El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 1 — El lugar donde no debía existir
1%
El Códice De Las Siete Llaves

El Códice De Las Siete Llaves

Por Ana G.Ucles

© inepub.com

Capítulo 1 — El lugar donde no debía existir

El monasterio no aparecía en ningún mapa.

Ni en los registros eclesiásticos, ni en las rutas de peregrinación, ni siquiera en los documentos ocultos que los propios monjes guardaban bajo llave.

Era un lugar deliberadamente olvidado, construido en un valle estrecho donde la niebla parecía formar parte de la piedra y donde el sonido se apagaba antes de alcanzar las montañas.

Aquel aislamiento no era casual. Había sido elegido con precisión siglos atrás, cuando ciertos conocimientos podían destruir más reinos que cualquier ejército.

En la sala capitular, iluminada únicamente por siete velas dispuestas en círculo, los presentes permanecían inmóviles.

Ninguno vestía el hábito habitual del monasterio.

Sus túnicas eran más antiguas, confeccionadas siguiendo modelos que habían desaparecido siglos atrás, y sobre la tela oscura se distinguían símbolos bordados con hilo plateado, signos que no pertenecían a ninguna orden conocida.

No eran simples monjes, ni sacerdotes, ni siquiera eruditos. Eran custodios. Los últimos custodios.

En el centro de la mesa descansaba el objeto.

A primera vista parecía un manuscrito corriente, un códice de tamaño medio encuadernado en cuero oscuro y desgastado por el tiempo.

Sin embargo, bastaba observarlo durante unos segundos para sentir una incomodidad difícil de explicar.

Las proporciones parecían incorrectas. A veces daba la impresión de ser más grande y otras de haberse reducido ligeramente.

Algunos aseguraban que cambiaba según quién lo observara; otros defendían una teoría mucho más inquietante: no era el libro el que cambiaba, sino la mente de quien lo miraba.

El prior Mateo de Arlés apoyó ambas manos sobre la mesa.

Su rostro mostraba arrugas profundas, aunque nadie habría sabido decir su edad.

Había hombres jóvenes que parecían más cansados que él y ancianos que transmitían menos peso en la mirada.

Sus dedos largos y huesudos temblaban apenas perceptiblemente, no por miedo, sino por agotamiento.

—No tenemos más tiempo. Ya lo han encontrado.

Nadie preguntó quiénes eran «ellos». Todos lo sabían.

A la derecha del prior, una mujer de cabello oscuro recogido en una trenza severa levantó lentamente la vista. En cualquier otro monasterio, su presencia habría resultado impensable, pero allí nadie cuestionaba su autoridad.

—¿Cómo? Este lugar no existe.

Mateo esbozó una sonrisa cansada.

—Precisamente por eso. Solo puede encontrarse si alguien conoce lo que no debería conocer.

Un murmullo recorrió la sala, breve e inquieto. El más joven de los presentes no pudo contenerse. Tendría poco más de veinte años, y su rostro pálido y la tensión de sus manos revelaban que aquella responsabilidad le quedaba demasiado grande.

—Entonces hay un traidor.

El silencio posterior resultó más incómodo que la acusación. Nadie se defendió. Nadie respondió. En aquel círculo, la traición no era una posibilidad remota, sino una consecuencia inevitable del conocimiento que custodiaban.

Mateo retiró las manos del códice. El gesto pareció aliviarle, como si el simple contacto con el manuscrito consumiera parte de sus fuerzas.

—El códice no puede permanecer unido.

La mujer asintió lentamente. Aquella idea llevaba tiempo creciendo entre ellos.

—Nunca debió estarlo.

El joven negó con fuerza.

—Separarlo es perderlo.

La mujer clavó en él una mirada firme.

—No. Separarlo es impedir que alguien lo utilice completo.

Mateo hizo una leve señal. Uno de los custodios abandonó la sala y regresó instantes después con una caja de madera oscura reforzada con herrajes de hierro ennegrecido. La depositó junto al códice con una reverencia involuntaria, como si el simple objeto mereciera respeto o temor.

—Cada uno de vosotros llevará una parte. No habrá comunicación entre custodios. No habrá regreso. A partir de esta noche dejáis de existir como grupo.

Aquellas palabras no eran una orden, sino una sentencia. El joven tragó saliva antes de volver a hablar.

—¿Y si alguien intenta reunirlas?

Mateo lo observó con una tristeza inesperada.

—Alguien lo hará.

La mujer cerró los ojos un instante. No parecía sorprendida, solo resignada.

—Entonces debemos asegurarnos de que no sobreviva al intento.

Mateo no respondió. No hacía falta. Tomó un pequeño cuchillo de hoja fina y lo colocó junto al códice. Durante unos segundos nadie se movió, ni siquiera respiraron con normalidad. Entonces abrió el manuscrito.

Las páginas revelaron algo que ninguno de los presentes se acostumbraría jamás a contemplar.

Los símbolos no pertenecían a ninguna lengua conocida.

No eran latín, ni griego, ni árabe, ni nada que pudiera clasificarse.

Y lo peor era que parecían moverse, apenas lo suficiente para que el ojo humano dudara de lo que estaba viendo.

El joven apartó la mirada de inmediato, sintiendo una náusea repentina.

—No lo mires demasiado tiempo. Aprende a leerlo… o dejará de pertenecerte.

Mientras Mateo comenzaba la división, varias velas oscilaron a la vez.

No había corriente. Las ventanas permanecían cerradas.

Aun así, las llamas se inclinaron como si algo invisible hubiera atravesado la estancia.

El joven creyó escuchar voces lejanas, indistinguibles, como personas hablando detrás de una pared demasiado gruesa. No quiso comprobarlo.

Mateo continuó trabajando. No cortaba páginas.

Separaba fragmentos. Cada hoja parecía exigir un orden preciso, y un error habría sido imposible, como si el propio códice estuviera indicando dónde debía dividirse.

Uno a uno fueron apareciendo los siete bloques: siete fragmentos, siete custodias.

Durante siglos habían recibido nombres distintos, pero entre ellos siempre existió una única denominación: las siete llaves.

Cuando el proceso terminó, el códice había dejado de ser un libro. Ahora era algo diferente: siete piezas aparentemente inofensivas, siete fragmentos capaces de alterar el destino de generaciones enteras.

Mateo entregó la primera parte a la mujer. Ella la tomó sin vacilar, aunque durante una fracción de segundo sus dedos se cerraron con demasiada fuerza sobre el cuero. No era miedo. Era la certeza de que estaba aceptando una condena.

—Tú sabes dónde llevarla.

La mujer asintió.

—Y tú sabes que no volveré.

—Nadie volverá.

El joven recibió la última. Las manos le temblaban.

—No estoy preparado para esto.

La mujer lo observó con una mezcla de dureza y compasión.

—Nadie lo está.

Entonces sonó el primer golpe, seco y violento, contra la puerta principal. Todos se giraron. El segundo llegó apenas unos segundos después, más fuerte y más cercano. La tensión se volvió insoportable. Mateo apagó una de las velas con los dedos y la oscuridad avanzó un poco más por la sala.

—Ya están aquí.

Nadie hizo preguntas. Nadie perdió tiempo. Las siete llaves comenzaron a desaparecer en la oscuridad. El tercer golpe resonó con tanta fuerza que una de las vidrieras vibró y una fina grieta apareció en el cristal. Nadie volvió a hablar. Un instante después, la puerta comenzó a ceder.