Capítulo 3 — La mirada que no desaparece
Raquel no recordaba en qué momento exacto empezó a sentirse observada.
No ocurrió justo al abrir la caja ni al contemplar el símbolo por primera vez.
Fue algo más sutil, una sensación que se deslizó lentamente por su conciencia, como una corriente fría que al principio apenas se percibe y que, cuando uno finalmente toma conciencia de ella, ya resulta imposible ignorar.
Al principio pensó que era simple sugestión.
La explicación parecía razonable. Una herencia inesperada, una advertencia extraña, una caja antigua y un pergamino cubierto de símbolos incomprensibles eran elementos más que suficientes para que la imaginación comenzara a llenar los espacios vacíos.
Sin embargo, aquella sensación no desapareció cuando se levantó del banco de la plaza.
La acompañó mientras caminaba por las calles de Barcelona y fue creciendo poco a poco hasta convertirse en una presencia constante.
Intentó mantener la normalidad, pero su atención ya no funcionaba de la misma manera.
Sin darse cuenta empezó a observar los reflejos en los escaparates, los movimientos de las personas que caminaban detrás de ella y los rostros que permanecían demasiado tiempo en el mismo lugar.
Su mente analizaba detalles que normalmente habrían pasado desapercibidos, como si alguna parte de ella estuviera buscando algo sin saber exactamente qué.
Al llegar a la esquina de la calle Parlament se detuvo ante un semáforo en rojo y fue entonces cuando reparó en un hombre situado al otro lado de la calle.
No tenía nada especialmente llamativo. Vestía una chaqueta oscura, pantalones discretos y poseía ese aspecto anónimo que permite a ciertas personas pasar inadvertidas en cualquier lugar.
Precisamente por eso resultaba inquietante.
Era el tipo de rostro que uno olvidaría segundos después de verlo y, sin embargo, había algo en él que obligaba a seguir observándolo.
Cuando Raquel giró la cabeza hacia su dirección, el hombre no apartó la mirada.
No fingió estar distraído ni simuló interés por otra cosa.
Permaneció inmóvil, observándola con una serenidad que resultaba profundamente incómoda, como si no tuviera ninguna necesidad de ocultar lo que estaba haciendo.
Aquella falta de disimulo era mucho más perturbadora que cualquier comportamiento sospechoso.
El semáforo cambió a verde y la multitud comenzó a cruzar la calle.
Raquel avanzó junto al resto de los peatones sin perder de vista al desconocido.
El hombre continuó donde estaba, inmóvil, observándola con la misma expresión neutra.
Cuando llegó al otro lado de la calle volvió la cabeza por instinto para comprobar si seguía allí.
Entonces sintió cómo se aceleraba su pulso.
El hombre había desaparecido.
No lo había perdido entre la multitud. No lo había visto alejarse. Simplemente ya no estaba.
Raquel continuó caminando mientras intentaba convencerse de que aquello no significaba nada.
Se repitió varias veces que seguramente había dejado de prestarle atención durante unos segundos y que el desconocido simplemente había seguido su camino.
Sin embargo, ni siquiera ella misma parecía creer del todo aquella explicación.
Llegó a casa mucho más rápido de lo habitual.
Cerró la puerta con doble vuelta de llave y permaneció unos instantes apoyada contra ella mientras intentaba recuperar la calma.
El silencio del piso le resultó extraño.
Ya no transmitía la sensación de refugio que siempre había asociado a aquel lugar.
Por el contrario, parecía esconder algo que no lograba identificar.
Dejó el bolso sobre la mesa del salón y sacó la caja.
Esta vez no dudó. La abrió inmediatamente y extrajo el fragmento de pergamino.
Era más ligero de lo que había imaginado y tenía una textura extraña, como si no perteneciera del todo al mundo material.
El símbolo dibujado en tinta oscura parecía trazado con una precisión imposible, perfecta hasta el último detalle.
Lo observó durante unos segundos y luego le dio la vuelta.
Fue entonces cuando descubrió algo que estaba segura de no haber visto antes.
En la parte posterior comenzaban a aparecer unas líneas finas que no parecían estar escritas desde el principio.
Se formaban lentamente ante sus ojos, como si una mano invisible las estuviera trazando en aquel mismo instante.
Raquel contuvo la respiración mientras aquellas líneas se unían unas con otras hasta formar algo parecido a una escritura.
No era un idioma reconocible y, sin embargo, su mente empezó a identificar patrones y significados donde no debería haber ninguno.
La sensación era tan extraña que durante unos segundos olvidó incluso parpadear.
Entonces ocurrió algo aún más inquietante.
No leyó la frase.
No la vio escrita con claridad.
Simplemente la comprendió.
«Donde la piedra recuerda lo que el hombre ha olvidado.»
La reacción fue tan brusca que dejó caer el pergamino sobre la mesa. Se llevó una mano a la sien y permaneció inmóvil durante unos instantes. No sentía dolor, pero sí una presión incómoda, como si su mente hubiera sido obligada a aceptar una información para la que no estaba preparada.
Intentó recuperar la calma mediante la lógica.
Se repitió que debía existir una explicación racional para todo aquello.
Quizá alguna clase de tinta especial, algún truco visual o cualquier otra posibilidad que aún no alcanzaba a comprender.
Sin embargo, cuanto más intentaba convencerse, menos creíbles le parecían sus propias explicaciones.
Volvió a mirar el pergamino.
La frase había desaparecido.
Solo permanecía el símbolo.
Nada más.
Raquel se quedó observándolo durante varios segundos, incapaz de apartar la vista.
Mientras intentaba ordenar sus pensamientos, percibió un sonido muy suave procedente del pasillo.
Fue apenas un roce, tan leve que durante un instante dudó si realmente lo había oído o si era producto de la tensión acumulada desde aquella mañana.
Levantó lentamente la cabeza y permaneció inmóvil.
El piso estaba en silencio.
Un silencio tan profundo que resultaba incómodo.
Entonces el sonido volvió a repetirse. Esta vez no tuvo dudas. Alguien había rozado la puerta desde el otro lado.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
—¿Quién hay ahí?
Intentó que su voz sonara firme, pero el resultado estuvo lejos de ser convincente.
Nadie respondió.
Raquel se levantó despacio y avanzó hacia la entrada.
Cada paso parecía más lento que el anterior.
Cuando estuvo a pocos metros de la puerta observó el pomo.
Permanecía completamente inmóvil. Sin embargo, algo llamó inmediatamente su atención.
La sombra que se proyectaba bajo la puerta no era uniforme.
Había una interrupción oscura que solo podía significar una cosa.
Alguien estaba allí.
Justo al otro lado.
Esperando.
Raquel tragó saliva y permaneció inmóvil sin saber si acercarse más o alejarse. El tiempo pareció ralentizarse mientras observaba aquella sombra.
Pasaron varios segundos.
Entonces escuchó una voz.
Era apenas un susurro amortiguado por la madera.
—No deberías haberla abierto.
Un escalofrío recorrió toda su espalda.
No respondió.
Ni siquiera estaba segura de poder hacerlo.
—Ahora ya saben que la tienes. Y no van a parar.
Un golpe seco resonó en la puerta.
Raquel retrocedió de forma instintiva.
—Si quieres vivir, no vuelvas a estar sola.
La voz desapareció tan repentinamente como había surgido.
El silencio regresó al piso.
Raquel permaneció inmóvil durante largos segundos, escuchando con atención. No oyó nada más. Finalmente reunió el valor suficiente para acercarse a la puerta y mirar por la mirilla.
El pasillo estaba completamente vacío.
No había nadie.
Apoyó la frente contra la madera y cerró los ojos durante un instante.
Sabía que algo había cambiado de forma irreversible.
Y lo más inquietante no era que alguien la estuviera buscando.
Lo más inquietante era el pergamino, la frase, el símbolo y la certeza absoluta de que, de algún modo imposible de explicar, ella había comprendido algo que nunca había aprendido.