Capítulo 24El sacrificio del Códice
El sacrificio del Códice
Irene Sterling
El agua helada ya lamía las pantorrillas de Irene, pero el aire que soplaba desde la cámara del cofre conservaba una calidez estancada, un suspiro de sándalo y polvo seco que chocaba con la humedad del pozo.
Ella ajustó el agarre de su linterna táctica y recortó con el haz blanco la silueta de Marcus Vance.
El director de operaciones de Adsum Corp permanecía estático ante el pedestal de mármol, con los ojos fijos en el cofre de cedro y plomo.
Su mano enguantada se cernía sobre la madera.
A su lado, Samuel Geller se apoyaba contra el paramento de caliza, con el rostro contraído. Su brazo izquierdo, inútil, se pegaba al torso mientras intentaba estabilizar la clavícula fracturada.
—Atrás, Geller —ordenó Vance, sin desviar la mirada. Su voz, un susurro ronco, apenas competía con el aullido de las sirenas de la presa exterior—. Ya ha hecho su trabajo. El resto es logística de Adsum.
—No sea estúpido, Vance —intervino Irene, mientras daba un paso hacia el interior de la cámara estanca. Su bota salpicó el lodo que comenzaba a filtrarse por la junta del umbral—. Mire la clave de la bóveda. Las tensiones estructurales se redistribuyen ahora mismo.
Por encima de sus cabezas, la grieta en zigzag que cruzaba la cúpula románica exhalaba un chirrido agudo, lamento del granito sometido a un esfuerzo cortante que superaba su límite de fluencia.
Las vibraciones de la presa vieja, cuyo estribo presionaba directamente el trasdós de la cámara, hacían oscilar los focos halógenos que los guardias habían colocado en el suelo.
Vance gesticuló con desprecio.
—Procedan —dijo, señalando al técnico que sostenía el cortafríos de acero—. Rompan el sello de cera. Quiero el cilindro interior y el pergamino asegurados en el maletín estanco antes de que el nivel del agua suba otros diez centímetros.
—¡Si toca ese cofre, nos sepultará a todos!
—El grito de Samuel resonó en el habitáculo, quebrado por la tos que le provocaba el polvo de caliza flotando en el aire.
El restaurador dio un paso tambaleante hacia el pedestal e interpuso su cuerpo entre el técnico y la pieza—.
No es solo un contenedor. El pedestal es parte de un sistema de balancín hidráulico.
La Hermandad no confiaba la seguridad de sus secretos a un simple cerrojo de hierro.
Irene desvió el haz de su linterna hacia la base del pedestal de mármol blanco.
Sus ojos, entrenados en el análisis de sistemas mecánicos antiguos, identificaron de inmediato la anomalía.
El cilindro de mármol no nacía directamente del suelo de granito, sino que flotaba sobre una junta de dilatación de apenas tres centímetros, rellena de un anillo de bronce con marcas de desgaste por fricción vertical.
La masa del cofre de cedro, incrementada por las pesadas láminas de plomo remachadas a su estructura, ejercía una fuerza constante hacia abajo. Un peso calculado con precisión milimétrica para mantener deprimido un émbolo oculto en el núcleo del pedestal.
—Tiene razón —dijo Irene, mientras daba un paso al frente—.
Vance, detenga a sus hombres. El peso del cofre actúa como un contrapeso activo para las dovelas de la clave de bóveda.
Es un sistema isostático de seguridad. Si retira esa carga sin bloquear primero los fiadores laterales de la cúpula, la presión hidrostática de la presa aplastará la cámara en segundos.
Vance se giró despacio. La luz de la linterna de Irene perfiló la línea de su mandíbula, tensa, y el trazo de sangre seca que le cruzaba la sien izquierda.
Irene reconoció en sus ojos la misma fijeza desorbitada que le había visto durante el desastre en el desierto de Gobi, cuando la presión de los inversores lo empujó a tomar decisiones desesperadas.
—¿Un contrapeso de piedra? No me venga con romanticismos, Sterling —escupió Vance, mientras daba un paso hacia ella—.
Ginebra no va a aceptar otra pérdida de activos.
Si dejamos este cofre aquí, el agua lo destruirá o la Confederación lo confiscará en cuanto estabilicen la presa.
He arriesgado dos equipos de perforación y la seguridad de este sector para llegar hasta aquí.
No me iré con las manos vacías por las especulaciones de un restaurador herido.
—No es una especulación, es física elemental —insistió Irene, mientras daba un paso al frente para situarse al lado de Samuel.
Sintió el calor febril que desprendía el cuerpo del arqueólogo, que temblaba bajo la manta térmica empapada—.
Mire las juntas de las dovelas superiores.
El mortero de cal ya se ha pulverizado. Lo único que mantiene la cohesión del arco es la fricción inducida por el vector de carga vertical que este pedestal transmite al subsuelo.
Si levanta ese cofre, el equilibrio se romperá.
—Apártense —Vance extrajo la Glock pavonada de su arnés con un movimiento fluido y apuntó directamente al pecho de Irene—. ¡Apartaos los dos!
Irene no se movió, pero Samuel, impulsado por su afán de proteger la pieza, intentó interponerse.
—¡No lo haga! —gritó el restaurador.
Vance reaccionó con rapidez. Con un golpe seco de su brazo izquierdo, golpeó el hombro herido de Samuel con la culata del arma.
El impacto sobre la clavícula fracturada arrancó un gemido del restaurador, que colapsó sobre las losas húmedas y se aferró el costado izquierdo mientras su respiración se volvía un jadeo superficial.
—¡Samuel! —Irene se agachó a su lado, pero el cañón de la Glock de Vance se interpuso en su camino y la obligó a detenerse.
—Se acabó el debate —sentenció Vance.
El director de operaciones guardó el arma, se inclinó sobre el pedestal de mármol y aferró los extremos del cofre de cedro con ambas manos. Sus nudillos se tornaron blancos bajo los guantes de neopreno mientras tiraba hacia arriba.
El cofre, anclado por siglos de inercia y la succión del vacío interior, se resistió un instante. Luego, con un chirrido de metal y madera que resonó en el espacio confinado, se despegó del pedestal.
El cilindro de mármol ascendió de golpe tres centímetros.
Un chasquido profundo vibró bajo las suelas de las botas de Irene, como si un cable de alta tensión se hubiera quebrado en las entrañas de la montaña.
Durante medio segundo, el tiempo pareció detenerse en la penumbra de la cámara.
La linterna táctica de Irene iluminó el rostro de Vance, cuya mueca de codicia se congeló.
Las botas del director de operaciones resbalaron sobre las losas de granito, que de pronto trepidaron con una frecuencia violenta.
—¿Qué ha...? —empezó a decir el técnico del cortafríos.
La respuesta llegó en forma de un trueno subterráneo que anuló por completo el aullido de las sirenas exteriores.
La clave de la bóveda, desprovista de la contrapresión que el pedestal transmitía a los tensores de granito, se flectó.
La fisura en zigzag que cruzaba el techo se ensanchó en un parpadeo y se convirtió en una brecha de diez centímetros de la que brotó una cortina de agua turbia y lodo gris a alta presión.
La sillería medieval del arco apuntado que enmarcaba la entrada a la cámara estanca cedió bajo el empuje hidrostático del embalse. Una de las dovelas de granito, de más de media tonelada, se cizalló con un estallido que proyectó lascas de piedra como metralla por todo el habitáculo.
—¡Cuidado! —gritó Irene, mientras se arrojaba sobre Samuel para cubrirlo con su propio cuerpo.
El impacto del bloque contra las losas del suelo levantó una densa nube de cal y polvo que cegó los focos halógenos de Adsum y sumió la estancia en una penumbra fantasmal, rota solo por los destellos de las linternas de mano.
A sus espaldas, un estruendo continuo de colapso en cadena anunció el derrumbe del pasadizo de acceso.
Decenas de bloques de caliza y mampostería decimonónica se precipitaron sobre el umbral y se acumularon en una barrera insalvable de piedra y barro que selló la salida principal con un estruendo ensordecedor.
El aire se volvió espeso, casi irrespirable, saturado de polvo de cal apagada que quemaba los ojos y la garganta.
Irene se incorporó lentamente sobre los codos y tosió con fuerza mientras limpiaba la lente de su linterna con la manga de su chaqueta húmeda.
El haz de luz barrió la cámara y reveló un panorama desolador: el techo continuaba cediendo, desprendía una lluvia constante de cascotes, y el agua del embalse entraba a chorros por las juntas abiertas, lo que transformaba la plataforma en una fosa de lodo inestable.
A menos de dos metros, Marcus Vance permanecía de pie, abrazaba el cofre de cedro contra su pecho como si fuera un escudo y mantenía los ojos desorbitados fijos en el muro de escombros que acababa de sepultar la salida.
Irene se incorporó sobre los codos, con la espalda dolorida por el impacto de la dovela.
El polvo de caliza le irritaba la garganta y le empañaba los ojos.
El haz de su linterna táctica, que aún emitía luz bajo el diluvio de escombros, recortó la silueta de Marcus Vance.
Vance, con una fijación febril, seguía abrazando el cofre de cedro, con la mirada perdida en el muro de roca y barro que sellaba la salida principal.
El agua helada de la presa, cargada de cieno y fragmentos de mortero, subía a un ritmo alarmante; cubría los tobillos de los guardias, los botes volcados y las rodillas de Irene. El rugido sordo del torrente que entraba por la brecha de la cúpula ahogaba los gemidos de la piedra.
Samuel yacía a su lado, con el rostro pálido y los ojos cerrados, aferrado a su hombro lesionado.
Un rastro de sangre tenue le manaba de la sien, mezclado con el lodo.
Irene le tocó el cuello. El pulso era débil, pero regular.
Lo había protegido del impacto directo de la dovela, pero el colapso continuaba.