Capítulo 11 — El mapa escondido
La noche había terminado de adueñarse de Aviñón cuando Raquel, Adrián y Lara abandonaron las inmediaciones del Palacio de los Papas.
Las calles empedradas aparecían casi vacías a aquella hora, y el eco de sus pasos se extendía entre fachadas antiguas que parecían conservar, en cada grieta y en cada arco, una parte de la historia que la ciudad no mostraba a simple vista.
El aire era frío, húmedo, impregnado del olor de la piedra vieja y de las cocinas que empezaban a apagar sus luces después de la cena.
A Raquel le habría resultado fácil encontrar belleza en aquel lugar si no hubiera tenido la sensación constante de que alguien caminaba unos pasos por detrás de ellos, aunque cada vez que giraba la cabeza solo encontraba calles vacías, escaparates oscuros y ventanas cerradas.
Desde que había encontrado la primera llave, su vida se había convertido en una sucesión de sobresaltos que apenas le dejaban tiempo para pensar.
La llamada del notario, la caja heredada de un desconocido, el pergamino, el cementerio, la cámara bajo la piedra, la aparición de Adrián, la persecución y la llegada de Lara formaban una cadena de acontecimientos demasiado rápida para asimilarla con calma.
Sin embargo, lo que más la inquietaba no era el peligro inmediato, sino la certeza de que seguía sin comprender el verdadero alcance de aquello.
Todos parecían saber algo que ella ignoraba.
Todos manejaban fragmentos de una historia antigua, peligrosa y deliberadamente incompleta.
Ella, en cambio, avanzaba como quien atraviesa una habitación a oscuras, guiándose por voces que no terminaban nunca de explicar qué había al otro lado.
—Espero que alguno de los dos tenga una idea mejor que seguir caminando sin rumbo —dijo finalmente, sin detenerse—, porque empiezo a sospechar que estamos improvisando más de lo que os gusta reconocer.
Adrián continuó caminando unos metros antes de contestar.
No parecía sorprendido por la pregunta. En realidad, Raquel empezaba a creer que pocas cosas lograban sorprenderlo de verdad.
Mantenía la mirada atenta a los cruces, a los portales y a los reflejos de los cristales, como si hubiera aprendido a leer amenazas en detalles que para cualquier otra persona resultarían invisibles.
—No estamos improvisando —respondió al fin—. Sabemos adónde vamos.
—Eso no significa necesariamente que sepamos lo que vamos a encontrar —replicó Raquel.
Lara, que avanzaba a su lado con una tranquilidad que resultaba casi provocadora, dejó escapar una sonrisa.
—Bienvenida a nuestra vida.
Raquel la miró de reojo.
—Empiezo a pensar que vuestra vida tiene demasiados secretos para resultar saludable.
—Eso nunca lo hemos discutido —admitió Lara—. De hecho, creo que en eso estamos todos de acuerdo.
Aquella breve conversación consiguió aliviar durante unos segundos la tensión acumulada durante el día, pero la sensación desapareció en cuanto Adrián se detuvo frente a un edificio estrecho situado al final de una pequeña plaza.
El local parecía haber sido olvidado por el tiempo.
La pintura de la fachada estaba desgastada, el viejo letrero de madera había perdido varias letras y el escaparate aparecía cubierto por una fina capa de polvo que impedía distinguir con claridad el interior.
A primera vista parecía una librería cerrada desde hacía años, uno de esos negocios que permanecen en pie más por terquedad que por actividad real.
Raquel observó la fachada con evidente escepticismo.
—No me digas que la siguiente pista estaba escondida en una librería abandonada, porque empezaré a pensar que alguien está escribiendo nuestra historia con demasiadas ganas de parecer misterioso.
Adrián no apartó la vista de la puerta.
—La librería no está abandonada.
—Entonces su propietario tiene una idea muy original de la decoración.
Lara soltó una risa breve, pero Adrián no pareció prestarle atención. Había algo en su expresión que hizo que Raquel dejara a un lado la ironía. No era miedo, pero sí una concentración distinta, como si aquel lugar le despertara recuerdos o sospechas que prefería no compartir todavía.
—La persona que buscamos debería estar aquí —dijo él.
Raquel reparó de inmediato en el matiz.
—¿Debería?
—Si sigue viva.
Ella lo miró durante unos segundos, sin saber si enfadarse o resignarse.
—Reconozco que tienes una habilidad especial para tranquilizar a la gente.
—Eso también se le da fatal —añadió Lara—. No te lo tomes como algo personal.
Adrián empujó la puerta antes de que Raquel pudiera responder.
Una campanilla metálica resonó en el interior con un sonido limpio y sorprendentemente claro, como si llevara mucho tiempo esperando la llegada de alguien.
Al entrar, Raquel percibió de inmediato el olor a papel envejecido, cuero, polvo y madera antigua.
No era desagradable. Al contrario, tenía algo cálido y envolvente, aunque también transmitía la impresión de que aquel lugar pertenecía a otro tiempo.
Las estanterías cubrían las paredes desde el suelo hasta el techo y estaban tan cargadas de libros que algunas parecían inclinarse bajo su propio peso.
Había montones de volúmenes sobre mesas, sillas y rincones imposibles, como si el dueño hubiera renunciado hacía años a cualquier intento de orden convencional.
Mientras avanzaban entre los estrechos pasillos formados por los libros, Raquel distinguió títulos en latín, francés, italiano y otros idiomas que ni siquiera fue capaz de reconocer.
Algunos ejemplares estaban encuadernados en cuero oscuro; otros parecían cuadernos privados, archivos o copias manuscritas.
Aquello no era una simple librería de viejo.
Era el refugio de alguien que había reunido durante décadas restos de conocimientos dispersos y, por alguna razón, había preferido ocultarlos en una tienda que parecía cerrada al mundo.
La voz surgió desde el fondo del local antes de que ninguno de ellos llegara a formular una pregunta.
—Habéis tardado más de lo que esperaba.
Raquel, Adrián y Lara se volvieron al mismo tiempo.
Entre dos estanterías cargadas de libros apareció un anciano apoyado en un bastón de madera oscura.
Vestía una chaqueta gris que parecía tan antigua como el mobiliario que lo rodeaba y llevaba unas gafas redondas que agrandaban ligeramente sus ojos.
Lo más inquietante no era su presencia, sino la serenidad con la que los observaba.
No parecía sorprendido por la visita, ni alarmado, ni siquiera especialmente curioso.
Daba la impresión de que llevaba mucho tiempo aguardando un encuentro que consideraba inevitable.
Raquel intercambió una mirada con Lara antes de hablar.
—Empiezo a cansarme de encontrar gente que nos estaba esperando.
El anciano sonrió sin mostrar demasiada diversión.
—No os esperaba a vosotros exactamente. Lo que esperaba era la llegada de alguien capaz de encontrar la primera llave.
Aquella frase modificó el ambiente de la librería de forma inmediata.
Adrián se quedó inmóvil, Lara perdió la sonrisa y Raquel sintió cómo la tensión regresaba a su cuerpo con una rapidez casi física.
Había escuchado demasiadas veces referencias a la llave como para no entender que aquel hombre sabía mucho más de lo que aparentaba.
—¿Quién es usted? —preguntó Adrián.
—Gabriel Fournier —respondió el anciano—. Durante más de cuarenta años he investigado todo lo relacionado con el códice, los custodios y las siete llaves. Supongo que eso no me convierte en un experto, pero sí en alguien lo bastante viejo como para haber cometido casi todos los errores posibles.
El anciano caminó lentamente hasta una mesa situada en el centro del local y tomó asiento con un movimiento medido, sin dejar de observar a Raquel.
Aquella mirada no era agresiva, pero le resultó incómoda por otro motivo.
No la examinaba como a una desconocida, sino como a una posibilidad que llevaba décadas imaginando.
Esa sensación le molestó más de lo que quiso reconocer.
—Así que eres tú —murmuró Gabriel.
Raquel cruzó los brazos.
—Empiezo a sospechar que esa frase me perseguirá durante bastante tiempo. Le agradecería que, ya que parece saber algo, no lo convierta también en otro acertijo.
Gabriel pareció valorar la respuesta y acabó asintiendo con una lentitud casi respetuosa.
—Tienes derecho a estar cansada de acertijos. Supongo que, si has llegado hasta aquí, ya habrás descubierto que quienes rodean esta historia tienen una tendencia irritante a decir solo la mitad de la verdad.
—Eso es una forma muy generosa de describirlo.
—Entonces intentaré no cometer el mismo error.
Raquel no supo si creerlo. Desde que todo había empezado, cada promesa de explicación se había transformado en una nueva capa de misterio. Aun así, algo en la voz de Gabriel le hizo pensar que aquel hombre estaba más dispuesto que otros a hablar con claridad.
—El códice fue dividido a finales del siglo XV —comenzó él—, pero la historia que lo rodea es mucho más antigua.
Antes de que existieran las facciones actuales, antes de que unos quisieran reunir las llaves y otros impedirlo a cualquier precio, hubo una única hermandad encargada de custodiar cierto conocimiento.
Durante siglos lo protegieron en silencio, lejos de reyes, papas, nobles, ejércitos y eruditos demasiado ambiciosos.
El problema, como ocurre siempre con los secretos poderosos, es que tarde o temprano alguien deja de conformarse con protegerlos y empieza a preguntarse qué podría obtener si los utilizara.