Capítulo 22El abismo interior #3
Reptó sobre las tablas como un náufrago que alcanza una balsa de salvamento y quedó tendido boca abajo, con el pecho subiendo y bajando de forma errática, mientras respiraba el vaho frío que ascendía del pozo mezclado con el olor a cal apagada.
La plataforma entera, suspendida de la bóveda por cuatro tirantes de hierro forjado del siglo XI, reaccionó a su peso con un balanceo lento y pendular.
El oscilar de las tablas sobre la negrura del pozo le encogió el estómago.
El espacio pareció perder la horizontalidad; las paredes de la cámara octogonal giraron en una espiral que amenazaba con inclinar el suelo y arrojarlo al vacío.
El sudor le perló la frente y sus dedos se cerraron en espasmo sobre las juntas de las tablas para aferrarse a la noción de la gravedad.
«Es un sistema suspendido isostático», se repitió mentalmente, cerrando los ojos para bloquear la distorsión visual.
«La masa de la plataforma distribuye la tensión de forma simétrica entre los cuatro tirantes.
El balanceo disipa la energía cinética. No hay rotura por torsión.
El centro de gravedad sigue dentro de la base de sustentación».
Abrió los ojos despacio, eludió el espacio vacío a su izquierda y enfocó la mirada en el pilar central que atravesaba el entablado.
A escasos centímetros de su rostro, sobresaliendo de la madera ennegrecida en el centro de la pasarela, se alzaba el receptáculo del mecanismo.
Un cilindro hueco de bronce, oxidado en un tono verde oliva por la humedad secular y la condensación kárstica, presentaba un biselado interior desgastado.
Alrededor de este núcleo de metal, un conjunto de engranajes de bronce de dientes rectos, tallados con precisión milimétrica, se acoplaba a un gran engranaje de piedra integrado en la mampostería de granito del pilar.
Las caras del pilar de granito que rodeaban la plataforma estaban cubiertas de inscripciones epigráficas.
No eran versículos litúrgicos ni marcas de cantero, sino diagramas de flujo tallados con líneas limpias.
Las acanaladuras dibujaban trayectorias parabólicas que representaban las ecuaciones de pérdida de carga y los regímenes de velocidad de los fluidos, una geometría hidráulica diseñada para gobernar las presiones invisibles de la montaña.
Samuel se incorporó sobre las rodillas con extrema lentitud y mantuvo el torso pegado a la solidez del pilar de granito para no activar el balanceo de la pasarela.
El hombro izquierdo protestó con una punzada ardiente, pero continuó el movimiento.
Con la mano derecha, abrió la cremallera de su mochila estanca.
Sus dedos, entumecidos por el frío y el esfuerzo del ascenso, buscaron en el interior, esquivaron el tacto del cuero que envolvía el diario del prior y se cerraron sobre la superficie fría del cilindro de bronce.
Al extraerlo, el haz de la linterna de Irene, que ascendía desde la plataforma inferior como un faro en la niebla, arrancó destellos dorados de las incisiones del metal.
Samuel sostuvo la pieza frente a sí. El diámetro del cilindro de bronce que tenía en su mano coincidía con el diámetro interior del cilindro hueco de bronce que sobresalía del entablado.
Las muescas internas de los anillos de bronce debían alinearse con los pasadores ocultos del receptáculo.
La montaña entera exhaló un gemido de metal fatigado.
No fue la vibración rítmica de la perforadora de Adsum Corp, sino un zumbido sordo y profundo que ascendía desde los cimientos de la presa vieja y se transmitió a través de los tirantes de hierro de la pasarela.
El aire de la cámara se comprimió de golpe, empujando una ráfaga de viento húmedo que hizo oscilar la plataforma con mayor violencia.
Un instante después, una sirena de tono agudo y discontinuo rasgó la acústica de la galería subterránea, rebotando en las bóvedas hasta convertirse en un clamor ensordecedor. Era la señal de evacuación inmediata de la presa.
—¡Samuel! —el grito de Irene llegó desde abajo, quebrado por la urgencia—.
¡La Confederación ha ordenado la apertura total de los aliviaderos de fondo!
¡El caudal de entrada ha superado el límite de seguridad del estribo!
¡Tenemos menos de cinco minutos antes de que el agua inunde esta galería por reflujo!
Samuel contempló el cilindro de bronce que sostenía en su mano derecha.
El metal vibraba al unísono con la sillería del pilar central.
Las alarmas exteriores seguían sonando, un metrónomo electrónico que marcaba el final de la cuenta atrás de setenta y dos horas.
El agua del río Roca, acumulada tras la barrera de hormigón, empujaba con la fuerza de millones de toneladas de presión hidrostática contra la puerta de piedra que tenía debajo.
Alineó la punta del cilindro de bronce con la embocadura del cilindro hueco del receptáculo.
Las marcas del siglo XI, grabadas en el bronce y en la caliza, parecían converger en la penumbra, exigiendo la inserción definitiva antes de que el agua del embalse reclamara el último secreto de la Hermandad.