El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 4 — Donde la piedra recuerda
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Capítulo 4 — Donde la piedra recuerda

Raquel no durmió aquella noche. No fue una decisión consciente ni un intento deliberado de mantenerse despierta.

Simplemente, cada vez que cerraba los ojos, la frase volvía a aparecer en su mente con una claridad inquietante, como si alguien la pronunciara una y otra vez desde algún rincón oculto de su conciencia.

«Donde la piedra recuerda lo que el hombre ha olvidado.»

A las seis y media de la mañana ya estaba sentada en la mesa de la cocina.

Tenía el portátil abierto delante de ella y una taza de café que hacía tiempo se había quedado fría.

Durante horas había probado distintas combinaciones de palabras en los buscadores, intentando encontrar una referencia histórica, una cita antigua o cualquier pista que le permitiera interpretar aquella frase de manera racional.

Sin embargo, cuanto más investigaba, más confusa resultaba la búsqueda.

Monumentos, iglesias, ruinas, cementerios y edificios centenarios aparecían constantemente en la pantalla.

Barcelona estaba llena de lugares donde la piedra parecía conservar la memoria del pasado.

La frase era demasiado amplia, demasiado ambigua, como si hubiera sido creada expresamente para impedir una respuesta sencilla.

Frustrada, se pasó una mano por el cabello y observó el pergamino que permanecía sobre la mesa. El símbolo seguía allí, inmóvil e inescrutable, transmitiendo la incómoda sensación de saber algo que ella todavía era incapaz de comprender.

—No puede ser tan ambiguo.

Durante unos segundos permaneció observándolo en silencio.

Luego cerró el portátil y apoyó los codos sobre la mesa.

En aquel momento comprendió que no estaba ante una búsqueda convencional.

No era un acertijo que pudiera resolverse mediante información o lógica.

Recordó la sensación que había experimentado cuando comprendió la frase por primera vez.

No había sido una deducción racional ni el resultado de una investigación.

Había sido algo inmediato, casi instintivo, como si una parte de ella hubiera reconocido una verdad que ya conocía.

Respiró profundamente y cerró los ojos.

Por primera vez desde la noche anterior dejó de intentar pensar.

Durante unos instantes no ocurrió nada. Después apareció una imagen fugaz y borrosa. Vio piedra, oscuridad y escuchó un sonido hueco que resonaba como un eco lejano dentro de un espacio cerrado.

Abrió los ojos de golpe.

—Un lugar antiguo... cerrado... y con eco.

La idea surgió con tanta claridad que se incorporó de inmediato.

Barcelona estaba llena de lugares que podían encajar en aquella descripción, pero uno de ellos apareció en su mente con una fuerza especial.

No sabía por qué. No tenía ninguna prueba que lo justificara. Simplemente sintió que debía ir allí.

Poco después cruzaba la entrada del Cementerio de Poblenou.

A aquella hora apenas había visitantes. El aire olía a humedad, piedra vieja y flores marchitas.

Los nichos se alineaban formando largas galerías silenciosas donde el paso del tiempo parecía haberse detenido.

Mientras caminaba entre ellas, Raquel experimentó una mezcla extraña de vergüenza y convicción.

Una parte de ella seguía pensando que todo aquello era absurdo, pero otra parte, cada vez más fuerte, estaba convencida de que había llegado al lugar correcto.

Las galerías más antiguas formaban pasillos estrechos y alargados. El sonido de sus pasos rebotaba contra la piedra exactamente igual que en la imagen que había visto durante la mañana. Aquella coincidencia hizo que sintiera un escalofrío.

La idea de que la piedra recordaba volvió a aparecer en su mente mientras avanzaba despacio, observando cada detalle con atención. Había algo en aquel lugar que parecía encajar con la frase, aunque todavía no sabía qué era.

A unos metros de distancia, ligeramente separada del resto de esculturas, se alzaba la figura de un ángel.

No era especialmente grande, pero había algo diferente en él.

Mientras las demás figuras parecían mirar al cielo con serenidad, aquella mantenía la cabeza inclinada hacia delante, como si contemplara algo situado a sus pies.

Raquel se acercó lentamente.

Cuanto más se aproximaba, más extraña le resultaba la sensación que experimentaba. Cuando llegó frente a la escultura descubrió que el ángel sostenía una llave tallada en piedra.

Permaneció inmóvil durante varios segundos.

—No puede ser...

Se agachó despacio y observó el suelo. Justo bajo la dirección de la mirada de la estatua había una losa ligeramente distinta de las demás. La diferencia era mínima, apenas perceptible, pero estaba allí. Su superficie era más lisa y mostraba un desgaste diferente al resto del pavimento.

Sin saber exactamente por qué, apoyó la mano sobre ella.

La piedra estaba fría. Extraordinariamente fría.

En el instante en que sus dedos tocaron la superficie escuchó un sonido leve, casi imperceptible.

Un clic.

Retiró la mano de inmediato.

La losa permanecía inmóvil, pero algo había cambiado. Desde algún punto situado bajo el suelo comenzó a escucharse un mecanismo antiguo, un sonido metálico que parecía despertar después de siglos de silencio.

El corazón empezó a latirle con fuerza.

Retrocedió un paso mientras observaba la piedra.

Demasiado tarde.

La losa comenzó a desplazarse lentamente unos centímetros, los suficientes para revelar una abertura oscura bajo ella.

Raquel se quedó paralizada.

Aquello no podía estar ocurriendo.

Sin embargo, estaba ocurriendo.

—Sí está pasando.

La voz sonó a su espalda.

Raquel se giró bruscamente.

El hombre que la había observado el día anterior estaba allí. Vestía la misma chaqueta oscura y mantenía la misma expresión neutra, pero esta vez se encontraba mucho más cerca. Tan cerca que resultaba imposible ignorar su presencia.

—Te dije que no debías abrirla.

Raquel retrocedió un paso sin apartar la mirada de él.

—¿Quién eres?

El hombre la observó durante unos segundos, como si estuviera valorando cuánto debía contarle.

—Alguien que intenta evitar que mueras antes de entender en qué te has metido.

—Pues empieza explicando las cosas, porque ahora mismo no tengo ningún motivo para confiar en ti.

El desconocido asintió levemente.

—Me parece razonable. De hecho, no deberías confiar en mí.

Raquel frunció el ceño.

—Entonces ¿por qué debería escucharte?

El hombre señaló la abertura que acababa de aparecer bajo la losa.

—Porque lo que hay ahí abajo ya ha matado a otras personas.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Raquel volvió la vista hacia la oscuridad que se abría bajo la piedra y sintió cómo la tensión aumentaba dentro de ella.

—¿Y tú qué quieres exactamente?

El hombre tardó apenas un instante en responder.

—Evitar que encuentren lo que tú estás a punto de encontrar.

Raquel sintió que algo se tensaba en su interior.

—Llegas tarde.

El desconocido negó lentamente.

—No. Llego justo a tiempo.

Por primera vez desde que lo había visto, la expresión del hombre cambió ligeramente. No fue una transformación evidente, apenas una alteración mínima en la mirada. Sin embargo, resultó suficiente para que Raquel comprendiera algo importante.

Aquel hombre sabía mucho más de lo que estaba dispuesto a contar.

Y, aunque decía estar intentando ayudarla, nada garantizaba que estuviera realmente de su lado.