El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 20El rugido del abismo sumergido
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Capítulo 20El rugido del abismo sumergido

El rugido del abismo sumergido

Dr. Samuel Geller

El estruendo no entró por los oídos; se propagó por la roca caliza, ascendió por las losas de la plataforma y sacudió los huesos de Samuel hasta hacerle castañear los dientes.

Yacía de costado sobre la piedra húmeda, con el hombro izquierdo latiendo en una descarga de dolor que le nublaba la vista.

Apenas a un palmo de su rostro, el agua turbia que acababa de reventar el muro suroeste lamía ya el borde del sillar de granito.

El cilindro de bronce seguía allí, encajado en su camisa de metal, brillando bajo el resplandor de los focos que oscilaban desordenadamente.

Haciendo palanca con el codo derecho, Samuel se arrastró por la piedra inundada.

Cada centímetro de avance le costaba un gemido que el rugido de la inundación ahogaba al instante.

Estiró los dedos de la mano derecha mientras esquivaba un cascote que cayó desde la bóveda y golpeó el agua con un chasquido sordo.

El lodo en suspensión amenazaba con cubrir el orificio del sillar.

Hundió el brazo sano en el agua gélida que ya anegaba el receptáculo; sus dedos se cerraron sobre el relieve labrado del cilindro.

Tiró. El bronce opuso una resistencia sorda, un vacío hidráulico que succionaba la pieza hacia el fondo de la tierra.

Samuel apretó los dientes, apoyó la rodilla derecha contra el sillar para hacer palanca y tiró de nuevo con un gemido ahogado.

El cilindro cedió de golpe. Salió de su alojamiento con un siseo metálico húmedo y liberó un chorro de burbujas que estallaron en la superficie.

Samuel rodó sobre sí mismo y apretó la pieza contra su pecho.

El metal tallado, helado y pesado como un lingote de plomo, se le clavó en las costillas con una rigidez reconfortante.

Intentó incorporarse, pero un latido ardiente en la clavícula izquierda le obligó a doblarse de nuevo.

Aquel dolor agudo lo ancló a la realidad y frenó el vértigo que amenazaba con devorarlo.

Alrededor de la plataforma central, el espejo de agua se había convertido en un torbellino circular.

El movimiento centrípeto de la corriente, que giraba en torno a los pilares octogonales, distorsionaba las líneas verticales de la arquitectura románica; las columnas parecían curvarse y la bóveda daba vueltas sobre su cabeza como un cielo de piedra a punto de desplomarse.

—¡Samuel! —el grito de Irene llegó amortiguado por el rugido del torrente.

A tres metros, la arqueóloga luchaba por mantener el equilibrio en una plataforma que ya soportaba treinta centímetros de agua.

El guardia que la custodiaba había soltado su brazo para intentar recuperar el control de una de las lanchas neumáticas.

Fue en vano. Una ola de lodo y grava levantó el bote de Adsum, lo giró sobre su eje y lo estampó contra el trasdós del arco fajón adyacente.

El motor fueraborda golpeó el granito con un chirrido metálico y se desprendió, hundiéndose en el canal con un borboteo espeso de aceite y gasolina que tiñó la superficie de reflejos irisados.

El segundo bote, atrapado por la violenta corriente de cizalla, volcó de costado al ser succionado por el flujo de retorno.

Los maletines de polímero amarillo que contenían los detonadores y las cargas de corte lineal salieron despedidos.

Uno de ellos se abrió al chocar contra una dovela desprendida, esparciendo las carcasas en el agua antes de que la corriente las arrastrara hacia la oscuridad de las galerías inferiores.

Los técnicos de Adsum chapoteaban en el agua helada, buscando los anclajes de las líneas de vida instaladas en los muros. Sin embargo, las espigas de acero ya no existían; la vibración de las perforadoras superiores y el empuje de la crecida las habían arrancado de las juntas de mortero degradado.

—¡El cilindro, Geller! ¡Démelo!

Marcus Vance surgió de la penumbra. El agua le llegaba por encima de la cintura, empapando la gabardina de sastre que colgaba de sus hombros como un lastre oscuro.

Su rostro, habitualmente una máscara inexpresiva, estaba desencajado.

Sin las gafas de protección, sus ojos grises, fijos en el reflejo broncíneo que Samuel protegía con el brazo, brillaban con una fijeza desesperada.

Vance avanzó sobre la plataforma sumergida y resbaló en el limo acumulado. Sus dedos enguantados se cerraron sobre el extremo del cilindro de bronce, tirando de él con saña.

—Suelte... —la voz de Samuel se ahogó cuando el tirón de Vance le obligó a girar el torso—. Si lo saca del eje de presiones... el golpe de ariete...

—¡Suelte de una vez, doctor! —rugió Vance, con la saliva salpicándole los labios y la voz quebrada por el estruendo—. ¡Este cilindro es de Adsum! ¡Suelte!

El tirón repercutió directamente en el hombro herido de Samuel. Un espasmo muscular le recorrió el cuello, obligándolo a aflojar la presión de los dedos. El cilindro se deslizó unos centímetros, revelando las incisiones de la proyección esférica que acababa de descifrar.

Irene se lanzó hacia ellos. Se deslizó sobre las losas inundadas y aferró a Vance por la manga de la gabardina, intentando desviar su peso.

—¡Suéltelo, Marcus! —gritó ella—. La cúpula está cediendo. ¡Mire el paramento este!

Un crujido sordo, como el de un hueso al romperse, confirmó su advertencia.

El pilar oriental de la cúpula, sometido al empuje transversal de los miles de metros cúbicos que entraban por la brecha, se inclinó hacia el interior.

Las dovelas del arco apuntado comenzaron a cizallarse y escupieron fragmentos de caliza del tamaño de puños que impactaron en el agua con salpicaduras secas.

Vance no desvió la mirada. Con un movimiento violento del brazo libre, apartó a Irene, haciéndola caer de rodillas en la corriente. Luego, apoyó el pie derecho en el sillar de granito y tiró del cilindro con todo el peso de su cuerpo.

Samuel perdió el anclaje de la losa. El agua, que ya cubría por completo la plataforma central, le empujaba las piernas hacia el borde, hacia el abismo invisible del pozo de oscilación que rugía bajo sus pies.

El pánico a las alturas, transformado en el terror a una caída interminable por el pozo inundado, le oprimió el pecho.

La corriente amenazaba con arrastrarlo a través de kilómetros de túneles sumergidos bajo la presa vieja, un espacio sin aire ni luz.

Cerró los ojos. Se concentró en la rugosidad de las incisiones del bronce bajo sus dedos húmedos, en la geometría de la pieza que encajaba en la palma de su mano derecha. Era un objeto de masa constante. Su inercia era su única defensa.

—No —dijo Samuel.

Apretó el cilindro contra su clavícula rota, ignorando el dolor que le hizo morderse la lengua hasta saborear la sangre. Utilizó su propio torso como cuña contra el empuje de Vance.

En ese instante, el río Roca reclamó la cámara.

Una de las compuertas de los aliviaderos de emergencia de la presa alta, situada a trescientos metros en la superficie, se abrió por completo para liberar la presión del embalse.

El transitorio hidráulico se manifestó en el Templo de Agua como una onda de trasvuelo masiva.

Una pared de agua de dos metros de altura, densa y negra, entró por el conducto suroeste y barrió la plataforma central.

La corriente arrancó a Samuel y a Vance del sillar de granito como si fueran hojas secas.

El mundo giró en un remolino de agua helada y lodo que le llenó la boca y los ojos.

Sin noción de arriba o abajo, la turbulencia lo golpeó contra el fuste de uno de los pilares de granito, un impacto sordo que le devolvió la lucidez mediante una descarga de dolor en el costado derecho.

No soltó el cilindro. Su brazo derecho seguía doblado sobre el metal, manteniendo la pieza aprisionada contra su pecho con una rigidez espasmódica que iba más allá de la voluntad consciente.

Al abrir los ojos bajo el agua turbia, la linterna táctica de Irene, sujeta a su arnés, dibujó un cono de luz difusa en medio del caos.

A un metro de él, la corriente arrastraba a Marcus Vance.

El director de operaciones ya no luchaba por el cilindro; sus brazos se agitaban en el agua de forma desordenada, intentando mantenerse a flote bajo el peso de la ropa empapada.

Su rostro, visible por un instante bajo el haz de luz de Irene, mostraba una mueca de extrema tensión mientras la corriente circular lo empujaba inexorablemente hacia el cuadrante este.

Allí, en el suelo de la cámara, la zona de desagüe medieval se había convertido en un hervidero de turbulencias. La tremenda diferencia de presión hidrostática generaba un remolino violento que succionaba el agua con un rugido ensordecedor.

Vance intentó aferrarse a la arista de uno de los arcos de desagüe, pero la piedra caliza, pulida por siglos de flujo, no ofrecía ningún punto de apoyo. Sus dedos resbalaron sobre la superficie húmeda.

Samuel extendió instintivamente la mano derecha, pero la distancia era insalvable. La corriente tangencial era demasiado fuerte.

Con un último embate, la fuerza del agua arrastró el cuerpo de Vance hacia las turbulencias de la zona de desagüe.

La gabardina oscura del director se perdió de vista casi de inmediato, engullida por el flujo turbulento del canal de descarga en dirección a las galerías inferiores.

El estruendo del torrente ahogó cualquier sonido.

El cuadrante este quedó sumido en la opacidad del agua revuelta, sin rastro alguno de Vance entre la espuma y los sedimentos en suspensión.

Samuel se aferró al pilar de granito con las piernas mientras el agua helada le subía por el pecho. A su lado, el haz de luz de Irene oscilaba hacia arriba, buscando una salida en la bóveda, que ya se encontraba a menos de un metro de la superficie.