Capítulo 11 — El mapa escondido #3
—Son pacientes, discretos y extremadamente peligrosos.
No buscan las llaves por curiosidad ni por ambición económica.
Creen que el códice debe reunirse de nuevo porque, según ellos, la división original fue un error.
Están convencidos de que los custodios traicionaron el verdadero propósito del manuscrito.
—¿Y cuál creen que era ese propósito? —preguntó Raquel.
Gabriel la observó con una gravedad que hizo que la pregunta pareciera mucho más peligrosa de lo que ella había imaginado.
—Abrir aquello que los custodios intentaron cerrar para siempre.
Durante unos segundos nadie habló. El silencio de la librería se volvió más profundo, casi físico.
Raquel oyó el leve crujido de la madera, el murmullo distante de la calle y su propia respiración contenida.
Hasta entonces había pensado en las llaves como piezas de un misterio antiguo, fragmentos de un códice prohibido o instrumentos capaces de conducirlos hacia secretos enterrados.
Sin embargo, la forma en que Gabriel acababa de expresarlo sugería algo distinto.
No se trataba únicamente de encontrar, leer o comprender.
Se trataba de impedir que alguien llegara hasta el final del camino.
Adrián fue el primero en romper el silencio.
—Tenemos que salir hacia Italia cuanto antes.
Gabriel asintió, aunque su expresión no mostró alivio.
—Sí. Pero no podéis ir solos ni sin saber lo que buscáis. El monasterio fue abandonado por una razón, y quienes lo abandonaron se aseguraron de que nadie pudiera entrar sin comprender antes el símbolo correcto.
Raquel recordó el pergamino que llevaba consigo y la forma en que las señales parecían aparecer cuando menos lo esperaba.
—¿Qué símbolo?
Gabriel no contestó de inmediato. Se inclinó hacia uno de los cajones de la mesa y sacó una hoja doblada con cuidado.
Al desplegarla, Raquel vio una reproducción dibujada a mano de una marca formada por tres líneas entrelazadas y un pequeño círculo central.
No era exactamente igual al símbolo de su pergamino, pero había algo en la forma que le resultó inquietantemente familiar.
—Este —dijo Gabriel—. Aparece en las pocas referencias conservadas sobre el monasterio. Durante años pensé que era una marca de propiedad o una firma de los antiguos custodios, pero ahora creo que funciona como advertencia.
Raquel observó el dibujo.
—¿Advertencia de qué?
Gabriel levantó la vista hacia ella.
—De que no todo lo que fue protegido por los custodios estaba destinado a salvar a quienes lo encontraran.
La frase dejó una sensación amarga en la estancia.
Raquel habría querido formular otra pregunta, pero no llegó a hacerlo.
En ese mismo instante, desde algún punto de la calle, llegó un sonido seco y breve, apenas perceptible.
No fue lo bastante fuerte para alarmar a cualquiera, pero Adrián reaccionó de inmediato.
Se apartó de la mesa y se dirigió hacia el escaparate con una rapidez que hizo que Lara llevara instintivamente la mano al interior de su chaqueta.
Gabriel cerró los ojos un instante.
—Han llegado antes de lo previsto.
Raquel sintió cómo se le helaba la sangre.
—¿Quiénes?
Adrián separó apenas la cortina polvorienta del escaparate y observó la plaza.
La luz de las farolas dibujaba sombras alargadas sobre el empedrado.
Al otro lado, junto a la esquina por la que ellos habían llegado, había un coche negro detenido con el motor encendido.
Dos figuras permanecían junto a él, inmóviles, observando la librería.
Cuando Adrián volvió hacia ellos, su expresión confirmó lo que Raquel ya había comprendido.
Gabriel recogió el mapa con movimientos más rápidos de lo que parecía capaz unos minutos antes y lo guardó de nuevo en el cilindro de cuero. Después lo puso en manos de Raquel, no de Adrián ni de Lara. Ese gesto la sorprendió tanto que tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Qué hace? —preguntó.
—Darte lo único que puede mantenerte con vida el tiempo suficiente para entender por qué te eligió la llave.
—Yo no he pedido nada de esto.
—Nadie que importa lo pide.
Raquel sostuvo el cilindro entre las manos. Pesaba menos de lo que imaginaba, pero en aquel momento tuvo la sensación de cargar con algo inmenso.
Lara se acercó a la parte trasera del local.
—Necesitamos otra salida.
Gabriel asintió.
—La hay. Al fondo, detrás del archivo. Da a un callejón estrecho. Si tenéis suerte, aún no lo habrán cubierto.
—¿Y usted? —preguntó Raquel.
El anciano la miró con una serenidad que no consiguió tranquilizarla.
—Yo llevo demasiados años esperando este momento. No pienso correr ahora.
Adrián negó con firmeza.
—Vendrá con nosotros.
—No —respondió Gabriel—. Si salgo con vosotros, os retrasaré. Además, alguien tiene que asegurarse de que no encuentren lo que queda aquí.
Raquel comprendió entonces que aquel hombre ya había tomado una decisión antes incluso de que ellos entraran en la librería.
Tal vez llevaba años tomándola, preparándose para una noche que sabía inevitable.
Quiso protestar, pero el sonido de unos pasos al otro lado de la puerta la obligó a guardar silencio.
Gabriel se inclinó hacia ella.
—Escúchame bien. En el monasterio busca la cripta que no aparece en los planos. No sigas las escaleras principales. Busca la piedra marcada con el símbolo del círculo partido. Y, sobre todo, no permitas que la Orden consiga la inscripción completa.
—¿Qué inscripción?
Gabriel no llegó a responder. Un golpe seco sacudió la puerta de entrada y la campanilla volvió a sonar, esta vez con una violencia completamente distinta a la de su llegada.
Adrián sujetó a Raquel por el brazo.
—Nos vamos. Ahora.
Raquel apretó el cilindro de cuero contra el pecho y siguió a Lara hacia el fondo de la librería.
Mientras atravesaban el pasillo entre estanterías, oyó la voz de Gabriel a sus espaldas, tranquila y firme, dirigiéndose a los hombres que estaban a punto de entrar.
No entendió sus palabras, pero sí el tono.
Era la voz de alguien que había vivido demasiado tiempo con miedo y había decidido dejar de obedecerlo.
La puerta trasera se abrió a un callejón oscuro y estrecho.
El aire frío de la noche les golpeó el rostro mientras salían al exterior.
Lara fue la primera en avanzar, seguida por Raquel y Adrián.
A sus espaldas, dentro de la librería, algo cayó al suelo con estrépito.
Después se escuchó un disparo amortiguado por las paredes.
Raquel se detuvo en seco, pero Adrián tiró de ella.
—No mires atrás.
Esta vez no discutió. Corrió por el callejón con el mapa apretado contra el pecho y la certeza de que acababa de cruzar otro límite.
Habían encontrado por fin un camino hacia las llaves, pero también habían confirmado que no eran los únicos dispuestos a seguirlo.
Y mientras las calles nocturnas de Aviñón se cerraban a su alrededor, comprendió que el viaje hacia la Toscana no sería una simple búsqueda de respuestas, sino el comienzo de una carrera en la que cada pista podía costarles la vida.