El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 23El peso de la piedra #2
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Capítulo 23El peso de la piedra #2

—Un poco más, Samuel —la voz de Irene ascendió desde la base de la cámara, amortiguada por el aullido de la sirena de evacuación—. El agua en el canal de retorno desborda ya las losas de la plataforma. No fuerces el bronce si notas resistencia elástica.

Samuel guardó silencio. Sostener su peso sobre la rodilla derecha en el entablado oscilante de encina agotaba sus fuerzas.

Exhaló despacio y destensó el antebrazo para percibir el relieve de las muescas internas.

Los anillos concéntricos debían deslizarse sobre los pasadores ocultos en el pilar, un laberinto de ranuras y topes diseñado para que solo el bronce tallado de la Hermandad pudiera franquearlo.

Empujó de nuevo, cargando el peso del torso de forma progresiva.

El cilindro cedió. Las muescas exteriores se alinearon con el sillar y un chasquido seco resonó en el interior del pilar. La vibración se propagó por los tirantes de hierro de la pasarela hasta sus dientes. Los fiadores internos se habían retraído, liberando el primer bloqueo del mecanismo.

Pero el cilindro no giraba. Siglos de infiltraciones kársticas habían depositado una costra de carbonato cálcico y sílice en los engranajes de piedra acoplados al eje central. Sus dedos eran incapaces de vencer la resistencia de esa amalgama mineral.

Samuel tanteó el paramento del pilar. El haz de la linterna de Irene, fijo sobre él, reveló una hendidura horizontal en la mampostería, bajo el receptáculo.

En la cavidad, cubierta por una pátina de hongo negro, descansaba una barra de hierro forjado de sección octogonal, de unos sesenta centímetros de longitud, con un extremo en horquilla.

La palanca de maniobra de los canteros conservaba su rigidez estructural, protegida de la corrosión por una capa de grasa de ballena solidificada que aún desprendía un olor rancio.

Extrajo la barra de su alojamiento con un esfuerzo que le arrancó un gemido.

Su hombro izquierdo protestó con un latigazo hacia el cuello, pero logró encajar la horquilla en las muescas radiales de la cabeza del cilindro de bronce.

El ajuste era exacto, diseñado hace novecientos años para multiplicar el torque manual.

Afianzó la bota derecha contra el montante de castaño. Apretó el extremo libre de la palanca con la mano derecha, cruzó el brazo sobre el pecho y cargó el peso de su cuerpo hacia la izquierda en un arco descendente.

La barra no cedió. La resistencia del mecanismo rivalizaba con la de la propia montaña.

—¡Samuel, el tiempo! —gritó Irene. El eco de la sirena vibraba en el agua que ya cubría los tobillos de los guardias—. ¡La cota del embalse sube cuarenta centímetros por hora! ¡Si los aliviaderos de fondo se cierran, la contrapresión reventará la galería antes de que la puerta se deslice!

Samuel apretó los dientes hasta sentir el crujido de la mandíbula. El sudor le empañaba las gafas, pero no desvió la vista de la unión entre el bronce y el granito.

«El momento de torsión», calculó mentalmente. «La adherencia del carbonato de calcio tiene un límite de cizalladura de tres megapascales. Debo romper la cohesión del plano de fractura».

Flexionó la rodilla, bajando el centro de gravedad para alinear el vector de fuerza perpendicular al brazo de la palanca. Con un vaivén seco, balanceó su peso sobre la barra para inducir una vibración en el eje de bronce. Tres, cuatro veces. El hierro forjado se curvó bajo la tensión.

Al quinto balanceo, un crujido sordo, como el de una rama gruesa quebrándose bajo la nieve, ascendió desde el núcleo del pilar.

La costra de calcificación se fracturó. La palanca se desplazó cinco centímetros a la izquierda, arrastrando el cilindro en un giro fluido.

Samuel continuó el empuje y acompañó la rotación.

El bronce giró noventa grados, luego ciento ochenta, hasta que la estrella del norte grabada en el anillo exterior coincidió con el vértice inferior de la escuadra tallada en la piedra.

Un ronquido cavernoso de baja frecuencia, surgido de las entrañas del acantilado, acalló la sirena exterior.

Abajo, en la base de la cámara octogonal, el suelo de granito vibró con una oscilación que hizo tambalear a los guardias. En el pozo de drenaje, el torrente cambió de tono y se convirtió en un silbido de alta presión a medida que los conductos internos se abrían.

Dos pesados contrapesos de granito negro, suspendidos por cadenas de eslabones planos que atravesaban la pasarela, comenzaron su descenso hacia la chimenea de equilibrio.

El metal de las cadenas, libre de óxido gracias a la grasa protectora, se deslizaba por las poleas de bronce con un chirrido rítmico que marcaba la liberación del sistema de gravedad de la Hermandad.

Samuel observó las masas de piedra descender centímetro a centímetro hacia el abismo inundado. La fuerza de los contrapesos, liberada por la rotación del eje, vencía la resistencia de los fiadores que mantenían sellada la puerta de caliza.

A sus pies, la colosal hoja de piedra de tres metros se desplazó lateralmente, desprendiendo una nube de cal muerta de las jambas de granito. El camino hacia el núcleo de la montaña se abría, revelando la primera rendija de una sombra oculta bajo el peso del río durante casi mil años.

Samuel liberó la barra de hierro forjado, que encajó con un chasquido seco en el dial de bronce.

La cadena de los contrapesos corría por las poleas con un gemido metálico continuo que vibraba en la suela de sus botas.

Bajo sus pies, la enorme hoja de piedra caliza se deslizaba lateralmente sobre su carril de granito, abriendo una brecha vertical de la que emanó una ráfaga de aire seco, cálido y confinado, cargado con el olor a polvo milenario.

—¡Samuel, baja! —gritó Irene. El haz de su linterna oscilaba sobre los travesaños del andamio de madera—. ¡El pilar está cediendo!