Capítulo 7 — No puedes huir de lo que ya sabe quién eres
Raquel no dejó de correr hasta que el aire empezó a faltarle.
Atravesó la salida del cementerio sin mirar atrás, cruzó varias calles esquivando coches y peatones y continuó avanzando hasta que las piernas dejaron de responderle.
Finalmente se apoyó contra la pared de un edificio y permaneció allí unos segundos, intentando recuperar el aliento mientras el corazón golpeaba con fuerza dentro de su pecho.
Lo más desconcertante era que el mundo seguía exactamente igual.
La gente caminaba por las aceras, las conversaciones continuaban a su alrededor y el ruido del tráfico llegaba desde las calles cercanas con la misma normalidad de siempre.
Nadie parecía haber escuchado los disparos.
Nadie parecía sospechar que, a escasos metros de allí, algo había cambiado para siempre.
Aquella idea la golpeó con más fuerza que el cansancio. Para el resto de las personas, la mañana continuaba siendo una mañana cualquiera. Para ella, en cambio, todo era distinto.
Instintivamente se llevó la mano al bolso y comprobó que la pieza seguía allí.
La sintió bajo la tela, pero la sensación no era únicamente física.
Desde que la había tocado en la cámara subterránea tenía la impresión de que existía una conexión extraña entre ella y el objeto, como si la llave hubiera dejado de ser algo completamente ajeno.
Retiró la mano con inquietud.
—No es buena idea ignorarla.
La voz la hizo girarse de inmediato.
Adrián estaba allí.
Permanecía de pie a pocos metros de distancia y parecía tan tranquilo como si no hubiera participado en una pelea apenas unos minutos antes. No mostraba señales visibles de cansancio ni de heridas. Su serenidad resultaba casi tan inquietante como todo lo que había ocurrido aquella mañana.
Raquel lo observó sin ocultar su incredulidad.
—¿Cómo has llegado antes que yo?
—No tenemos tiempo para explicaciones largas.
—¿Tenemos?
La pregunta escapó de sus labios con una mezcla de ironía y desconfianza.
—Yo no he decidido ir contigo a ninguna parte.
Adrián la observó durante unos segundos antes de responder.
—No. Pero ya has decidido no entregar la llave.
Raquel sostuvo su mirada.
—Eso no significa que confíe en ti.
—Perfecto. Desconfiar es una costumbre saludable.
Aquella respuesta la desarmó durante un instante.
Intentó recuperar el control de la conversación.
—Empieza a hablar. ¿Quién eres exactamente?
—Adrián.
—¿Solo Adrián?
—Por ahora, sí.
Raquel negó con la cabeza.
—Hay gente intentando matarme, llevo en el bolso una pieza que no entiendo, apareces de la nada y peleas como alguien que lleva toda la vida haciéndolo. Comprenderás que un nombre no me parece información suficiente.
Adrián observó brevemente la calle antes de volver a mirarla.
—Trabajo para impedir que las siete llaves vuelvan a reunirse.
La respuesta consiguió captar toda su atención.
—¿Y el hombre del cementerio?
—Trabaja para conseguir exactamente lo contrario.
—¿Quién es?
—Todavía no es una pregunta útil.
Raquel soltó una risa breve.
—Qué cómodo.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
A diferencia de otros momentos, Raquel comprendió que ya no estaba discutiendo porque esperara marcharse y olvidar todo aquello.
La discusión era una forma de retrasar una verdad que ya había aceptado.
No tenía alternativa. La vida que había conocido había desaparecido en el momento en que abrió aquella caja.
—Hay algo que quiero saber.
Adrián esperó.
—¿Por qué yo?
La mirada de él descendió hacia el bolso.
—Porque la llave te eligió.
Raquel frunció el ceño.
—Eso no significa nada.
—Significa más de lo que imaginas. No cualquiera puede activarla.
Aquellas palabras hicieron que recordara la visión, la voz y la sensación de haber comprendido algo imposible.
—¿Qué hacen realmente las llaves?
Adrián tardó unos segundos en responder.
—La mayoría de la gente cree que sirven para abrir algo.
—¿Y no es así?
—No exactamente. Cada llave produce un cambio distinto en quien entra en contacto con ella.
Raquel sintió un escalofrío.
—¿Me estás diciendo que me ha cambiado?
—Sí.
La sinceridad de la respuesta resultó más inquietante que cualquier explicación complicada.
Raquel permaneció en silencio. En el fondo sabía que era cierto. Había sentido aquel cambio en la cámara subterránea. No sabía definirlo, pero existía.
Un ruido de neumáticos interrumpió sus pensamientos.
Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo.
Un vehículo negro acababa de detenerse en la esquina. Era un coche demasiado discreto y demasiado impecable para pasar desapercibido. Dos personas descendieron de él con movimientos coordinados y comenzaron a observar la calle.
Adrián los vio apenas un segundo.
—Nos han encontrado.
—¿Siempre ocurre así?
—No. A veces ocurre antes.
La respuesta no tranquilizó precisamente a Raquel.
Adrián le sujetó suavemente el brazo.
—Tenemos que irnos.
—¿A dónde?
—A un lugar donde no esperen encontrarnos.
Raquel dudó apenas un instante antes de seguirlo. No lo hacía porque confiara en él. Lo hacía porque la alternativa parecía mucho peor.
Caminaron deprisa durante varias calles.
Cambiaron de dirección repetidas veces, cruzaron plazas, utilizaron calles secundarias y se mezclaron con la multitud siempre que fue posible.
A medida que avanzaban, Raquel comenzó a darse cuenta de que Adrián no improvisaba.
Cada giro, cada pausa y cada cambio de recorrido respondían a un patrón que ella aún no comprendía.
Finalmente llegaron frente a un edificio antiguo cuya fachada mostraba las huellas del paso del tiempo.
Adrián sacó unas llaves.
—¿Vives aquí?
—No.
Abrió la puerta.
—Es un refugio.
Raquel arqueó una ceja.
—Eso suena sospechosamente parecido a "lugar seguro".
Una sombra de sonrisa apareció en el rostro de Adrián.
—No he dicho que sea seguro. Solo he dicho que es un refugio.
Aquella sinceridad inesperada le inspiró más confianza que cualquier promesa.
Entraron.
El interior era sorprendentemente austero. Había una mesa, dos sillas, una estantería con unos pocos libros y poco más. No parecía una vivienda. Parecía un lugar diseñado para permanecer poco tiempo en él.
Adrián cerró la puerta con llave y, por primera vez desde que había comenzado aquella locura, Raquel sintió que podía respirar sin esperar un disparo o una persecución inmediata.
Dejó el bolso sobre la mesa, lo abrió y sacó la pieza.
La llave quedó entre ambos.
Durante varios segundos ninguno habló.
—Muy bien. Ahora sí vamos a empezar de verdad.
Adrián asintió.
—Sí.
Raquel apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Dime qué hago con esto.
Adrián observó la llave antes de responder.
—Me temo que ya no depende únicamente de ti.
Raquel frunció el ceño.
—Explícate.
—La primera llave ya se ha activado.
Aquellas palabras hicieron que sintiera un nudo en el estómago.
—¿Y qué significa eso?
Adrián mantuvo la mirada fija en ella.
—Significa que la siguiente ya sabe dónde estás.
El silencio que siguió fue denso y difícil de ignorar.
Raquel volvió la vista hacia la pieza.
Después miró a Adrián.
—En ese caso iremos a buscarla antes que los demás.
Adrián negó lentamente.
—Ojalá fuera tan sencillo.
—¿Por qué no lo es?
Adrián se apartó ligeramente de la mesa.
—Porque esta vez no vais a llegar los primeros.
La forma en que lo dijo hizo que Raquel comprendiera que el verdadero problema acababa de empezar.