El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 20El rugido del abismo sumergido #3
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Capítulo 20El rugido del abismo sumergido #3

El cilindro de bronce se clavaba en sus costillas a cada flexión del torso. El relieve del mapa de la Hermandad, frío y duro a través de la tela mojada, espoleaba su avance; no permitiría que la corriente se lo arrebatara en el último suspiro.

A la altura del peldaño quince, el pie izquierdo de Samuel resbaló en una acumulación de algas húmedas.

Su cuerpo cayó en seco unos centímetros, pero su mano derecha, aferrada a la barra superior con una fuerza nacida de la pura adrenalina, detuvo la caída.

El tirón repercutió directamente en su clavícula rota.

Una llamarada blanca le cruzó la vista y lo desorientó por completo.

El aire se le escapó de los pulmones en un grito sordo.

Unas manos firmes lo empujaron desde abajo, sosteniendo su peso contra la vertical del muro.

—Te tengo —jadeó Irene, con la cabeza apoyada casi contra sus muslos—. No te sueltes. Apoya el pie derecho. ¡Ahora!

Samuel recuperó el apoyo, con el pecho jadeante y el sudor frío mezclándose con el agua arcillosa que goteaba de su cabello.

La linterna de Irene, sujeta a su hombro, dibujaba círculos erráticos en la caliza.

La marea oscura que subía por el conducto ya les cubría las pantorrillas, empujándolos con una fuerza hidráulica implacable.

El agua ya no fluía; ascendía como un pistón dentro de un cilindro.

Veinte. Veintiuno. Veintidós.

El aire dentro de la chimenea se volvió denso, cargado de un olor a hierro viejo y lodo estancado.

La luz de la linterna alcanzó por fin el final del conducto.

A tres metros sobre su cabeza, una rejilla de hierro forjado recortaba la penumbra.

A través de los huecos cuadrangulares de la reja, las gotas de lluvia caían en hilos brillantes, y el ulular del viento del norte penetró en la chimenea con un silbido gélido que le heló el vaho de la respiración.

Era el coronamiento de la presa vieja.

Samuel estiró el brazo derecho y tocó la rejilla.

Estaba sujeta por un marco de hierro empotrado en la sillería exterior, cubierta por una capa de herrumbre y sedimentos que la unían al suelo, soldada por décadas de abandono.

Empujó con la palma de la mano, pero la estructura no cedió un ápice.

El agua ya le llegaba por la cintura, reduciendo el espacio de maniobra a la mitad.

—¡Está bloqueada! —gritó, con la voz quebrada por el esfuerzo—. ¡Los pernos están oxidados!

—¡Usa el peso! —Irene subió un peldaño más, encajando su cuerpo debajo del de Samuel para ofrecerle un punto de apoyo adicional—. ¡Apoya la espalda contra la reja y empuja con las piernas! ¡Yo te sostengo!

Samuel pasó el brazo derecho por encima de la barra superior para asegurar su posición.

Apoyó la planta de ambos pies en el peldaño inferior y flexionó las rodillas, encajando el hombro derecho y la parte superior de la espalda contra la rejilla de hierro.

El cilindro de bronce, protegido en su pecho, quedó resguardado en el hueco de su axila.

—A la de tres —jadeó Irene, cuyos hombros sostenían ahora la cadera de Samuel—. ¡Uno... dos... tres!

Samuel estiró las piernas con un rugido que nació del fondo de sus pulmones. El empuje, multiplicado por el apoyo de Irene, se concentró en la esquina de la rejilla.

El hierro crujió. Un chasquido agudo resonó en la chimenea cuando uno de los pernos de anclaje, carcomido por un siglo de exposición al agua del embalse, se cizalló por completo.

La rejilla pivotó hacia el exterior unos centímetros, abriendo una rendija de aire puro que golpeó el rostro de Samuel con la fuerza de un vendaval.

Inspiró el aire frío de la tormenta, un contraste violento con el vaho de lodo de la chimenea. El agua ya rozaba su pecho.

—¡Otra vez! —gritó Irene—. ¡Fuerza, Samuel!

Con un último esfuerzo que le arrancó un gemido de la clavícula lesionada, Samuel volvió a empujar. La rejilla cedió por completo, abriéndose hacia atrás con un chirrido metálico prolongado y cayendo sobre las losas exteriores con un golpe seco.

Samuel se impulsó hacia el exterior con el brazo derecho, reptando sobre el borde de piedra húmeda de la chimenea.

Cayó de rodillas sobre el hormigón rugoso del coronamiento de la presa vieja, tiritando bajo la lluvia torrencial que le golpeaba el rostro.

La tormenta rugía en el exterior, bajo un cielo de nubes grises y bajas que se abría en una inmensidad sobrecogedora.

Se giró de inmediato y extendió su brazo sano hacia la boca del pozo.

Irene emergió un segundo después, con el rostro cubierto de lodo y los ojos muy abiertos por la agitación.

Agarró la mano de Samuel con fuerza resbaladiza para impulsarse fuera de la chimenea, mientras un chorro de agua espumosa y sucia brotaba del conducto como un surtidor, derramándose sobre las losas de la presa.

Ambos se tumbaron de espaldas sobre el hormigón, con el pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración agitada, dejando que la lluvia lavara el lodo de sus trajes.

Bajo ellos, el Templo de Agua de la Hermandad del Silencio había quedado completamente inundado, sepultado bajo millones de toneladas de agua que ahora ejercían una presión uniforme sobre la caliza del siglo XI.

La cúpula románica, con sus pilares y sus glifos, era ya un secreto sumergido para siempre en las profundidades del embalse.

Samuel alzó lentamente el brazo derecho y llevó la mano hacia su pecho.

Sus dedos palparon el contorno frío e inalterable del cilindro de bronce, aún sujeto a su arnés.

Las incisiones geométricas del mapa sagrado seguían allí, intactas bajo la lluvia que resbalaba por el metal labrado.

Irene se incorporó sobre los codos, apartándose los mechones de pelo mojado de la cara, y miró el cilindro.