Capítulo 12 — La carretera hacia Siena
El motor de la furgoneta mantenía un rumor constante mientras la autopista se extendía ante ellos bajo la luz cada vez más intensa de la mañana.
Habían abandonado Aviñón antes del amanecer y ahora avanzaban hacia Italia atravesando una sucesión interminable de campos, viñedos y pequeñas poblaciones que aparecían fugazmente tras las ventanillas para desaparecer pocos minutos después.
A pesar del paisaje, ninguno de los tres parecía prestar demasiada atención al exterior.
La muerte de Gabriel seguía ocupando el interior del vehículo como una presencia silenciosa que ninguno terminaba de aceptar del todo.
Raquel permanecía junto a la ventana con el cilindro de cuero apoyado sobre las piernas.
Desde que abandonaron la librería no se había separado de él ni un instante.
Mientras observaba distraídamente el paisaje, recordaba la imagen del anciano permaneciendo junto a la mesa mientras ellos escapaban por la salida trasera.
Había algo profundamente injusto en aquella escena.
Gabriel había dedicado más de cuarenta años de su vida a seguir el rastro de las llaves y, cuando por fin había encontrado a la persona capaz de continuar su investigación, apenas había tenido tiempo de entregarle el mapa antes de desaparecer para siempre.
Aquella idea terminó resultándole insoportable.
—¿Cuánto tiempo llevabais conociendo a Gabriel? —preguntó finalmente sin apartar la vista de la carretera.
La pregunta rompió un silencio que se había prolongado durante casi una hora. Adrián mantuvo las manos sobre el volante mientras parecía ordenar sus recuerdos antes de responder. Cuando habló, su voz sonó más cansada de lo habitual.
—Lo conocí hace unos ocho años. En aquella época ya llevaba décadas investigando el códice. Era una de las pocas personas capaces de distinguir una pista auténtica de una falsificación.
Raquel volvió lentamente la cabeza hacia él.
—Entonces sabíais quién era.
—Sí.
—Y nunca considerasteis oportuno mencionarlo.
La observación no contenía enfado abierto, pero tampoco intentaba ocultar la irritación que llevaba acumulando desde hacía días. Adrián comprendió inmediatamente el reproche.
—No pensábamos que llegaríamos a necesitarlo.
—Empiezo a cansarme de esa respuesta —replicó Raquel—. Todo el mundo parece saber cosas que yo ignoro. Cada vez que pregunto algo descubro que existe otra persona, otro documento o algún secreto que se me ha ocultado porque alguien decidió que todavía no era el momento adecuado para contármelo.
Lara cerró lentamente la carpeta que estaba revisando y apoyó los brazos sobre el respaldo del asiento delantero.
—No es tan sencillo.
—Claro que lo es —respondió Raquel—. Gabriel ha sido la primera persona que parecía dispuesta a explicar algo de principio a fin. Y precisamente cuando empieza a hablar con claridad acaba muerto.
Ninguno respondió de inmediato. El silencio que siguió ya no era incómodo, sino reflexivo. Incluso Adrián parecía buscar una forma adecuada de responder sin recurrir a las evasivas habituales.
—Gabriel llevaba años esperando algo así —dijo finalmente—. Creo que hacía tiempo que había asumido que terminaría ocurriendo.
Raquel bajó la mirada hacia el cilindro de cuero.
Aquella respuesta no la convencía, pero tampoco podía negar que había algo de verdad en ella.
El anciano había reaccionado ante la llave como quien contempla la confirmación de una sospecha largamente temida.
No parecía sorprendido por los acontecimientos.
Más bien parecía haber pasado media vida preparándose para ellos.
Mientras pensaba en ello, desenrolló parcialmente el mapa sobre sus rodillas.
Las líneas, símbolos y anotaciones seguían resultándole casi imposibles de interpretar, pero había algo fascinante en aquel documento.
No era únicamente un mapa. Era el resultado de décadas de viajes, búsquedas y descubrimientos acumulados por alguien que había sacrificado buena parte de su existencia para comprender el misterio de las llaves.
—Hay algo que sigo sin entender —dijo después de varios minutos examinando el pergamino.
Adrián apartó brevemente la vista de la carretera.
—¿Qué es?
—Si los custodios querían ocultar las llaves, ¿por qué dejaron pistas para encontrarlas? Cuanto más pienso en ello, menos sentido tiene. Si realmente deseaban que nadie reuniera el códice, lo lógico habría sido destruir cualquier rastro.
La pregunta quedó flotando en el interior del vehículo. Lara y Adrián intercambiaron una mirada rápida que Raquel detectó inmediatamente. Aquella reacción confirmó que ambos habían pensado en lo mismo más de una vez.
—Gabriel tenía una teoría sobre eso —admitió Lara al cabo de unos segundos.
Raquel levantó la vista.
—¿Qué teoría?
—Creía que las llaves nunca estuvieron destinadas a permanecer ocultas para siempre.
La respuesta despertó más preguntas de las que resolvía.
—Entonces ¿para qué esconderlas?
—Para retrasar a quien intentara reunirlas.
Raquel observó alternativamente a Lara y Adrián sin terminar de comprender.
—Eso sigue sin responder nada.
—Quizá sí —intervino Adrián—. Imagina que descubres algo tan peligroso que no puede caer en manos equivocadas, pero también tan importante que no te atreves a destruirlo.
En ese caso intentarías asegurarte de que, si algún día alguien llega hasta ello, tenga que demostrar primero que merece encontrarlo.
Raquel permaneció callada. Aquella explicación le resultaba mucho más lógica que cualquiera de las teorías que había imaginado durante los últimos días.
Por primera vez empezó a contemplar las llaves desde una perspectiva diferente.
Tal vez no fueran únicamente cerraduras destinadas a proteger un secreto.
Tal vez formaran parte de una prueba diseñada para seleccionar a quien llegara hasta el final del camino.
La idea la acompañó durante varios kilómetros mientras el paisaje comenzaba a cambiar gradualmente.
Las montañas aparecían cada vez más cerca y la autopista empezaba a serpentear entre colinas cubiertas de vegetación.
El sol ya se encontraba alto cuando cruzaron la frontera italiana, aunque ninguno comentó el momento.
Los tres parecían demasiado concentrados en sus propios pensamientos.
Raquel volvió a desplegar el mapa y fijó la vista sobre el punto marcado en la Toscana.
Aquella pequeña señal de tinta representaba ahora mucho más que un destino.
Representaba la primera oportunidad real de comprender por qué existían las llaves y qué estaban buscando realmente todas aquellas personas.
Hasta entonces había tenido la sensación de avanzar a través de una sucesión de acontecimientos aislados.
Sin embargo, por primera vez desde que abrió la caja del notario, empezaba a percibir una dirección clara.
No sabía qué encontrarían en el monasterio abandonado cerca de Siena.
Tampoco sabía si Gabriel había acertado en todas sus conclusiones o si parte de su investigación contenía errores inevitables después de tantos años.
Lo único que tenía claro era que la búsqueda acababa de cambiar.
Ya no perseguían una reliquia perdida ni una leyenda antigua.
Estaban siguiendo el rastro de una verdad que alguien había considerado lo bastante peligrosa como para dividirla en siete fragmentos y ocultarla durante siglos.
Y cuanto más pensaba en ello, más convencida estaba de que las personas que los perseguían no buscaban simplemente las llaves.
Buscaban aquello que esperaba al final del camino.