El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 21Bajo el peso del río #3
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Capítulo 21Bajo el peso del río #3

Bajo la estructura, las losas de granito se interrumpían en la boca del pozo de drenaje.

El abismo, de metro y medio de ancho, tragaba el agua de las filtraciones con un rugido metálico que ascendía desde las profundidades de la montaña: el eco del río Roca golpeando las compuertas de fondo.

La corriente de aire exhalaba un vaho helado que empañaba las gafas de Samuel con cada respiración, dificultando su visibilidad en la penumbra.

—Compruebe la estabilidad de esa línea de ascenso —ordenó Vance, desviando la linterna hacia la base de la estructura.

El guardia más cercano, con el uniforme de Adsum Corp cubierto de barro arcilloso, dio un paso al frente. Apoyó la bota en el primer travesaño y cargó su peso de forma progresiva.

La madera emitió un crujido fibroso que resonó en las bóvedas. El travesaño se arqueó bajo la presión, desprendiendo una lluvia de astillas podridas y costras de cal que cayeron al pozo. El hombre retiró el pie de inmediato y retrocedió dos pasos, negando con la cabeza ante la mirada de Vance.

—La madera está podrida, señor —dijo el guardia, ajustando la correa de su fusil—. Los ensambles de caja y espiga han perdido la cohesión. No soportará el peso de un operario con equipo. Subir por ahí es un suicidio.

Vance no alteró su expresión. Su rostro inmóvil bajo los focos mostraba solo el trazo de sangre seca en su sien izquierda. Examinó el andamio, desvió los ojos hacia Irene, que permanecía rígida bajo la custodia del segundo guardia, y finalmente clavó la vista en Samuel.

Con deliberación gélida, Vance introdujo la mano bajo el cortavientos negro de Adsum. Al sacarla, la Glock pavonada brilló bajo la humedad que se filtraba del techo. El cañón se asentó con un golpe seco contra el costado de Irene, en el espacio libre entre las placas de su arnés técnico.

La arqueóloga contuvo la respiración, pero sostuvo la mirada de Vance.

—Doctor Geller —dijo el director de operaciones, con calma metálica sobre el estruendo del agua—. Usted pesa al menos veinte kilos menos que mis hombres. Es el único que puede subir por esa estructura sin hacerla colapsar. Y conoce la lógica de estos constructores mejor que nadie.

Vance dio un paso hacia Samuel y le extendió el cilindro de bronce.

—Tómelo —ordenó—. Suba y encaje el cilindro en el eje del mecanismo. Ahora.

Samuel contempló el bronce labrado. Estiró la mano derecha y aferró el cilindro con los dedos trémulos.

El metal heló su piel húmeda cuando asumió el peso con su único brazo útil.

El latido sordo de la clavícula izquierda se transformó en una punzada ardiente que le recorrió el cuello hasta paralizarle el hombro.

Aseguró el cilindro bajo la axila derecha, apretando el brazo contra el torso. El relieve de las constelaciones medievales se le clavó en las costillas a través del neopreno.

Miró hacia arriba, hacia la plataforma de encina suspendida en la penumbra.

La cámara octogonal se estrechó. Las líneas verticales de los puntales modernos y los postes medievales se curvaron en una espiral que le nubló la vista.

El pozo de drenaje a sus pies se convirtió en una garganta magnética que tiraba de su cuerpo hacia el abismo.

El frío del agua ascendió por sus piernas, entumeciéndole los músculos, mientras un sudor helado le perlaba la frente.

Su respiración se redujo a un silbido corto en la garganta.

Sin un horizonte visual al que aferrarse, el entorno vibraba y amenazaba con derrumbarse.

El pánico al vacío, arraigado desde el colapso de la catedral alemana, emergió con la fuerza de una marea física.

—Marcus, es una locura —intervino Irene, con un leve temblor en su voz cortante por la presión del acero contra sus costillas—.

El andamio colapsará ante cualquier vector de fuerza transversal.

Si él cae, perderás el cilindro y la única mente capaz de descifrar el ajuste de presiones en el eje. Nos sepultarás a todos.

—Entonces el doctor Geller tendrá que ser meticuloso con sus apoyos —respondió Vance sin desviar la mirada de Samuel—.

Tiene cinco segundos para comenzar a subir, doctor, o comprobaré si el chaleco de Irene es tan resistente como asegura el manual de Adsum.

El tiempo corre, y el río no esperará a que supere sus traumas de juventud.

Samuel miró a Irene. A pesar de la presión del arma en su costado, la arqueóloga sostenía la vista fija en él, con una fijeza que exigía supervivencia.

Sus ojos oscuros mostraban la misma determinación que la había llevado a sabotear los equipos de Adsum en el exterior. No había espacio para la parálisis.

Samuel tragó saliva, percibiendo el rastro amargo del limo en la boca.

Apretó el cilindro de bronce contra las costillas con el codo derecho, asegurando la pieza con rigidez espasmódica.

El metal helado y las incisiones de la Hermandad le sirvieron de anclaje táctil, una referencia física contra la distorsión del espacio.

Se giró hacia el andamio. El primer travesaño de castaño, cubierto de limo resbaladizo, lo esperaba a la altura de la rodilla, suspendido sobre la negrura rugiente del pozo.

Con el brazo izquierdo inutilizado por la lesión de la clavícula y el cilindro aprisionado contra las costillas, Samuel extendió la mano derecha hacia el montante vertical de madera.

La fibra de castaño podrido se enfrió bajo sus dedos entumecidos.