Capítulo 2 — La caja que no debía abrirse
Barcelona amanecía con ese gris suave que no terminaba de ser tristeza ni rutina, una luz difusa que parecía quedarse suspendida a medio camino entre el día y la noche.
Desde la ventana del pequeño piso de Raquel, en un tercer piso sin ascensor del barrio de Sant Antoni, la ciudad transmitía una apariencia de calma casi engañosa.
A ella siempre le había gustado esa sensación de normalidad cotidiana, aquella impresión de que nada importante estaba a punto de ocurrir.
Con los años había aprendido que la tranquilidad absoluta no existía, pero aun así seguía encontrando cierto consuelo en las pequeñas rutinas que daban forma a sus días.
A las ocho y doce de la mañana sonó el teléfono.
No era una hora habitual para recibir llamadas y mucho menos de un número desconocido.
Raquel dejó que el aparato vibrara unos segundos sobre la mesa de la cocina mientras terminaba de servirse café.
No esperaba nada de nadie. Aquello era una de las ventajas de su vida actual: pocas sorpresas, pocos sobresaltos y, en consecuencia, pocas decepciones.
La llamada se interrumpió. Apenas un segundo después volvió a sonar.
Raquel soltó un suspiro, dejó la taza sobre la encimera y contestó.
—¿Sí?
Al otro lado respondió una voz masculina tan neutra que parecía cuidadosamente entrenada para no transmitir ninguna emoción.
—¿Raquel Ortega?
—Depende. ¿Quién pregunta?
Hubo una breve pausa antes de la respuesta, como si la persona que llamaba eligiera cada palabra con excesiva precaución.
—Le llamo del despacho del notario. Tenemos un asunto pendiente con usted. Una herencia.
Raquel frunció el ceño. No tenía familiares cercanos y los pocos parientes que quedaban llevaban años sin mantener contacto con ella. La palabra «herencia» le resultó extraña, casi absurda.
—Creo que se equivoca.
—No nos equivocamos. Su nombre figura como única beneficiaria.
La respuesta llegó con una seguridad que le resultó incómoda. Raquel dejó de apoyarse en la encimera y sintió una ligera tensión en los hombros.
—¿De quién?
La voz tardó unos segundos en responder.
—De Mateo Arlés.
El nombre no significaba nada para ella. Nada en absoluto. Y, sin embargo, algo muy leve pareció agitarse en algún rincón remoto de su memoria, una sensación tan fugaz que desapareció antes de que pudiera identificarla.
—No conozco a nadie con ese nombre.
—Lo entendemos. Aun así, el trámite debe realizarse. Le esperamos hoy a las once. Es importante que acuda.
La llamada terminó sin despedidas.
Raquel permaneció inmóvil durante unos instantes observando la pantalla del teléfono. El silencio regresó a la cocina, pero ya no era el mismo silencio de unos minutos antes. Había adquirido una cualidad incómoda, como si algo invisible hubiera alterado ligeramente el equilibrio de la mañana.
Terminó el café de un trago y se dijo que no pensaba acudir a ninguna cita relacionada con una herencia absurda procedente de un desconocido.
Sin embargo, aquella decisión apenas sobrevivió unos minutos.
Sin saber exactamente por qué, acabó entrando en el dormitorio, cambiándose de ropa y cogiendo el bolso antes de salir de casa.
El despacho del notario ocupaba parte de un edificio antiguo del Eixample, uno de esos inmuebles que conservaban techos altos, molduras trabajadas y puertas de madera maciza que parecían pertenecer a otra época.
El olor a papel envejecido, tinta y documentos archivados impregnaba cada rincón del lugar.
Una secretaria la recibió y la hizo pasar sin apenas formular preguntas, como si la estuvieran esperando desde hacía mucho tiempo.
El hombre que la recibió permaneció revisando unos documentos hasta que ella tomó asiento frente a él.
—Señora Ortega. Gracias por venir.
Raquel respondió con una leve inclinación de cabeza. Mientras el notario ordenaba unos papeles, ella observó el despacho. No supo explicar por qué, pero algo en aquel lugar le producía una inquietud difícil de justificar.
—No voy a hacerle perder el tiempo —continuó el hombre—. La persona que figura como testador dejó instrucciones muy precisas. Usted debía recibir esto.
Abrió un cajón y extrajo una caja de madera oscura.
No era especialmente grande. Estaba fabricada con una madera casi negra y presentaba pequeñas marcas en la superficie que parecían mucho más antiguas de lo que deberían.
No tenía cerradura visible ni ningún elemento decorativo destacable.
Aun así, en cuanto apareció sobre la mesa, Raquel sintió un escalofrío inesperado.
—¿Eso es todo?
—Eso y una advertencia.
Raquel levantó la vista.
—¿Una advertencia?
El notario dudó apenas un instante.
—El testador dejó escrito que no debía abrir la caja sola.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
—¿Y usted me transmite eso así, sin más?
—Mi obligación es comunicar exactamente lo que figura en el documento.
—¿Y su opinión personal?
Por primera vez el hombre la miró directamente a los ojos.
—Mi recomendación es que no la abra en absoluto.
Raquel soltó una pequeña risa nerviosa.
—Eso suele producir el efecto contrario.
—Lo sé.
La conversación terminó poco después. Salió del edificio con la caja dentro del bolso y comenzó a caminar sin rumbo concreto.
Intentó convencerse de que todo aquello era una extravagancia sin importancia: una herencia procedente de un desconocido, una caja vieja y una advertencia ridícula.
Sin embargo, cuanto más intentaba restarle importancia, más presente se volvía el asunto.
Acabó sentándose en un banco de una pequeña plaza. Sacó la caja y la observó con detenimiento por primera vez.
Las marcas grabadas en la madera no parecían aleatorias.
Formaban patrones complejos, líneas que se entrelazaban con símbolos apenas visibles que parecían adquirir sentido únicamente cuando se observaban desde determinados ángulos.
Raquel pasó la yema de los dedos sobre una de aquellas figuras y sintió algo inesperado.
Una vibración.
Era leve, casi imperceptible, pero suficiente para hacer que retirara la mano de inmediato.
—Imposible...
Miró alrededor por puro instinto. Nadie parecía haber notado nada. La plaza seguía llena de pequeños sonidos cotidianos: conversaciones lejanas, pasos apresurados y el ruido ocasional del tráfico.
Volvió a fijarse en la caja.
La advertencia del notario resonó en su memoria con una claridad incómoda. No debía abrirla sola.
Sin embargo, la curiosidad ya había empezado a imponerse. Y la curiosidad, en aquel momento, pesaba mucho más que cualquier advertencia.
Deslizó lentamente los dedos por uno de los bordes hasta encontrar una pequeña hendidura que antes no había visto. Presionó con cuidado.
El mecanismo respondió con un clic casi imperceptible.
Durante una fracción de segundo dudó.
Después levantó la tapa.
Dentro no había dinero, joyas ni documentos corrientes. Solo descansaba un fragmento de pergamino envejecido y un símbolo grabado sobre él.
Era el mismo símbolo que había sentido bajo los dedos momentos antes.
En cuanto lo observó directamente, algo cambió en su interior.
No fue un pensamiento concreto ni una emoción claramente identificable. Fue una certeza repentina, absoluta e imposible de explicar. No sabía cómo podía estar segura de ello ni de dónde procedía aquella convicción, pero la sintió con una intensidad imposible de ignorar.
Alguien más estaba buscando lo mismo.
Y, desde aquel instante, ella también formaba parte del juego.