El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 8 — La segunda llave ya tiene dueño
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Capítulo 8 — La segunda llave ya tiene dueño

Raquel permaneció inmóvil al otro lado de la mesa, sin apartar la mirada de Adrián. Había aprendido que cada respuesta que obtenía abría tres preguntas nuevas, pero también sabía que ya no podía permitirse quedarse esperando explicaciones que nunca llegaban completas.

—Explícalo.

Adrián tardó unos segundos en responder. Caminó lentamente por la estancia mientras parecía ordenar sus pensamientos. La habitación permanecía en silencio, iluminada únicamente por la luz grisácea que entraba desde la calle. Finalmente se detuvo junto a la ventana y volvió la vista hacia ella.

—Las llaves no aparecen de repente. Permanecen ocultas durante siglos, esperando algo concreto. Cuando llega el momento adecuado, despiertan.

Raquel frunció el ceño.

—Eso sigue sin aclarar nada.

—Tu llave llevaba siglos dormida. Nadie podía encontrarla porque nadie podía activarla. Permaneció oculta todo ese tiempo hasta que apareciste tú.

La mirada de Raquel descendió hacia la pieza que descansaba sobre la mesa.

—Y por alguna razón fui capaz de hacerlo.

—Sí.

—¿Por qué?

Adrián negó lentamente con la cabeza.

—Porque esa es precisamente la pregunta para la que todavía no tenemos respuesta.

Aquella contestación no le gustó en absoluto. Estaba empezando a cansarse de los misterios dentro de otros misterios.

—Muy bien. Dejemos esa cuestión para más adelante. Quiero saber qué ocurre con la segunda llave.

Adrián respiró hondo antes de contestar.

—La segunda llave no está dormida.

La frase hizo que Raquel levantara inmediatamente la vista.

—¿Qué significa eso?

—Que alguien ya la ha encontrado y ha conseguido activarla.

Aquellas palabras provocaron un escalofrío que le recorrió la espalda.

—¿Hablas del hombre del cementerio?

Adrián permaneció pensativo unos instantes.

—No puedo asegurarlo, pero encaja demasiado bien con lo que sabemos.

—¿Ni siquiera estás seguro?

—Hay muy pocas certezas en este asunto.

Raquel comenzó a caminar por la habitación. Necesitaba moverse para ordenar sus pensamientos.

—Entonces vamos por detrás.

—Sí.

—Y ellos llevan ventaja.

—Sí.

Raquel soltó un suspiro largo.

—Fantástico.

No había humor en sus palabras. Solo resignación.

Durante unos instantes permanecieron en silencio. La llave seguía sobre la mesa, inmóvil, como si fuera un objeto corriente y no el origen de todos sus problemas.

—Hay algo más que necesito saber.

Adrián esperó.

—¿Qué hace la segunda llave?

El hombre apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.

—No todas las llaves tienen la misma función. Algunas revelan información oculta. Otras permiten percibir cosas que normalmente pasan desapercibidas. Algunas alteran la forma en que comprendemos la realidad.

Raquel sintió una creciente incomodidad.

—¿Y la segunda?

Adrián tardó más de lo habitual en responder.

—La segunda afecta a los recuerdos, a las decisiones y a las consecuencias que nacen de ellas.

—Eso suena peligrosamente ambiguo.

—Lo es.

Raquel se disponía a formular otra pregunta cuando un golpe seco contra la ventana hizo que ambos se giraran al mismo tiempo.

La tensión regresó de inmediato.

Adrián avanzó con cautela hacia el cristal y observó el exterior. Su expresión cambió ligeramente, aunque no reflejaba miedo. Era más bien sorpresa.

—No esperaba verla aquí.

Raquel se acercó despacio.

—¿Quién?

Antes de que pudiera obtener respuesta, la ventana se abrió.

Una mujer entró en la habitación con una agilidad que parecía fruto de años de práctica. Cayó al suelo con suavidad, se incorporó y observó el lugar como si le perteneciera.

Tenía el cabello oscuro, una mirada firme y una seguridad que resultaba imposible ignorar. Sin embargo, lo que más llamó la atención de Raquel fue la forma en que observó a Adrián.

Había familiaridad en aquella mirada.

Y también tensión.

—Sigues teniendo un talento especial para meterte en problemas.

Adrián cerró la ventana con calma.

—Y tú sigues apareciendo donde nadie te ha invitado.

La mujer sonrió.

—Si no apareciera, probablemente ya estarías muerto.

Raquel observó el intercambio con creciente impaciencia.

—¿Alguien piensa explicarme algo?

La recién llegada desvió la mirada hacia ella.

La examinó detenidamente durante varios segundos.

—Así que tú eres Raquel.

—Empiezo a cansarme de que todo el mundo parezca saber quién soy.

La mujer avanzó hacia la mesa y sus ojos se posaron sobre la llave.

La reacción fue inmediata.

La confianza desapareció de su rostro durante un instante.

—No puede ser.

Raquel sintió cómo se tensaban todos los músculos de su cuerpo.

—¿Qué ocurre?

La mujer volvió a mirarla.

—La has activado de verdad.

—Eso ya lo sé.

—No, no lo entiendes. Lo que quiero decir es que no deberías haber podido hacerlo.

Aquellas palabras hicieron que Raquel volviera la vista hacia Adrián.

—¿Te importaría contarme qué significa eso?

La mujer soltó una breve carcajada.

—Me gusta.

—Lara.

El tono de Adrián sonó más serio.

—No es momento para juegos.

La mujer levantó una mano en señal de rendición.

—Está bien.

Después volvió a mirar a Raquel.

—Me llamo Lara y voy a darte un consejo. Escucha con atención todo lo que te digamos durante las próximas horas. Tu vida depende de ello.

—Eso ya me lo han dicho varias veces.

—Y todas tenían razón.

Lara apoyó las manos sobre la mesa.

—La segunda llave ya está activa y alguien la está utilizando.

La frase cayó sobre la habitación como una losa.

—¿Utilizándola para qué?

Lara intercambió una mirada con Adrián antes de responder.

—Para alterar recuerdos, decisiones y consecuencias.

Raquel permaneció inmóvil.

—Eso es imposible.

—Lo parecía también que una llave escondida durante siglos respondiera a tu contacto.

La lógica de aquella respuesta resultó difícil de combatir.

Raquel volvió la vista hacia Adrián.

—Dime que está exagerando.

Él no respondió.

Aquello fue suficiente.

Por primera vez desde que había comenzado toda aquella historia sintió auténtico vértigo.

—No tiene sentido.

—Lo tendrá —dijo Lara—. Lo que ocurre es que todavía te faltan piezas.

Raquel respiró profundamente intentando recuperar la calma.

—Entonces iremos a buscar esa llave.

Adrián y Lara intercambiaron una mirada breve.

—No es tan sencillo.

—¿Por qué no?

—Porque no sabemos dónde está.

La respuesta cayó como un jarro de agua fría.

Raquel apretó los puños.

—Entonces averigüémoslo.

Lara señaló el pergamino que descansaba junto a la llave.

—Eso es exactamente lo que estamos haciendo.

Raquel dirigió la mirada hacia el fragmento de pergamino.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Sin embargo, mientras observaba la superficie, tuvo la impresión de que la tinta comenzaba a reorganizarse lentamente.

Al principio creyó que era una ilusión provocada por el cansancio, pero la nueva línea siguió apareciendo ante sus ojos hasta hacerse inconfundible.

No era una frase completa.

Apenas una señal.

Una nueva pista.

Suficiente para indicar que el pergamino había vuelto a despertar.

Raquel levantó lentamente la vista hacia Adrián y Lara.

Por primera vez desde que había abierto la caja heredada del desconocido comprendió que había dejado de reaccionar a los acontecimientos y que estaba preparada para perseguir las respuestas.

—De acuerdo. Ahora sí vamos a empezar.

Ninguno de los dos respondió.

No hacía falta.

Los tres sabían que acababan de cruzar un punto del que ya no era posible regresar.

Capítulo 9 — La ciudad que ya no es la misma

Raquel permaneció observando el pergamino durante largos segundos.

Algo había cambiado. Las líneas ya no aparecían con la misma claridad que la primera vez.

La tinta parecía resistirse a tomar forma definitiva, como si una fuerza invisible estuviera interfiriendo en el proceso.

Algunas palabras comenzaban a dibujarse para desaparecer inmediatamente después.

Otras se deformaban antes de completarse.

—¿Por qué ocurre esto?

Lara fue la primera en responder.

—Porque ya no eres la única que está intentando leer.

Raquel levantó la vista.

—¿Qué significa eso?

Adrián se acercó a la mesa y observó el pergamino.

—Si otra llave ha sido activada, quien la controla puede interferir en las señales que recibimos.

La explicación no consiguió tranquilizarla.

—¿Interferir de qué manera?

Lara apoyó los brazos sobre el respaldo de una silla.

—Puede ocultar fragmentos, alterar pistas o hacer que veas exactamente aquello que quiere que veas.

La posibilidad resultaba inquietante.

Raquel volvió la mirada hacia el pergamino.

—Entonces podría tratarse de una trampa.

—Podría.

La respuesta de Adrián fue tan directa que resultó aún menos tranquilizadora.

Raquel soltó una breve risa cargada de nerviosismo.

—Perfecto. Vamos a seguir una pista que quizá sea falsa para encontrar algo que probablemente nos mate.

La media sonrisa de Lara apareció de inmediato.

—Ahora ya empiezas a entender cómo funciona esto.

Raquel decidió ignorar el comentario y volvió a concentrarse en el pergamino. Poco a poco las líneas parecieron estabilizarse. No formaban una frase completa, pero sí algo reconocible. Primero apareció una referencia difusa y después una palabra que terminó destacándose sobre las demás.

Avignon.

Raquel parpadeó.

—Eso está en Francia.

Adrián reaccionó inmediatamente.

—El Palacio de los Papas.

Lara asintió.

—Historia, poder, piedra antigua y siglos de secretos acumulados. Encaja perfectamente.

Raquel sintió que la lógica del rompecabezas comenzaba a adquirir sentido.

—Y si nosotros hemos podido llegar hasta esta pista...

—Ellos también.

Nadie añadió nada más.

Dos horas después ya estaban en marcha. Todo ocurrió tan deprisa que Raquel apenas tuvo tiempo de procesarlo.

No regresó a casa, no preparó equipaje y ni siquiera dispuso de unos minutos para pensar en lo que estaba haciendo.

Simplemente se encontró sentada en un coche que avanzaba hacia la frontera mientras Barcelona desaparecía poco a poco por el retrovisor.

La ciudad que había sido su hogar durante años comenzó a alejarse hasta convertirse en una línea indistinguible en el horizonte.

El viaje transcurrió en una tensión constante.

No era consecuencia de lo que se decía, sino precisamente de lo que nadie decía.

Raquel observaba a Adrián de vez en cuando, intentando comprender quién era realmente.

Había algo en él que seguía sin encajar.

No se trataba únicamente de su habilidad para pelear o de la información que parecía poseer.

Era la forma en que evitaba responder a determinadas preguntas mientras demostraba conocer demasiadas cosas.

Lara resultaba diferente. Más directa. Más impulsiva. También parecía más sincera, aunque de una manera que no siempre resultaba tranquilizadora.

Finalmente, Raquel rompió el silencio.

—¿Cuánto tiempo lleváis haciendo esto?

Lara respondió sin apartar la vista de la carretera.

—Demasiado.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que vas a obtener por ahora.

Raquel dejó escapar un suspiro.

—¿Siempre habláis de esta forma?

La sonrisa de Lara reapareció.

—Casi siempre.

—Y cuando no hace falta...

—También.

Por primera vez en horas, Adrián pareció contener una sonrisa.

El resto del viaje transcurrió sin incidentes.

Cuando Avignon apareció finalmente ante ellos, Raquel comprendió por qué aquel lugar había surgido en el pergamino. La ciudad parecía contener siglos enteros atrapados entre sus murallas y edificios antiguos. Sin embargo, no fue la arquitectura lo que llamó inmediatamente su atención.

Había algo extraño en el ambiente.

No era una sensación física fácil de describir. Era más bien una impresión persistente, como si la realidad estuviera ligeramente desplazada respecto a sí misma.

—Decidme que vosotros también lo notáis.

Adrián asintió.

—Sí.

Lara hizo lo mismo.

—Ha empezado.

Aquellas dos palabras bastaron para provocar un nudo en el estómago de Raquel.

—¿Qué ha empezado exactamente?

—El uso de la segunda llave.

Nadie volvió a hablar hasta llegar al Palacio de los Papas.

La enorme construcción dominaba el paisaje con una presencia casi intimidante. No parecía un edificio levantado por seres humanos. Parecía una fortaleza creada para resistir al tiempo mismo.

Raquel permaneció inmóvil unos segundos contemplándolo.

—Tengo la sensación de que esto va a salir muy mal.

Adrián observó el edificio.

—Probablemente.

—Gracias por tu optimismo.

Lara pasó junto a ellos.

—Si vais a seguir conversando, al menos hacedlo mientras camináis.

El interior resultó aún más inquietante que el exterior. El frío no procedía de la temperatura. Había algo distinto. El silencio parecía contener una tensión invisible, como si el edificio entero estuviera esperando que ocurriera algo.

Raquel avanzó despacio siguiendo a sus compañeros. Cada paso resonaba sobre la piedra antigua y cada sombra parecía más profunda de lo que debería.

Fue entonces cuando algo llamó su atención.

Al principio creyó que era una simple grieta en una pared. Sin embargo, cuanto más la observaba, más extraña le parecía.

—Esperad.

Adrián se giró.

—¿Qué ocurre?

Raquel señaló la pared.

—Eso.

Lara se acercó.

—¿La grieta?

—No estoy segura de que sea una grieta.

La incomodidad en su voz hizo que ambos se aproximaran.

Lara observó la marca durante varios segundos.

Su expresión cambió.

—No es una grieta.

Adrián también la examinó.

—Y tampoco debería estar visible.

Raquel los miró exasperada.

—¿Podríais intentar hablar de forma que una persona normal os entienda?

Lara apartó la vista de la pared.

—La segunda llave ya está funcionando.

—Eso ya lo habíais dicho.

—Sí, pero ahora estamos viendo sus efectos.

Raquel volvió a observar la marca.

—¿Qué significa exactamente?

Esta vez fue Adrián quien respondió.

—Significa que alguien está alterando este lugar.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Raquel volvió a mirar la supuesta grieta y tuvo la extraña impresión de que se movía. No era un movimiento evidente. Apenas una vibración sutil, casi imperceptible, pero suficiente para que comprendiera algo importante.

No estaban llegando a tiempo para impedir que ocurriera algo.

Tampoco estaban siguiendo los pasos de quien poseía la segunda llave.

La realidad era mucho peor.

Aquella persona ya había comenzado su trabajo mucho antes de que ellos llegaran a Avignon y ahora los tres se encontraban dentro de un juego cuyas reglas todavía desconocían por completo.