El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 11 — El mapa escondido #2
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Capítulo 11 — El mapa escondido #2

Raquel escuchaba con atención. La voz de Gabriel no tenía el tono solemne de quien intenta impresionar, sino el cansancio de quien ha repetido mentalmente aquella historia durante años sin estar seguro de que llegaría a contarla en voz alta.

Adrián permanecía junto a la mesa, serio, y Lara observaba al anciano con una mezcla de interés y cautela.

—¿Y las llaves? —preguntó Raquel—. ¿Qué son exactamente?

Gabriel dirigió la vista hacia el bolso que ella llevaba colgado al hombro.

—Antes de responder a eso necesito verla.

Raquel comprendió de inmediato a qué se refería.

Durante unos segundos dudó. No conocía a aquel hombre, y cada nueva persona que se acercaba a la llave parecía arrastrar consigo algún peligro.

Sin embargo, la actitud de Adrián le indicó que, al menos por el momento, no consideraba a Gabriel una amenaza.

Abrió el bolso, sacó la pieza y la dejó sobre la mesa.

La reacción del anciano fue más inquietante que cualquier sobresalto.

No intentó tocarla ni se inclinó hacia delante.

Se quedó mirándola con una quietud absoluta, como si el simple hecho de verla confirmara algo que llevaba años temiendo.

La luz de las lámparas se reflejaba sobre la superficie oscura de la pieza mientras los libros que rodeaban la estancia parecían envolver la escena en una solemnidad silenciosa.

—Dios mío —murmuró Gabriel al cabo de unos segundos.

Raquel sintió un nudo en el estómago.

—¿Ocurre algo?

El anciano levantó la vista hacia ella. La serenidad que había mostrado al recibirlos había desaparecido casi por completo.

—Ocurre que estaba convencido de que todavía nos quedaban años.

La frase cayó sobre la mesa con una gravedad difícil de ignorar.

Raquel no necesitó mirar a Adrián para saber que aquella respuesta tampoco le había gustado.

Gabriel se levantó con esfuerzo y caminó hasta una de las estanterías del fondo.

Retiró varios libros con cuidado y extrajo de detrás de ellos un cilindro de cuero envejecido sujeto por correas oscuras.

Al regresar a la mesa, lo depositó frente a ellos como si contuviera algo mucho más valioso que un simple documento.

Cuando desató los cierres y desenrolló el contenido, apareció un mapa antiguo cubierto de anotaciones realizadas a mano.

Había símbolos, fechas, líneas trazadas con distintas tintas y decenas de observaciones escritas en los márgenes.

Algunas parecían recientes; otras estaban tan descoloridas que debían de llevar décadas sobre el pergamino.

Raquel se inclinó hacia delante sin poder evitarlo.

—¿Qué es eso?

Gabriel pasó lentamente la mano sobre el mapa, aunque no llegó a tocarlo del todo.

—La obra de mi vida. Durante más de cuarenta años seguí cualquier referencia relacionada con los custodios, el códice y las llaves.

Viajé por monasterios, bibliotecas privadas, archivos olvidados y colecciones particulares.

La mayoría de las pistas resultaron inútiles, y algunas me hicieron perder años enteros.

Pero otras terminaron encajando. Poco a poco comprendí que quienes dividieron el códice no se limitaron a esconder sus partes. Hicieron algo mucho más complejo.

—¿Qué hicieron? —preguntó Lara.

—Construyeron un camino para quien llegara después.

Gabriel señaló distintos puntos del mapa mientras hablaba.

Raquel distinguió lugares repartidos por Francia, Italia, Alemania y otros territorios europeos que apenas tuvo tiempo de identificar.

Algunas marcas aparecían unidas entre sí por líneas finas; otras estaban rodeadas de símbolos similares a los que había visto en el pergamino heredado.

A medida que observaba el conjunto, comenzó a comprender la magnitud de aquella búsqueda.

Todo lo que había vivido hasta entonces no era más que una parte mínima de algo mucho mayor.

—No encontré las siete llaves —continuó Gabriel—.

Si alguien hubiera conseguido hacerlo, probablemente esta conversación no estaría teniendo lugar.

Lo que encontré fueron los lugares donde los custodios dejaron las primeras señales para reconstruir la ruta.

No eran escondites, sino puntos de orientación.

Lugares elegidos para guiar a quien dispusiera de la información adecuada y, al mismo tiempo, confundir a quienes pretendieran llegar por la fuerza.

Raquel volvió a mirar el mapa. Hasta aquel momento había tenido la sensación de avanzar a través de intuiciones, advertencias incompletas y casualidades demasiado extrañas para ser casualidades.

Sin embargo, aquello era distinto. El documento extendido ante ellos no ofrecía una respuesta definitiva, pero sí un recorrido.

Por primera vez desde que comenzó toda aquella historia, la búsqueda parecía adquirir forma.

Ya no se trataba únicamente de una llave escondida bajo un cementerio ni de una persecución improvisada por calles desconocidas.

Había una estructura, una intención y una antigüedad que convertían cada paso en parte de un plan concebido siglos atrás.

—Si esto es real —dijo Adrián—, cambia todo lo que sabemos.

Gabriel lo miró con gravedad.

—No. Lo que cambia es lo que creíais saber. Hay una diferencia importante.

Adrián no respondió. Raquel advirtió en su silencio una tensión distinta. Había algo en aquel mapa que lo inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—¿Por dónde empieza ese camino? —preguntó ella.

Gabriel permaneció unos instantes contemplando el pergamino extendido sobre la mesa.

Sus dedos recorrieron algunas de las líneas trazadas con tinta descolorida, deteniéndose aquí y allá como si cada marca le trajera el recuerdo de un viaje, una pérdida o una investigación que no había terminado como esperaba.

Finalmente apoyó la mano sobre un punto situado en el centro de Italia.

—Aquí —dijo—. En la Toscana, no muy lejos de Siena. Hay un monasterio abandonado del que apenas quedan algunos muros y parte del campanario. Los registros oficiales lo presentan como una ruina sin importancia, pero durante siglos fue uno de los lugares más relevantes para los custodios.

La reacción de Adrián fue inmediata, aunque apenas visible.

Su mirada se endureció ligeramente y sus hombros se tensaron de una forma que Raquel ya había aprendido a reconocer.

Lara tampoco logró disimular del todo su sorpresa.

Ninguno de los dos dijo nada, pero el silencio que se instaló entre ellos fue suficiente para que Raquel comprendiera que aquel lugar les resultaba familiar.

Después de todo lo vivido durante los últimos días, empezaba a interpretar mejor las pausas que las palabras.

Gabriel también pareció advertirlo.

—Por lo que veo, el nombre no os resulta desconocido.

Adrián tardó unos segundos en responder.

—Lo hemos encontrado mencionado en algunos documentos, pero nunca pudimos verificar la información.

—Porque la información fue destruida deliberadamente —explicó Gabriel—.

La mayor parte de los archivos relacionados con ese monasterio desapareció hace más de un siglo.

Algunas páginas fueron quemadas, otras robadas y unas cuantas terminaron dispersas en colecciones privadas.

Lo poco que sobrevivió era insuficiente para reconstruir la historia completa, a menos que uno estuviera dispuesto a dedicarle media vida.

—Y usted lo hizo —dijo Raquel.

Gabriel sonrió con cierta tristeza.

—Sí. Aunque no estoy seguro de que eso hable bien de mí.

Raquel bajó la mirada hacia el mapa. La marca de la Toscana parecía insignificante en medio de tantas líneas, nombres y símbolos, pero algo le decía que aquel punto era mucho más importante de lo que aparentaba.

La primera llave había despertado en Barcelona.

La siguiente pista los había llevado a Aviñón.

Ahora el camino parecía conducirlos a Italia.

La historia se extendía ante ellos con una amplitud que le provocaba una mezcla de vértigo y fascinación.

—¿Qué encontraremos allí? —preguntó.

Gabriel no respondió de inmediato. Su vacilación resultó más elocuente que cualquier advertencia.

—Si mis conclusiones son correctas, encontraréis la primera prueba de que las llaves nunca fueron concebidas como simples objetos.

Cada una protege una parte del códice, pero también conserva una parte de la historia de quienes lo dividieron.

El monasterio de la Toscana no os dará una llave.

Os dará algo que necesitáis para entender por qué fueron separadas.

—Eso suena casi tranquilizador —murmuró Lara.

Gabriel la miró con seriedad.

—No debería.

Raquel sintió que la tensión regresaba a la habitación.

—¿Por qué?

El anciano volvió a enrollar lentamente una parte del mapa, aunque dejó visible la zona de Italia. Sus movimientos eran pausados, pero la preocupación de su rostro resultaba cada vez más evidente.

—Porque si la primera llave ha despertado, otros también habrán detectado el cambio. Algunos llevan décadas esperando una señal. Otros llevan siglos heredando instrucciones de generación en generación. Y no todos interpretan el códice como algo que deba permanecer oculto.

Adrián apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Quién más conoce el monasterio?

Gabriel sostuvo su mirada durante unos segundos antes de responder.

—No puedo saberlo con seguridad. Pero hay una organización que lleva años siguiendo mis investigaciones. Durante mucho tiempo pensé que me vigilaban por precaución. Ahora empiezo a creer que esperaban exactamente esto.

—¿Quiénes son? —preguntó Raquel.

—Se hacen llamar la Orden de la Última Página.

Lara dejó escapar una exhalación apenas perceptible.

Raquel volvió la cabeza hacia ella.

—¿Los conoces?

—He oído hablar de ellos —respondió Lara—. Y nada bueno.

Gabriel asintió lentamente.