distinguir únicamente una silueta oscura recortada contra las sombras del corredor.
Poco a poco, a medida que avanzó algunos pasos, comenzaron a revelarse los rasgos de un hombre de edad avanzada.
Vestía una chaqueta oscura de aspecto gastado y llevaba una pequeña mochila al hombro.
Su aspecto recordaba más al de un investigador que al de un miembro de una organización dispuesta a matar por las llaves.
El desconocido recorrió lentamente la estancia con la mirada. Observó la inscripción grabada sobre la pared, el cofre abierto y el manuscrito depositado sobre la mesa. Cuando habló, su voz resonó bajo la bóveda de piedra con una serenidad que contrastaba con la tensión acumulada en la cámara.
—Llegáis antes de lo que esperaba.
Aquella frase provocó una inmediata reacción de cautela. No sonaba como la voz de alguien que hubiera tropezado por casualidad con las ruinas del monasterio. Sonaba como la de una persona que conocía perfectamente el lugar y sabía lo que iba a encontrar allí.
—Eso depende de quién sea usted —respondió Adrián sin apartar la vista de él.
El hombre esbozó una sonrisa cansada. Las arrugas de su rostro se hicieron más visibles cuando avanzó un poco más hacia la luz.
—Mi nombre es Matteo Ricci. Supongo que eso no os dirá gran cosa, aunque llevo más de treinta años siguiendo el rastro de este lugar.
Raquel observó atentamente la reacción de Adrián y Lara. Ambos parecían tan sorprendidos como ella. Ninguno había mencionado jamás aquel nombre.
Matteo pareció comprender inmediatamente lo que estaban pensando.
—No, Gabriel nunca os habló de mí.
La afirmación produjo un efecto inmediato.
—¿Conocía a Gabriel? —preguntó Lara.
El anciano desvió brevemente la mirada hacia el manuscrito antes de responder. Durante un instante pareció debatirse entre varias respuestas posibles.
—Lo conocí hace mucho tiempo. Trabajamos juntos durante algunos años. En aquella época ninguno de los dos tenía canas y todavía creíamos que el mundo era un lugar bastante más sencillo de lo que terminó demostrando ser.
Había una melancolía discreta en sus palabras que resultaba difícil fingir. No hablaba de Gabriel como quien menciona a un antiguo colega. Lo hacía como quien recuerda una etapa importante de su vida.
—Si trabajabais juntos, ¿por qué desapareció de la historia? —preguntó Raquel.
Matteo dejó escapar una leve sonrisa.
—Porque las investigaciones largas tienen la mala costumbre de dividir a las personas. Cuanto más nos acercábamos a la verdad, más evidente se hacía que Gabriel y yo no compartíamos la misma opinión sobre lo que debía hacerse con ella.
El anciano avanzó lentamente hacia la mesa sin que nadie intentara impedírselo. Sus movimientos transmitían una familiaridad extraña con aquel lugar, como si durante años hubiera imaginado exactamente aquel momento.
—Gabriel estaba convencido de que las llaves debían permanecer ocultas para siempre. Creía que algunas verdades son demasiado peligrosas para volver a salir a la luz. Yo pensaba exactamente lo contrario. Siempre creí que ocultar una verdad puede resultar tan peligroso como revelarla.
Mientras hablaba, sus ojos se detuvieron sobre la inscripción grabada en la pared.
—Esa discusión nos acompañó durante años. Y viendo dónde estamos ahora, sospecho que ninguno de los dos consiguió convencer al otro.
Las palabras quedaron integradas en el silencio de la cámara mientras los tres intentaban valorar si podían confiar en él.
Matteo no parecía un enemigo. Sin embargo, tampoco era un desconocido cualquiera.
Había llegado hasta un lugar oculto durante siglos y conocía a Gabriel lo suficiente como para hablar de él con una naturalidad imposible de fingir.
Cuando su mirada se posó finalmente sobre el manuscrito abierto, la expresión de su rostro cambió de forma sutil. No fue exactamente sorpresa. Se parecía más al alivio de alguien que acaba de confirmar una sospecha que llevaba mucho tiempo persiguiendo.
—Así que seguía aquí.
La frase surgió casi en un susurro.
—¿Sabía que existía? —preguntó Adrián.
—Sabía que debía existir. Gabriel y yo dedicamos años a buscar pruebas de este manuscrito. Encontramos referencias, menciones indirectas y fragmentos de documentos que hablaban de él, pero nunca conseguimos localizarlo.
Matteo observó las páginas abiertas sin llegar a tocarlas.
—Si realmente habéis leído las primeras líneas, ya sabéis algo que la mayoría de las personas que persiguen las llaves jamás llegan a comprender.
Raquel recordó inmediatamente las palabras traducidas por Adrián.
—¿Se refiere al error?
El anciano asintió lentamente.
—Exactamente. La mayoría imagina que las llaves conducen a un tesoro, una reliquia o alguna forma de conocimiento extraordinario.
La realidad es mucho más incómoda. Las llaves existen porque un grupo de hombres tomó una decisión que jamás debió tomarse.
Todo lo que vino después, incluidos los custodios, los monasterios ocultos y los siglos de silencio, nació como consecuencia de aquella elección.
La cámara pareció adquirir una profundidad distinta mientras hablaba. Los relieves del corredor, la inscripción de la pared y el manuscrito comenzaban a encajar como piezas de una misma historia.
Matteo apoyó una mano sobre la mesa de piedra y observó alternativamente a los tres.
—Si habéis llegado hasta aquí, merecéis conocer la verdad.
Pero antes debéis entender algo. Los hombres que crearon las llaves no eran sabios legendarios ni figuras casi mitológicas.
Eran personas reales. Cometieron errores reales.
Y lo que intentaron reparar después condicionó siglos enteros de historia.
Nadie lo interrumpió. El anciano hablaba con la seguridad de quien llevaba décadas reflexionando sobre los mismos acontecimientos.
—Las siete llaves no fueron creadas para proteger algo valioso. Fueron creadas para impedir que alguien pudiera volver a reunir aquello que una vez estuvo completo.
Aquella afirmación resultó mucho más inquietante que cualquier teoría que hubieran considerado hasta entonces.
Matteo bajó la vista hacia el manuscrito y pasó suavemente una mano sobre la cubierta de cuero.
—La historia comienza con siete hombres. Y os aseguro que ninguno de ellos imaginó las consecuencias de lo que estaban a punto de hacer.
La luz de las linternas iluminaba la mesa, el manuscrito y los rostros de quienes la rodeaban. Más allá de aquel pequeño círculo de claridad, la oscuridad seguía ocupando el resto de la cámara, como si las profundidades del monasterio aguardaran en silencio el relato que estaba a punto de comenzar.