Capítulo 19La estrella de la Hermandad #3
No fue el crujido tosco de la piedra cediendo a la presión, sino un golpe seco y grave que vibró en las losas bajo las rodillas de Samuel.
De inmediato, los tres anillos concéntricos del dial comenzaron a descender.
Se hundieron uno tras otro con precisión milimétrica, revelando la estructura interna del bloque como un mecanismo telescópico que se replegaba sobre sí mismo.
Un siseo agudo de aire comprimido escapó por las juntas y liberó un vaho espeso con olor a metal antiguo, lodo y ozono que empañó las gafas de Samuel.
Antes de que pudiera limpiarse los cristales, la parte superior del sillar, una pesada cuña de granito que hasta entonces parecía inamovible, se deslizó lateralmente.
El movimiento fue suave, sin fricción, ocultándose en un alojamiento tallado en el núcleo del prisma.
En el fondo de la cavidad, encajado en una camisa de bronce que lo protegía de la humedad del subsuelo, reposaba un cilindro hermético del mismo metal.
Tenía la longitud de un antebrazo y un grosor que Samuel apenas habría podido abarcar con una sola mano.
Su superficie, libre de la corrosión que devoraba las compuertas exteriores, mostraba una densa red de incisiones grabadas con la finura de un buril de orfebre.
Samuel se inclinó, ignorando la punzada eléctrica que le recorrió el hombro.
Limpió la condensación de los cristales con el puño de la camisa húmeda y acercó el rostro al receptáculo.
El haz de luz de los focos de Adsum se reflejó en las paredes del cilindro, perfilando una red compleja de líneas ortogonales, arcos apuntados y proyecciones de plantas octogonales entrelazadas con coordenadas celestes.
—No son meros planos de construcción —susurró, con la voz ahogada por el frío y el temblor de sus propias manos—. Es una red de triangulación... Los mapas de la arquitectura sagrada de Occidente.
Cada nudo de la red grabada en el bronce correspondía a una abadía, a una catedral o a un hito geográfico alzado por los constructores medievales para canalizar las fuerzas de la tierra y el cielo.
La Hermandad del Silencio no solo había dominado la hidráulica del valle; había cartografiado un sistema de conocimiento que unía las grandes obras del románico bajo una misma plantilla geométrica.
Irene Sterling dio un paso hacia la plataforma, con el cuerpo rígido y los ojos fijos en el brillo dorado del cilindro. El guardia de Adsum la aferró por la correa del arnés para frenarla, pero ella ni siquiera parpadeó.
—Vance, detenga a sus hombres —dijo Irene, con una voz cortante que delataba su urgencia—. Ese cilindro es la clave de todo el sistema. Si dañan la cúpula ahora, la deformación de la roca destruirá el eje de los contrapesos inferiores. No quedará nada que recuperar.
Vance no respondió de inmediato. Clavó su mirada en el cilindro de bronce y luego en Samuel, que ya extendía su mano derecha para extraer la pieza de su alojamiento de piedra.
—Sáquelo, doctor Geller —ordenó Vance, dando un paso adelante que hizo crujir la pasarela de madera de la lancha—. Ahora mismo.
Antes de que los dedos de Samuel pudieran cerrarse sobre el metal frío, la penumbra de la cúpula se rasgó en un destello cegador.
Un rayo colosal golpeó la superficie del acantilado, justo en el coronamiento de la presa vieja que se alzaba sobre el trasdós del templo subterráneo.
El impacto se manifestó como una detonación física que viajó a través de la caliza y el hormigón.
El aire se expandió y contrajo en un milisegundo, cargando la atmósfera de una electricidad estática que erizó el vello de sus brazos bajo la ropa empapada.
La onda de choque golpeó la cúpula con la fuerza de un impacto de artillería.
La plataforma central osciló. Samuel perdió el equilibrio y cayó de costado, amortiguando el impacto con el brazo derecho para evitar que su clavícula lesionada chocara contra el granito.
La bóveda pareció inclinarse sobre él en una distorsión de líneas y sombras; el vértigo le oprimió el pecho, paralizándole los músculos mientras el espacio vertical se cerraba sobre su cabeza.
—¡Samuel! —el grito de Irene quedó ahogado por un crujido ensordecedor.
La pared suroeste de la cúpula octogonal, sometida a la vibración del rayo y al empuje constante de los miles de toneladas de agua del embalse exterior, se fracturó.
Una grieta diagonal, ancha como un brazo, rasgó las hiladas de caliza románica del siglo XI.
Las juntas de mortero degradado saltaron en una lluvia de arena y cascotes que golpeó el agua del espejo central con un chasquido continuo.
El agua de la tormenta, que ya saturaba el trasdós de la estructura, encontró una vía de escape.
Bajo una presión hidrostática devastadora, la pared agrietada cedió por completo en su sección inferior.
Un torrente de agua turbia, cargado de lodo, ramas y grava del fondo del embalse, irrumpió en la cámara con la violencia de un pistón hidráulico.
El chorro golpeó directamente contra uno de los pilares exentos de granito, levantando una barrera de espuma blanca de tres metros de altura.
El estruendo del agua desbocada anuló el zumbido de los motores de Adsum y las sirenas de la superficie.
En cuestión de segundos, la corriente circular comenzó a girar alrededor de la plataforma central, elevando el nivel del agua a un ritmo vertiginoso y amenazando con arrastrar todo lo que se encontraba a su paso hacia el abismo de las galerías inferiores.