Capítulo 20El rugido del abismo sumergido #2
Ese último metro de aire se redujo a la mitad en una sola respiración entrecortada.
El agua turbia, marrón por el lodo de los aliviaderos de la presa, le lamió la barbilla a Samuel, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás contra el frío paramento del pilar central.
Sus talones seguían encajados en las aristas del granito, pero la corriente centrípeta que giraba bajo la cúpula ya no solo empujaba sus piernas; levantaba todo su cuerpo, restándole tracción contra la piedra milenaria.
A su lado, el haz de la linterna de Irene, trémulo por las salpicaduras, barría la curva de las dovelas del techo.
La luz revelaba el agua colándose a chorros por las juntas abiertas de la caliza; la clave de la bóveda se había convertido en un torrente violento que golpeaba la superficie con un chasquido ensordecedor.
—¡Samuel! —gritó Irene, con la voz ahogada por la acústica saturada de la cámara—. ¡Tenemos que soltarnos! ¡Sube demasiado rápido!
Samuel intentó responder, pero un golpe de agua le llenó la boca de un sabor amargo a limo y óxido.
Escupió, tosiendo, mientras su mano derecha se aferraba con rigidez espasmódica al cilindro de bronce.
El metal labrado, helado y pesado, actuaba como un lastre dispuesto a arrastrarlo al fondo del pozo.
Lo apretó contra su costado y encajó el extremo inferior bajo la correa pectoral de su arnés para liberar la tensión de sus dedos entumecidos.
Cada movimiento repercutía en su clavícula izquierda; el dolor era una vibración constante que le nublaba la visión.
El agua le alcanzó el labio inferior.
—¡Ahora! —insistió Irene.
Ella se soltó primero. La corriente la arrastró de inmediato, pero braceó con fuerza para mantener la cabeza fuera del flujo de cizalla.
Samuel cerró los ojos, tomó una última bocanada de aire cargado de ozono y humedad comprimida, y destrabó las piernas del pilar.
La pérdida de apoyo fue instantánea. La corriente lo absorbió y lo giró sobre su eje.
El cilindro de bronce, sujeto al arnés, tiró de su torso hacia abajo, amenazando con voltearlo.
Pataleó con desesperación, pero el dolor en el hombro izquierdo le impidió realizar una brazada simétrica.
Su brazo apenas traccionaba el agua; cada intento de extenderlo provocaba un crujido en la articulación que le arrancaba un gemido sordo bajo la superficie.
Surgió a la superficie tres metros más allá, tragando aire y agua.
La linterna de Irene oscilaba a su izquierda, cortando la penumbra con destellos rápidos.
La cúpula octogonal se llenaba a una velocidad inverosímil.
Las compuertas de la presa, abiertas por completo en la superficie, empujaban miles de litros por segundo a través de los conductos inferiores, y el aire atrapado bajo la bóveda románica silbaba al escapar por las fisuras de la roca con la frecuencia de una turbina.
—¡Samuel, mantén el rumbo hacia el muro norte! —gritó Irene, recortada contra la espuma blanca que hervía alrededor de las columnas.
Ella nadaba con una eficiencia técnica que él envidiaba. A pesar del oleaje y los sedimentos, Irene mantenía una línea diagonal, cortando la corriente para acceder al paramento de caliza.
Samuel intentó imitarla, pero su cuerpo no respondía.
La hipotermia le embotaba los músculos. El agua, a escasos cuatro grados, le encogía el pecho y dificultaba la expansión de los pulmones.
Su pierna derecha sufrió un amago de calambre; el músculo se contrajo en un nudo rígido que le obligó a arrastrar el pie.
«La geometría —se obligó a pensar, buscando un anclaje contra el pánico—. El flujo es circular. Si sigo el vector de la corriente, me arrastrará al desagüe este. Tengo que romper la tangente».
Fijó la vista en un punto del paramento norte, donde el haz de Irene se había detenido.
La luz iluminaba una estructura vertical que rompía la lisura de los sillares de caliza.
No era un relieve de la Hermandad, sino una escalera de servicio de hierro forjado, estrecha y oscura, empotrada directamente en el muro.
Sus peldaños, delgados como barras de reja, ascendían por la curvatura del paramento hasta perderse en la embocadura de uno de los conductos de ventilación superiores —el *spiraculum*— que Samuel recordaba de los planos del archivo.
—¡La escalera! —gritó Irene, aferrándose con una mano a la base de hierro—. ¡Samuel, está aquí! ¡Los anclajes resisten!
El agua ya cubría las tres cuartas partes de la cámara. Las dovelas de los arcos fajones, que antes se alzaban sobre sus cabezas, estaban al alcance de sus manos. La cúpula se cerraba sobre ellos como una campana de inmersión.
Samuel estiró el brazo derecho, el único que le obedecía, y pataleó con las fuerzas que le quedaban.
La corriente de retorno intentó apartarlo del muro en el último segundo, empujándolo hacia el canal este, pero Irene se estiró desde la escalera.
Sus dedos se cerraron sobre la hombrera de su arnés con un tirón seco.
El impacto contra el muro de caliza le vació los pulmones.
El cilindro de bronce, aprisionado entre su pecho y la roca, se clavó en sus costillas, pero no aflojó el agarre.
Con la mano derecha buscó a ciegas el hierro de la escalera.
Sus dedos se cerraron sobre un peldaño rugoso, cubierto por una fina capa de carbonato cálcico que se desprendió bajo la presión de sus yemas.
El metal estaba helado, pero ofrecía una resistencia absoluta. No había holgura en los pernos de plomo que lo unían a la cantería del siglo XI.
—Sube —le ordenó Irene, con la respiración agitada junto a su oído—. No queda aire. La bóveda se va a inundar en menos de un minuto.
Samuel apoyó el pie derecho en el peldaño inferior, ya sumergido.
Al intentar alzar el cuerpo, la clavícula izquierda protestó con una punzada tan violenta que la cabeza le dio un vuelco.
La visión de túnel se cerró sobre él, reduciendo el mundo al brillo húmedo de la caliza y al rugido del torrente bajo sus botas.
Miró hacia arriba.
El conducto de ventilación se abría directamente sobre él, una chimenea vertical de apenas ochenta centímetros de diámetro que ascendía hacia la oscuridad.
El haz de la linterna de Irene, apuntando al interior del tubo, revelaba la ausencia de apoyos laterales; solo la escalera de hierro continuaba el ascenso por el interior del conducto, adentrándose en el vacío cilíndrico.
La acrofobia, alimentada por la falta de referencias horizontales, le atenazó la garganta.
La sensación de que el espacio vertical lo succionaba hacia arriba para luego dejarlo caer volvió con la misma fuerza que en la catedral alemana.
Sus dedos se aflojaron un milímetro sobre el hierro húmedo; sus piernas temblaron y perdieron la tensión necesaria para iniciar el ascenso.
—Samuel —la voz de Irene perdió su dureza habitual, sustituida por una urgencia inapelable—. No mires el conducto. Mírame a mí. Mira el hierro. Un peldaño cada vez.
Una ola de lodo y espuma rompió contra sus espaldas, cubriéndoles las cabezas por completo durante dos segundos.
El agua helada penetró en sus oídos y fosas nasales, apagando todo sonido excepto el latido sordo de su corazón.
Al pasar la ola, el nivel se había asentado a la altura de sus pómulos.
Ya no quedaba aire bajo la cúpula; solo el tiro de la chimenea de ventilación ofrecía una vía de escape antes de que el Templo de Agua quedara sellado por completo bajo la presión del río Roca.
Samuel apretó los dientes hasta sentir el crujido de su mandíbula. Fijó los ojos en la barra de hierro que se alzaba a la altura de su pecho, ignorando la negrura que aguardaba más arriba, y tiró de su cuerpo hacia el interior de la chimenea.
El primer tirón del brazo derecho le arrancó un gemido que se ahogó de inmediato en el tubo de caliza.
El dolor de la clavícula izquierda ya no era una simple punzada, sino una masa incandescente que le paralizaba el cuello cada vez que intentaba elevar el hombro para alcanzar el siguiente peldaño.
Samuel apretó el cilindro de bronce contra el pecho con el codo izquierdo doblado, fijándolo bajo la correa del arnés, y confió el ascenso a la fuerza de sus piernas y a la garra de su mano derecha.
El conducto de ventilación se alzaba como un cilindro de piedra rugosa, apenas más ancho que la envergadura de sus hombros.
La caliza, fría y cubierta de un limo resbaladizo, le rozaba la espalda y las rodillas a cada movimiento.
La ausencia de un horizonte visual actuaba como un bálsamo inesperado contra el vértigo.
Sin un abismo al que mirar, el peligro se reducía a la barra de hierro oxidada frente a sus ojos, iluminada por el haz de la linterna de Irene, que ascendía desde abajo y proyectaba su propia sombra agigantada sobre las paredes circulares.
Abajo, el rugido del Templo de Agua cambió de tono.
El siseo del aire comprimido cesó de golpe y fue sustituido por un gorgoteo sordo y pesado.
El último reducto de aire bajo las dovelas del siglo XI se había extinguido, sepultando el diseño geométrico de la Hermandad bajo una masa de agua turbia.
El conducto de ventilación era ahora la única chimenea de escape para el torrente.
El agua fría le alcanzó los talones.
—¡Sigue, Samuel! —la voz de Irene resonó, amplificada por la acústica del metal—. ¡No te detengas! ¡Empuja con las piernas!
Cada barra de hierro crujió bajo sus botas con un gemido de metal viejo. Samuel se obligó a sistematizar el movimiento, reduciendo el universo a una secuencia aritmética estricta. Un peldaño equivalía a veinticinco centímetros de ascenso. Cuarenta peldaños para salir.
Uno. Dos. Tres.