El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 21Bajo el peso del río
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Capítulo 21Bajo el peso del río

Bajo el peso del río

Dr. Samuel Geller

La lluvia golpeaba el hormigón de la presa vieja con la fuerza de una descarga de perdigones.

Samuel yacía de espaldas, con los ojos entornados hacia el cielo plomizo, mientras el agua helada le limpiaba el lodo de las mejillas y se filtraba por el cuello del traje de neopreno.

Cada inspiración costaba un triunfo; la clavícula izquierda latía con una pulsación sorda y ardiente que acompasaba el ritmo de la tormenta.

A su lado, el pecho de Irene subía y bajaba de forma errática.

El surtidor de agua sucia que brotaba del respiradero abierto disminuía poco a poco, perdiendo presión a medida que el aire atrapado en el Templo de Agua terminaba de escapar.

Samuel deslizó la mano derecha sobre el pecho para buscar el cilindro de bronce. El metal seguía allí, encajado bajo la correa pectoral del arnés, frío y firme contra sus costillas.

Antes de que pudiera intentar incorporarse, un haz de luz blanca cortó la cortina de agua y le dio de lleno en el rostro.

Se cubrió los ojos con el antebrazo, pero el dolor de la clavícula le obligó a bajarlo de inmediato con un gemido.

El chapoteo rítmico de botas tácticas sobre el hormigón encharcado se impuso al rugido del viento.

Tres siluetas se recortaron contra los focos portátiles que avanzaban por la coronación de la estructura.

—No se mueva, doctor Geller.

La voz era pastosa, cargada de una fatiga inusual, pero el tono conservaba el mismo temple metálico de siempre.

Marcus Vance dio un paso adelante. Ya no vestía la gabardina de sastre; llevaba un cortavientos negro de Adsum Corp empapado y ceñido al torso.

Un corte profundo le cruzaba la sien izquierda, cubierto por una costra de sangre que la lluvia comenzaba a ablandar, y su respiración emitía un silbido húmedo.

A su lado, dos guardias de seguridad con los uniformes cubiertos de barro y fusiles de asalto HK416 aseguraban el perímetro.

La mano de Irene buscó la de Samuel sobre el hormigón, apretando sus dedos con una rigidez helada.

—¿Cómo...? —consiguió articular Samuel, con la garganta seca.

Vance esbozó una sonrisa desprovista de humor y señaló con la barbilla hacia el desfiladero que se abría a su izquierda.

—El canal de descarga de la Hermandad tiene un aliviadero de rejilla en el azud inferior, doctor Geller —dijo, deteniéndose justo sobre él—.

Sus constructores eran meticulosos con la evacuación de detritos.

El flujo me arrojó a una balsa de decantación exterior.

Mis hombres me sacaron del lodo hace veinte minutos.

Vance se inclinó. Sus dedos enguantados, fríos como la mampostería húmeda, se cerraron sobre el cilindro de bronce.

Samuel opuso resistencia un instante, pero uno de los guardias dio un paso al frente y apuntó directamente a la cabeza de Irene.

Samuel aflojó los dedos. Vance tiró del cilindro, desenganchándolo del arnés con un chasquido del mosquetón.

El director de operaciones sostuvo el cilindro bajo la lluvia, girándolo lentamente para examinar los relieves de la proyección esférica que brillaban bajo el haz de los focos.

—Una pieza soberbia —murmuró—. Pero inútil por sí sola. ¿No es así, Irene?

Irene se incorporó apoyándose en el codo derecho, con el rostro tenso y los dientes apretados para contener el tiritón de la hipotermia.

—No tienes el algoritmo de traducción, Marcus —dijo ella, con la voz firme a pesar del temblor—.

Destruiste la tableta de campo. Los datos LiDAR están encriptados y la clave de la precesión equinoccial la tiene Samuel en sus notas.

Si intentas forzar el resto del sistema, provocarás el colapso estructural del estribo.

Vance guardó el cilindro en un bolsillo estanco de su cortavientos y miró hacia el embalse.

El nivel del río Roca seguía ascendiendo.

La marea marrón, cargada de troncos y detritos de la cuenca alta, se encontraba a escasos cincuenta centímetros del borde superior de la presa vieja.

Las olas rompían contra el hormigón, salpicando espuma turbia sobre sus botas.

La estructura entera vibraba con una frecuencia grave que se transmitía a través de las suelas de Samuel; el empuje hidrostático alcanzaba el límite de fatiga de la sillería del siglo XI que servía de cimiento.

—No tengo tiempo para sus escrúpulos académicos, ni para sus lealtades de última hora, Irene —dijo Vance, volviéndose hacia ellos—.

El gobierno va a autorizar la voladura controlada del aliviadero lateral en menos de cuatro horas si el caudal de entrada supera los mil metros cúbicos.

Si eso ocurre, la onda de choque demolerá esta presa y todo lo que hay debajo.

Adsum necesita el legado de la Hermandad fuera de este valle antes de que el agua lo cubra todo.

—La cúpula está inundada —intervino Samuel, intentando sentarse—. El Templo de Agua es ahora un tubo de presión cerrado. No podéis bajar allí.

—No necesitamos bajar a la cúpula, doctor —respondió Vance—.

La cúpula es solo la base del sistema. El verdadero archivo, el lugar donde los constructores custodiaban el mapa maestro, se encuentra en la galería superior, justo detrás del muro de contención de esta presa.

Un espacio de servicio técnico que los ingenieros del siglo XIX respetaron al verter el hormigón de los contrafuertes.

Y está seco. O al menos, lo bastante seco para que ustedes hagan su trabajo.

Vance hizo un gesto a los guardias. Uno de ellos agarró a Irene por el hombro del arnés y la obligó a ponerse de pie. El otro se acercó a Samuel, metiéndole la mano bajo la axila derecha para levantarlo sin contemplaciones.

El dolor de la clavícula izquierda estalló en el pecho de Samuel como una descarga eléctrica. La cabeza le dio vueltas y la visión de túnel se cerró sobre él, reduciendo el mundo a un disco de luz blanca y lluvia. Al recuperar la verticalidad, la inmensidad del paisaje se desplegó ante sus ojos.

A su izquierda, la caída vertical de noventa metros del acantilado norte descendía hacia el hervidero de espuma y lodo del desfiladero.

No había barandillas en la coronación de la presa vieja; solo una plataforma de hormigón de dos metros de ancho azotada por ráfagas de viento que superaban los ochenta kilómetros por hora.

El vértigo lo golpeó con la fuerza de un impacto físico.

La pasarela pareció estrecharse hasta convertirse en una línea de tiza suspendida en el vacío.

El aire se desvaneció en sus pulmones; el suelo osciló bajo sus botas y sus rodillas cedieron, obligándolo a inclinarse hacia delante.

Sus dedos buscaron con desesperación el contacto con la superficie rugosa del hormigón, pero el guardia lo sostuvo del brazo lesionado con brusquedad, forzándolo a mantenerse erguido.

—Camine —ordenó el guardia junto a su oído.

—Mire al frente, Samuel —gritó Irene desde unos pasos más adelante, intentando romper su parálisis—. Concéntrese en la línea del muro. Solo en el plano horizontal. No mire el agua.

Samuel apretó los dientes hasta sentir el crujido de su mandíbula.

Fijó la vista en la espalda del cortavientos negro de Vance, en las costuras termoselladas que brillaban bajo la lluvia, utilizándolas como un punto de referencia estático en medio del caos visual.

Dio un paso, arrastrando el pie izquierdo, y luego otro.

El viento le empujaba el cuerpo hacia el abismo, pero la presión del guardia a su lado actuaba como un contrapeso hostil pero necesario.

Vance los guió hacia el centro de la presa, donde la estructura de hormigón decimonónica se unía al estribo de caliza de la montaña.

Allí, semioculta por una lona de obra de Adsum que aleteaba violentamente con el viento, se alzaba una caseta de control de sillería oscura, con ventanas estrechas protegidas por rejas de hierro oxidado.

Al entrar, el ruido de la tormenta disminuyó, sustituido por el eco de las gotas que se filtraban por las grietas del techo y el zumbido constante de la vibración estructural de la presa.

En el centro del pavimento de hormigón de la caseta, una trampilla circular de hierro fundido, de un metro de diámetro, permanecía abierta.

Un sistema de poleas temporales y un trípode de aluminio de Adsum estaban instalados sobre el brocal. Del pozo ascendía una corriente de aire frío y seco, libre del olor a lodo del río, con un aroma característico a cal apagada, polvo de piedra milenario y grasa mineral.

—El pozo de mantenimiento seco de la galería de inspección oriental —dijo Vance, señalando la abertura con una linterna táctica—.

Conecta directamente con el trasdós de la cúpula románica, por encima del nivel de inundación del vaso de expansión.

Los ingenieros de la presa vieja instalaron una escala de servicio para registrar las filtraciones de la roca.

Vance se volvió hacia Samuel y extrajo el cilindro de bronce de su bolsillo, mostrándoselo a escasos centímetros de su rostro.

—Usted nos guió hasta aquí, doctor Geller. Ahora va a ayudarnos a abrir la última puerta. Si el cilindro es la llave, usted es el único que sabe dónde y cómo encajarla sin que esta presa se nos caiga encima.

Samuel miró la negrura del pozo y luego el cilindro de bronce.

La geometría del mapa de la Hermandad, grabada en el metal frío, parecía reclamar su lugar en la oscuridad subterránea.

No había otra opción. El agua del embalse seguía presionando las dovelas del siglo XI y el tiempo, al igual que el río Roca, no iba a detenerse.

—Bajemos —dijo Samuel.

El primer paso hacia la negrura del pozo exigió que Samuel descargara el peso de su cuerpo sobre el brazo derecho.

Al aferrarse al brocal de hierro de la trampilla, un latigazo de fuego le recorrió la clavícula izquierda; un jadeo sordo que el viento de la tormenta ahogó de inmediato.

Abajo, el pozo de mantenimiento se abría como una garganta vertical de caliza oscura.