Capítulo 22El abismo interior #2
El tirón en el brazo derecho fue un impacto seco que amenazó con arrancar sus dedos del montante resbaladizo.
La inercia de la caída estiró los ligamentos del hombro lesionado y le arrancó un grito ahogado.
En un reflejo espasmódico, su mano libre abandonó la madera y se cerró sobre una gruesa cuerda de cáñamo que colgaba de la pasarela superior: un viejo cabo de maniobra usado por los canteros medievales para izar materiales, suspendido allí como un péndulo inerte.
El cáñamo, cubierto de moho y áspero como lija, le abrasó la palma de la mano.
Samuel quedó suspendido en el aire, oscilando sobre el abismo del pozo de drenaje.
La cuerda describía un arco amplio sobre la corriente turbia que rugía cinco metros más abajo.
El cilindro de bronce resbaló de la correa del arnés; Samuel lo aprisionó contra sus costillas con una contracción desesperada del torso.
Su bota izquierda tanteó la caliza, pero solo resbaló por la superficie húmeda del paramento, sin un solo saliente donde hacer pie.
El vértigo le atenazó la nuca. El espacio comenzó a rotar; las líneas de la cúpula y la boca del pozo se fusionaron en un torbellino gris que le cortó la respiración.
—¡Samuel! —el grito de Irene rasgó el estruendo del agua, nítido y firme—. ¡No mires abajo! ¡Fija la vista en el haz de luz!
El cono de la linterna barrió la sillería frente a su rostro y se detuvo a treinta centímetros a su derecha.
—Tienes un mechinal libre en la hilada de la cadera —gritó ella, con una cadencia firme—. Es granito. El mortero de asiento está intacto. Olvida la cuerda, Samuel. Usa el balanceo del cabo. Déjate llevar hacia la derecha.
Samuel fijó los ojos en el círculo de luz. En el centro del foco, una cavidad cuadrangular de diez centímetros de lado —el hueco donde los constructores medievales habían encajado los travesaños del andamio— abría una boca de sombra en la piedra oscura.
—El cabo tiene suficiente holgura —gritó Irene desde la plataforma—. Cuando alcances el extremo del giro, estira la pierna derecha. No busques apoyo con las manos; asienta la bota primero. ¡Ahora!
Samuel apretó los dientes hasta percibir el sabor metálico de la sangre. Flexionó el cuerpo, coordinando la cadera con la oscilación del cáñamo. El balanceo lo aproximó a la roca. En el punto de máximo retorno, proyectó la puntera de la bota derecha hacia la cavidad iluminada.
La suela de neopreno chocó contra el borde del granito con un golpe sordo. Resbaló sobre el limo, pero Samuel presionó con el talón hacia abajo, encajando el metatarso en el interior del mechinal.
El apoyo resistió. El granito, denso y libre de la degradación de la caliza, absorbió el impacto sin desmoronarse.
—Mantén la presión ahí —ordenó Irene, desplazando el foco medio metro hacia arriba—. A la altura del pecho tienes una junta de sillería con un ripio de caliza que sobresale. Agárrate con la mano derecha.
Samuel soltó la cuerda con lentitud y transfirió el peso del torso hacia el pie encajado en la roca.
Su mano derecha ascendió por el paramento húmedo, buscando el relieve que el haz de luz recortaba con sombras nítidas.
Los dedos encontraron la lasca de piedra incrustada en la junta de mortero.
Estaba firme, acuñada por la presión de las hiladas superiores.
Se aferró a ella y pegó el pecho a la pared.
Con el cuerpo de nuevo estable, el cilindro de bronce volvió a deslizarse bajo su axila húmeda.
El entumecimiento del costado y la inutilidad del hombro izquierdo le impedían mantener la presión necesaria para asegurarlo durante el resto del ascenso.
Un solo movimiento en falso y el metal caería al fondo del pozo.
Confió el equilibrio a la puntera de la bota derecha y a la fuerza de su agarre en el ripio.
Con un movimiento tenso, liberó la mano derecha, la llevó a la espalda y abrió la cremallera estanca de la mochila.
Deslizó el cilindro de bronce en el compartimento principal, junto al tacto frío del cuero que envolvía el diario del prior.
Al cerrar la cremallera, el peso se asentó sobre sus hombros.
Tenía el brazo derecho libre para el tramo final.
—Buen trabajo —dijo Irene; su voz traía una exhalación de alivio—. El siguiente tramo del montante derecho sigue anclado a la roca, a un paso de tu mano. Sube el pie izquierdo al mechinal. Estás a tres metros de la pasarela.
Samuel inspiró el aire frío de la galería. El pulso en sus sienes comenzó a ralentizarse bajo la guía inquebrantable de la luz.
La bota izquierda buscó la oquedad del granito, guiada por el relieve que la luz perfilaba en la roca.
Samuel presionó el talón contra el fondo del mechinal y forzó la adherencia de la suela contra el polvo de caliza húmeda.
Cada centímetro ganado al vacío requería una contracción del bíceps derecho y un empuje de la pierna; el hombro izquierdo colgaba como un peso inerte, enviando latigazos de fuego hacia el cuello a cada oscilación.
Por encima de su cabeza, a menos de un metro, el reverso de la pasarela de encina goteaba hilos de agua que le golpeaban el rostro y empañaban los cristales de las gafas.
La madera del montante derecho, anclada por pernos de hierro a la roca, vibraba con una frecuencia sorda, un latido mecánico que ascendía desde los cimientos de la presa.
Samuel evitó mirar hacia abajo. El pozo de drenaje era una garganta de aire húmedo que siseaba a sus espaldas, pero su mente ya no procesaba el abismo como una caída, sino como una coordenada de fuerza nula.
Estiró la mano derecha y tanteó sobre la superficie rugosa de la plataforma superior hasta que sus dedos encontraron el canto biselado de una de las vigas de encina.
El tacto de la madera, saturada de humedad pero firme bajo la presión de su agarre, le ofreció el apoyo necesario.
Apoyó la puntera de la bota derecha en el último saliente de granito y se izó con un jadeo sordo que terminó en un gemido cuando su clavícula chocó contra el canto del entablado.