El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 24El sacrificio del Códice #2
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Capítulo 24El sacrificio del Códice #2

Un chasquido más profundo, como el crujido de un glaciar, ascendió desde las entrañas de la roca.

No vino del techo, sino del suelo bajo sus pies.

El pavimento de granito de la plataforma comenzó a vibrar con una frecuencia disonante.

Una fina fisura, de apenas un milímetro, se extendió desde la base del pedestal de mármol hacia el borde de la plataforma, un surco oscuro que se abría en zigzag.

El pedestal, ahora desprovisto de la carga del cofre, se alzaba tres centímetros, aún anclado por su propia inercia. Sin embargo, la roca que lo cimentaba cedía.

Irene se puso de rodillas y se arrastró sobre el lodo para acercarse al borde de la fisura.

El agua turbia que cubría el suelo comenzó a gorgotear en su interior, succionada por una corriente descendente.

La fractura se ensanchó en un instante. Un trozo de granito, del tamaño de su puño, se desprendió con un chasquido.

Bajo la losa, la oscuridad. No era el lecho de la galería inferior, sino un abismo insondable que se tragaba el agua y el lodo con un siseo gutural.

El rugido del pozo de drenaje, ahora amplificado, ascendía con la fuerza de un huracán.

El suelo bajo las botas de neopreno de Vance se inclinó con violencia.

Perdió el equilibrio y resbaló. La inercia de su cuerpo lo arrastró hacia la fosa agrietada.

Intentó recuperar el aplomo, pero la suela de su bota chocó contra un trozo de sillería desprendida.

El cofre de cedro, pesado por las láminas de plomo, se deslizó de sus manos.

Rodó sobre la plataforma con un ruido sordo y ganó velocidad sobre la superficie resbaladiza de lodo. Su trayectoria lo conducía directamente hacia el borde de la fosa recién abierta.

Samuel, que hasta entonces había permanecido inmóvil, abrió los ojos.

Su mirada, antes velada por el dolor, se clavó en el cofre.

Irene vio cómo una descarga de adrenalina tensaba cada músculo de su cuerpo; la debilidad de un instante antes fue borrada por la urgencia. El cofre parecía magnetizarlo.

Con un gemido ronco, Samuel se impulsó sobre sus manos y se lanzó hacia el cofre.

Irene lo vio estirarse en el aire, con los dedos extendidos en un intento desesperado de atrapar la madera de cedro antes de que se precipitara al abismo.

Ignoró el hombro lesionado y el vértigo que lo paralizaba.

Su cuerpo solo respondía a la urgencia de su instinto de restaurador, de protector del patrimonio.

Samuel alcanzó el cofre justo en el borde de la fisura. Sus dedos se cerraron sobre la madera de cedro. El peso del objeto y la inercia de su propio cuerpo lo arrastraron un palmo más hacia el vacío. Su rostro, contraído por el esfuerzo, quedó suspendido sobre la oscuridad rugiente de la fosa.

Irene alzó la mirada hacia la bóveda.

La fisura en zigzag que cruzaba la clave de la cúpula, donde el hormigón moderno de la presa se unía a la sillería románica, se ensanchó con un lamento de piedra.

El agua que brotaba a presión de la brecha se convirtió en un torrente continuo.

Una enorme viga de piedra caliza, una de las dovelas de refuerzo del arco fajón, se desprendió del techo.

Giró en el aire, arrancando una nube de polvo blanco y mortero.

Caía directamente sobre Samuel Geller, sobre el lugar exacto donde se aferraba al cofre, suspendido sobre la fosa.

Irene vio la viga girando en el aire. Vio a Samuel, con los dedos blancos sobre el cofre y el rostro pálido sobre el abismo. No había tiempo para salvar el cofre y la vida de Samuel. El dilema, una certeza que le helaba la sangre, era absoluto.

La viga de caliza, ancha como un sarcófago y pesada como un juicio, giraba en el aire a escasos metros de la cabeza de Samuel.

Sus músculos se tensaron como un resorte, sin conceder un instante a la duda.

Irene no pensó en el valor, ni en la corporación, ni en la ruina de su carrera.

Solo vio al hombre, a ese arqueólogo ingenuo y brillante que se aferraba a un objeto de madera como si fuera la última verdad del mundo.

Con un grito gutural que se ahogó en el estruendo del derrumbe, Irene se abalanzó sobre Samuel.

Sus manos firmes se cerraron sobre la solapa de su chaqueta y tiraron con una fuerza desesperada.

El cuerpo de Samuel, rígido por la tensión, se resistió un instante antes de ceder.

Irene lo arrastró hacia atrás con un tirón brutal y lo despegó del borde de la fisura.

El cofre de cedro, liberado de su agarre, se deslizó de sus dedos.

Un impacto ensordecedor sacudió la cámara.

La viga de piedra, con el peso de siglos acumulado, se estrelló contra el lugar exacto donde Samuel había estado un segundo antes.

El granito del suelo se pulverizó en una explosión de cal y escombros.

Una nube densa, blanca y asfixiante, se alzó como un sudario, cegó los focos de las linternas y envolvió la escena en una penumbra fantasmal.

El aire se volvió irrespirable, con el sabor metálico del polvo y la roca triturada.

Irene, con Samuel colapsado a sus pies, se cubrió el rostro con el antebrazo.

El eco del impacto rebotó en la bóveda, seguido por un coro de crujidos y el siseo del agua que brotaba a chorros de las nuevas brechas.

Cuando el polvo empezó a disiparse, el haz de su linterna táctica, que había resistido el golpe, encontró la fisura.

El cofre de cedro ya no estaba.

En su lugar, un torrente de agua turbia, cargada de cascotes y lodo arcilloso, se precipitaba por la grieta recién abierta en el suelo.

La fosa se había ensanchado y se transformó en una garganta rugiente que engullía todo a su paso.

El caudal, alimentado por la presión de la presa, arrastraba rocas y escombros con la fuerza de un alud.

El cofre, arrastrado por la corriente, desapareció en el abismo, sepultado bajo toneladas de piedra y el peso del río.

El desgarro de la montaña continuó. Nuevas fisuras se extendieron por los pilares, y una lluvia constante de fragmentos de mortero y caliza se desprendía del techo. El rugido del agua al entrar en la cámara se mezclaba con el lamento agudo del metal fatigado y el crujido de la sillería.

A su derecha, Marcus Vance, con el rostro descompuesto, no miró hacia la fisura donde el cofre había desaparecido.

Sus ojos, fijos en la brecha abierta en el techo, mostraban un terror primitivo.

Se dio la vuelta con brusquedad, empujó a uno de sus guardias y se lanzó hacia el pozo de mantenimiento por el que habían descendido.

—¡Retirada! ¡Retirada inmediata! —gritó Vance, con una voz estridente apenas audible sobre el estruendo.

Los dos guardias, con la misma urgencia, lo siguieron sin dudar.

Sus botas resbalaron sobre el lodo mientras trepaban por la escala de hierro del pozo, desapareciendo en la oscuridad superior.

La lancha neumática de Adsum, medio sumergida, giró sin control en la corriente.

Irene ignoró la huida. Se arrodilló junto a Samuel, que se había encogido sobre sí mismo, con el brazo izquierdo apretado contra el costado y los ojos todavía cerrados. El rostro pálido, cubierto de lodo y polvo, temblaba. Un hilo de sangre le corría por la sien, mezclado con el agua.

—Samuel, ¿está herido? —preguntó Irene, con la voz tensa pero firme. Le tocó el hombro con cuidado. Él gimió, pero asintió con un movimiento apenas perceptible de la cabeza.

La cúpula se inclinaba. El agua en el suelo, que ya le llegaba a la cintura, se agitaba en remolinos erráticos y amenazaba con arrastrarlos. No había tiempo para evaluar daños.

Irene se puso de pie y buscó una salida.

La entrada principal, por la que habían accedido, estaba completamente bloqueada por el derrumbe.

El muro de escombros ascendía hasta el techo, una barrera infranqueable de roca y barro.

La única vía de escape que quedaba era el conducto de ventilación superior, la chimenea por la que habían salido antes, que ahora parecía una boca oscura en la parte alta del muro norte.

La escalera de hierro forjado que conducía a ella, aunque ennegrecida por la humedad y el tiempo, aún permanecía anclada.

—¡Samuel, tenemos que irnos! —Irene tiró de él con más fuerza. Él abrió los ojos, desorientado, y su mirada se posó en la pared derrumbada, luego en el abismo. El pánico volvió a tensarle el rostro.

—El cofre… —murmuró, con la voz apenas un suspiro.

—No hay cofre, Samuel. Se ha ido —sentenció Irene, sin espacio para la compasión. Necesitaba que él se enfocara en la supervivencia—. Ahora. La montaña se viene abajo.

Irene le rodeó la cintura con el brazo. El cuerpo de Samuel era un peso muerto, pero ella no podía dejarlo. Lo arrastró por el agua turbia, sorteando los escombros flotantes, hacia la escalera de hierro. Cada paso era una lucha contra la corriente y el barro.

Alcanzaron la base de la escalera. El agua ya lamía los primeros peldaños. Irene empujó a Samuel con la cabeza y señaló la verticalidad oscura del conducto.

—Suba —ordenó.

Samuel se aferró al primer peldaño con su mano derecha. El dolor en la clavícula le hizo soltar un gemido, pero empezó a escalar, impulsado por la adrenalina y la presión de Irene a sus espaldas.

Irene lo siguió de cerca, escaló con un brazo y empujó a Samuel con el otro.

Sintió el frío del metal, la humedad, el esfuerzo brutal.

La cúpula gemía a sus espaldas, un ser vivo que se desangraba.

El agua subía y cubría rápidamente los peldaños inferiores.

El rugido del abismo, ahora omnipresente, amenazaba con devorarlos.

La salida, una rendija de luz gris en lo alto de la chimenea, se alzaba como su única posibilidad.