Capítulo 19La estrella de la Hermandad #2
Irene dio un paso al frente, lo que obligó al guardia a interponer el brazo sobre su pecho. Sin amago de zafarse, alzó la barbilla y fijó la vista en el técnico con la fría autoridad que reservaba para las juntas directivas.
—Si detonan ahora, la onda de choque encontrará un sistema bloqueado por asimetría —dijo, elevando la voz para que resonara en la bóveda—.
La resistencia del sillar no es uniforme.
Vance, mire el monitor. La impedancia acústica muestra que el esfuerzo tangencial se concentra en un solo cuadrante. Es un error de cálculo básico.
Vance frunció el ceño y desvió por primera vez la vista del reloj hacia la tableta que el técnico sostenía con manos vacilantes.
—¿Qué error, Sterling?
—La precesión de los equinoccios —declaró Irene, firme, aunque sus ojos buscaron un instante a Samuel en la plataforma—.
La Hermandad talló este dial tomando como referencia el firmamento del año mil ochenta y dos.
Desde entonces, el eje de rotación de la Tierra ha completado una fracción de su ciclo.
La estrella del norte, Polaris, ya no ocupa el mismo lugar en la bóveda celeste.
Si intentan forzar la extracción sin corregir la deriva astronómica, los pasadores internos de bronce actuarán como cuñas de cizallamiento.
El técnico de Adsum tecleó en su terminal de campo, pálido bajo la luz halógena.
—Tiene razón... —murmuró hacia Vance—. Hay una desviación angular acumulada en el plano horizontal. Si el bloque funciona como una válvula de equilibrio, la asimetría de las presiones internas romperá la camisa del núcleo antes de que podamos extraerlo.
—Deme la cifra, Sterling —ordenó Vance.
Irene no lo miró. Clavó los ojos en la nuca de Samuel, inclinado sobre el sillar de granito negro.
—Trece grados y doce minutos de arco hacia el este —dijo con lentitud deliberada—. Esa es la corrección exacta para el solsticio de invierno de mil ochenta y dos. Trece grados, doce minutos. Cualquier otra alineación destruirá el mecanismo de contrapesos.
Samuel memorizó la cifra. Trece grados y doce minutos.
Tradujo la coordenada astronómica a la escala física del sillar.
La Hermandad no había dejado marcas numéricas; grabaron la constelación de la Osa Menor en el anillo móvil exterior, con la estrella polar representada por un pequeño rebaje circular donde debía encajar el vértice de la escuadra tallada en la base fija.
Apoyó la palma de la mano derecha en el borde del anillo exterior de granito.
Sus dedos, trémulos por el frío y la tensión, resbalaban sobre la superficie húmeda.
Trató de empujar, pero el sillar opuso una resistencia sorda.
El dolor de la clavícula izquierda estalló en una punzada ardiente al hacer palanca con el hombro sano.
El vértigo amenazaba con paralizarle las manos; el abismo de las galerías inundadas que rugían bajo la plataforma le oprimía el pecho, pero mantuvo la presión sobre la piedra.
Bajo la luz del foco de Adsum, reflejada en el agua sobre la mitad superior del sillar, localizó con la yema del índice la muesca de la estrella del norte en el anillo de granito, a la izquierda del eje de simetría del bloque.
—Trece grados, doce minutos... —susurró con los labios trémulos.
Cada división menor de la escuadra graduada, tallada en el granito, equivalía a un grado y medio: noventa minutos de arco.
Calculó la equivalencia física: la corrección de Irene requería desplazar el anillo exterior exactamente ocho divisiones completas y cuatro quintas partes de la novena.
Ocho divisiones equivalían a doce grados; los cuatro quintos restantes de la siguiente marca aportaban el grado y doce minutos necesarios para compensar la deriva astronómica acumulada durante casi un milenio.
Apoyó el talón de la mano derecha en el relieve de la constelación. Con el brazo izquierdo pegado al torso para proteger la clavícula, inclinó el peso del cuerpo hacia delante y utilizó la fuerza de las piernas para vencer la inercia del granito.
El anillo vibró. Un chirrido agudo, amortiguado por el agua, resonó en las profundidades del sillar. El siseo del aire que escapaba por las juntas de dilatación cambió de tono, aguzándose como una válvula al estrecharse.
—Está cediendo —dijo Irene desde la retaguardia, con una tensión contenida que el guardia no pudo acallar.
—Faltan tres minutos, Geller —advirtió Vance, dando un paso hacia el borde de la plataforma. El agua ya le cubría las botas, reflejando el parpadeo constante de las luces de emergencia.
Samuel ignoró la advertencia, concentrado en los cincuenta centímetros de la cara superior del bloque. Con el agua lamiendo sus muñecas, deslizó el anillo exterior milímetro a milímetro. La muesca de la estrella polar avanzó sobre la escala de la escuadra fija.
Una. Dos. Tres divisiones.
El grano del granito rascaba contra el lecho inferior de caliza y desprendía un sedimento gris que enturbiaba el agua de las juntas.
Sentía el temblor de sus propios músculos, una oscilación que amenazaba el control del giro.
Si se pasaba un solo milímetro, el pasador interno de bronce encajaría en la ranura de seguridad, lo que bloquearía el dial de forma irreversible.
Cuatro. Cinco. Seis.
Una ráfaga de viento golpeó los respiraderos superiores de la cúpula, trayendo el olor a ozono de la tormenta y un chorro de agua denso que impactó contra la plataforma. El agua del espejo central se alzó en una ola que cubrió el sillar y ocultó las marcas bajo una capa de lodo en suspensión.
Samuel contuvo el aliento sin retirar la mano. Guiado por la memoria táctil, continuó empujando a ciegas bajo el agua helada. Sentía las incisiones de la escuadra como pequeñas cicatrices en la piedra.
Siete. Ocho.
Faltaba la fracción final. Cuatro quintos de la novena división.
Un ajuste que requería la precisión de un cirujano y la fuerza de un cantero.
El dolor del hombro izquierdo se intensificó en un espasmo muscular que le hizo perder el apoyo un instante.
Apoyó la rodilla derecha en la losa húmeda para estabilizar el torso.
—Samuel, despacio —la voz de Irene, desprovista de su habitual distancia corporativa, llegó como un susurro nítido sobre el estruendo de las perforadoras—. Un suspiro más.
Samuel apretó los dientes, cerró los ojos para evitar el vaivén de las luces reflejadas en el agua y aplicó una presión mínima con la yema del pulgar.
El anillo de granito se deslizó un último tramo, un movimiento tan sutil que solo percibió por la vibración que ascendió por los huesos doloridos de su muñeca.
La muesca de la estrella del norte se detuvo exactamente en el centro de la escuadra tallada. La alineación de la Hermandad estaba completa.
Samuel retiró la mano lentamente, con los dedos entumecidos, y contuvo la respiración en la penumbra de la cúpula, esperando la respuesta de las entrañas de la piedra.
La espera apenas se prolongó el espacio de un suspiro.
El aire helado de la cámara lamió la piel húmeda del cuello de Samuel mientras mantenía el brazo izquierdo pegado al torso para amortiguar el latido sordo de su clavícula herida.
Sus dedos, entumecidos y sucios de lodo calcáreo, permanecieron suspendidos a escasos milímetros del granito, estáticos en la penumbra, mientras el agua del espejo central batía contra los bordes de la plataforma de piedra.
Desde las entrañas del sillar de granito resonó un chasquido metálico.