El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 23El peso de la piedra #3
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Capítulo 23El peso de la piedra #3

La advertencia era innecesaria. El dolor en su clavícula izquierda pulsaba con fuerza, pero el vacío a sus espaldas resultaba mucho más amenazador.

El abismo de diez metros bajo la pasarela oscilante disparó su pulso.

Samuel aferró el montante de castaño con la mano derecha y buscó a ciegas el primer mechinal de la pared de sillería.

Cada apoyo exigía un esfuerzo de tracción que sobrecargaba su hombro sano.

A mitad del descenso, la suela de su bota izquierda resbaló sobre la superficie húmeda del granito.

Su cuerpo se balanceó en el aire y un grito ahogado se perdió entre el estruendo sordo de las alarmas de la presa y el crujido de la madera.

Tensó los dedos del brazo derecho, sintiendo cómo las astillas del poste se clavaban en su palma, hasta que logró encajar el talón en una junta de mortero desprendido.

Cuando sus botas impactaron contra el suelo de hormigón, sus rodillas se doblaron.

Irene lo sostuvo del brazo para estabilizarlo.

Samuel limpió con el dorso de la mano las gafas, empañadas por la condensación, mientras intentaba recuperar el aliento.

El sudor frío se mezclaba con el polvo de caliza que flotaba en el ambiente.

A tres metros, la gran hoja de piedra completó su recorrido y encajó en la jamba con un impacto sordo que sacudió los focos halógenos instalados por el equipo de Adsum Corp.

El haz de la linterna barrió el espacio recién descubierto.

No era una galería de servicio ni un pozo de oscilación, sino una cámara de sillería isódoma, con bloques perfectamente escuadrados y ajustados.

El aire que emanaba del interior era cálido, denso y libre de la humedad salina que impregnaba el resto del complejo subterráneo.

Las juntas de la piedra caliza mostraban un sellado continuo de betún mezclado con resina de pino, un aislamiento que había mantenido el habitáculo estanco durante casi mil años, protegiéndolo de las filtraciones del río Roca y de la presión de la presa superior.

En el centro de la estancia, sobre un pedestal cilíndrico de mármol blanco que destacaba contra la penumbra grisácea, reposaba el cofre.

La madera de cedro, cuyas vetas rojizas se apreciaban bajo el desgaste, estaba protegida por láminas de plomo remachadas con clavos de sección cuadrada.

El plomo presentaba una pátina gris mate, señal de una oxidación estabilizada hace siglos.

En la ranura de la tapa, un cordón de cera de abeja, oscurecido por el tiempo y endurecido como la piedra, sellaba la junta.

Sobre la cera se apreciaba el sello de la Hermandad del Silencio: el compás de brazos asimétricos cruzado por la línea quebrada, la marca geométrica que Samuel había rastreado en los capiteles de la región.

—Ahí está —susurró Vance.

La rigidez habitual del director de operaciones se disolvió en una fijeza febril.

Avanzó y apartó a Irene con el hombro, sin desviar la vista del pedestal.

Sus botas, cubiertas de lodo arcilloso, dejaron una marca oscura sobre el pavimento limpio de la cámara.

Los dos operarios de Adsum Corp se desplegaron a los lados del acceso, bloqueando el paso de Samuel e Irene.

Uno de ellos extrajo de su arnés técnico un cortafríos de acero templado y una maza de golpe seco.

—No lo toquen —advirtió Samuel, dando un paso al frente mientras se presionaba la clavícula—.

Ese cofre requiere condiciones de apertura controladas.

El plomo y la cera han mantenido el interior al vacío.

Si rompen el sello en este ambiente, la entrada de aire húmedo provocará una degradación higroscópica inmediata en el pergamino. Lo destruirán en segundos.

Vance no se detuvo. Entró en el nicho y apuntó con su linterna táctica directamente al cedro. Su mano enguantada rozó el plomo con dedos temblorosos.

—El contrato de rescate de Adsum nos faculta para asegurar el hallazgo por cualquier medio —declaró, sin volverse—. El análisis y la apertura se realizarán en nuestras instalaciones. Proceda con el cortafríos.

Un chasquido agudo, similar al desgarro de un cable de acero, resonó en la bóveda de la estancia octogonal.

Samuel alzó la vista. En la clave de la cúpula, justo en la línea de contacto entre la sillería medieval y el hormigón inyectado de la presa moderna, comenzó a abrirse una fisura en zigzag.

Una lluvia de fragmentos de mortero y lascas de piedra caliza cayó sobre el suelo, salpicando el agua acumulada.

El pilar central, desprovisto del contrarresto estructural que proporcionaba la puerta cerrada, cedía visiblemente bajo el empuje del embalse exterior.

A sus pies, el agua estancada en el canal de drenaje comenzó a burbujear con fuerza, impulsada por la presión hidrostática que ascendía desde los cimientos de la montaña.

Las juntas de los muros empezaron a supurar hilos de agua turbia.

El plazo de setenta y dos horas se desvanecía en el rugido sordo de la roca que cedía.