Capítulo 10 — Lo que ya ha cambiado
Raquel permaneció inmóvil frente a la pared.
Cuanto más observaba aquella supuesta grieta, más evidente resultaba que no se trataba de una simple rotura en la piedra.
La línea parecía existir sobre el muro y, al mismo tiempo, fuera de él.
Era como si dos versiones distintas de la misma pared intentaran ocupar el mismo espacio.
Durante unos segundos tuvo la sensación de contemplar dos realidades superpuestas luchando por imponerse una a la otra.
La línea se desplazó ligeramente.
El movimiento fue mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para provocar un escalofrío que le recorrió la espalda. Retrocedió instintivamente mientras intentaba convencerse de que aquello tenía alguna explicación lógica.
—Eso no es normal.
—No, no lo es.
Adrián respondió sin apartar la vista de la alteración.
Lara se acercó con cautela. No intentó tocar la pared. Permaneció observándola con una concentración absoluta, estudiando cada pequeño cambio que se producía en la superficie.
—Está inestable.
Raquel se volvió hacia ella.
—¿Qué significa exactamente eso?
Lara tardó unos segundos en responder.
—Significa que el cambio todavía no se ha consolidado.
Adrián retomó la explicación.
—Estamos viendo una superposición. Dos versiones distintas del mismo lugar están ocupando el mismo espacio durante un breve periodo de tiempo.
Raquel intentó asimilar aquellas palabras.
—Necesito una explicación mejor.
Adrián respiró profundamente antes de continuar.
—La segunda llave no destruye la realidad ni crea una nueva. Lo que hace es modificar elementos concretos de lo que ya existe. Durante un tiempo, la versión original y la versión alterada conviven antes de que una termine imponiéndose sobre la otra.
Raquel negó lentamente con la cabeza.
—Eso sigue sonando imposible.
—También parecía imposible que una llave oculta durante siglos respondiera únicamente a tu contacto.
La respuesta la dejó sin argumentos.
Un sonido procedente del fondo del corredor interrumpió la conversación. Eran pasos tranquilos, regulares y seguros. No había ninguna prisa en ellos. Quien avanzaba por el pasillo parecía completamente convencido de que nadie podría impedirle llegar hasta allí.
Los tres giraron la cabeza al mismo tiempo.
Una figura emergió lentamente de la penumbra.
Raquel lo reconoció de inmediato. Era el hombre que había aparecido en el cementerio y el mismo que se había enfrentado a Adrián horas antes.
Seguía transmitiendo aquella sensación inquietante de saber mucho más de lo que estaba dispuesto a revelar.
Esta vez no sonreía. Su atención estaba centrada en la alteración de la pared, que observaba con el interés de alguien que contempla el resultado de un trabajo cuidadosamente planeado.
—Habéis tardado más de lo que esperaba.
Su voz sonó tranquila y perfectamente controlada.
Raquel sintió cómo la tensión regresaba de golpe.
—¿Qué estás haciendo aquí?
El hombre ladeó ligeramente la cabeza.
—Podría hacerte exactamente la misma pregunta.
Adrián avanzó un paso.
—No te acerques más.
El recién llegado ignoró la advertencia y dirigió toda su atención hacia Raquel.
—Así que tú eres la primera.
Ella no respondió.
—No deberías haber activado la llave. Tu intervención ha acelerado acontecimientos que deberían haber tardado mucho más tiempo en ponerse en marcha.
Raquel frunció el ceño.
—¿Qué acontecimientos?
Una leve sonrisa apareció en el rostro del hombre.
—El final.
La palabra quedó suspendida en el aire y dejó tras de sí una sensación incómoda.
Lara avanzó ligeramente.
—Estás jugando con algo que no controlas.
Por primera vez apareció un destello de interés en los ojos del desconocido.
—Siempre tan directa.
Raquel observó el intercambio entre ambos.
—¿Lo conocéis?
La respuesta llegó de Adrián.
—Demasiado bien.
La sonrisa del hombre se amplió apenas un poco.
—Eso ha sonado casi personal.
—Porque lo es.
Raquel dirigió la mirada de uno a otro.
—¿Alguien piensa decirme quién eres realmente?
El hombre decidió responder por sí mismo.
—Me llamo Víctor.
El nombre no le dijo absolutamente nada.
—¿Y qué quieres?
Víctor sostuvo su mirada.
—Lo mismo que tú.
—No lo creo.
—Sí. La diferencia es que yo sé cómo terminar esto.
Un escalofrío recorrió la espalda de Raquel.
—¿Terminar qué?
Víctor señaló lentamente el entorno.
—Todo esto.
La alteración de la pared volvió a desplazarse y, en esta ocasión, el cambio resultó mucho más evidente. La línea se expandió algunos centímetros y pareció atravesar parte de la piedra antes de estabilizarse de nuevo.
—¿Qué has hecho?
Víctor observó la transformación con absoluta serenidad.
—Lo que era necesario hacer.
—No puedes mantener algo así durante mucho tiempo.
—Ya lo estoy haciendo.
Adrián avanzó otro paso.
—Estás sobrepasando todos los límites.
Víctor lo miró con una tranquilidad casi irritante.
—Los límites son precisamente lo que nos ha mantenido inmóviles durante siglos.
Raquel tuvo la sensación de que estaba escuchando una discusión que había comenzado mucho antes de que ella apareciera en aquella historia.
Había algo profundamente personal detrás de aquellas palabras.
No parecía una lucha por el poder ni una disputa ideológica.
Parecía el eco de una herida antigua que seguía abierta.
—¿Qué intentas cambiar?
La pregunta hizo que Víctor volviera a mirarla.
Por primera vez su expresión perdió parte de su frialdad.
—Algo que nunca debió ocurrir.
Aquella respuesta hizo que muchas piezas empezaran a encajar en la mente de Raquel.
Poco a poco comprendió que aquello no tenía que ver con el control de las llaves ni con la acumulación de poder.
Víctor estaba persiguiendo algo mucho más personal: corregir un acontecimiento que consideraba un error imposible de aceptar.
—Esto no va de dominar las llaves.
Víctor negó lentamente.
—No.
—Va de cambiar algo que ocurrió hace mucho tiempo.
Una expresión de aprobación apareció en su rostro.
—Por fin empiezas a entender.
Lara intervino inmediatamente.
—No puedes decidir qué acontecimientos merecen ser corregidos.
—Claro que puedo.
—No sin destruir otras cosas por el camino.
Víctor soltó una breve risa.
—Las cosas ya están destruidas. Lo único que hago es intentar reconstruirlas.
Sus palabras dejaron una tensión incómoda en el ambiente. Raquel apretó los puños mientras intentaba decidir si estaba escuchando a un visionario o a alguien dispuesto a destruirlo todo por una obsesión.
—¿Qué has cambiado ya?
Víctor tardó unos segundos en responder.
—Aún no te has dado cuenta.
—¿Darme cuenta de qué?
—De que algo que debería existir ya no existe.
Aquella respuesta provocó un escalofrío inmediato.
Raquel observó el pasillo, las paredes y las sombras que los rodeaban. Todo parecía igual a simple vista y, sin embargo, la duda ya se había instalado en su mente. Empezó a preguntarse cuántas cosas podían haber desaparecido sin que nadie fuera consciente de ello.
Lara fue la primera en reaccionar.
—Tenemos que irnos.
Adrián asintió inmediatamente.
—Ahora mismo.
Raquel negó con firmeza.
—No.
Ambos se volvieron hacia ella.
—Raquel...
—No pienso marcharme. Si existe la posibilidad de cambiar algo tan importante como para justificar todo esto, quiero saber qué ocurrió.
Víctor permanecía observándola en silencio. No parecía sorprendido. Al contrario, daba la impresión de haber esperado exactamente aquella respuesta desde el principio.
Lara negó con la cabeza.
—Eso es precisamente lo que él quiere.
Raquel mantuvo la mirada fija en Víctor.
—No me voy.
El silencio que siguió fue largo y tenso.
Finalmente, Víctor habló.
—Entonces quédate.
Sus palabras sonaron extrañamente definitivas.
Raquel tuvo la sensación de que algo acababa de cerrarse a su alrededor, como una puerta invisible que ya no podía volver a abrirse. Por un instante comprendió que acababa de tomar una decisión cuyas consecuencias ni siquiera alcanzaba a imaginar.
Víctor la observó durante unos segundos más antes de añadir:
—Pero debes entender una cosa. Después de esto ya no podrás salir siendo la misma persona que entró aquí.