Capítulo 19La estrella de la Hermandad
La estrella de la Hermandad
Dr. Samuel Geller
El agua helada le espoleaba las rodillas; el verdadero frío, sin embargo, nacía en su clavícula izquierda, donde cada latido se traducía en una punzada eléctrica que le nublaba la vista.
Samuel Geller apretó los dientes y se aferró al relieve del sillar de granito oscuro para no perder el equilibrio en la corriente ascendente.
Frente a él, bajo la luz hiriente de los focos de Adsum Corp, las camisas de cobre de las cargas lineales parecían garras metálicas dispuestas a morder la piedra del siglo XI.
Marcus Vance sostenía el transceptor con la mano enguantada.
No había prisa en sus movimientos; mantenía la barbilla alzada y la mirada fija en el sillar, con la rigidez de quien supervisa un gráfico de rendimiento y considera aceptable cualquier pérdida colateral que no afecte al balance final.
El técnico, a su izquierda, ajustó la cinta adhesiva sobre el paramento del sillar y aseguró el detonador electrónico amarillo.
—Vance —la voz de Samuel sonó áspera, ahogada por la humedad de la cúpula, pero con una precisión cortante que detuvo el brazo del técnico por un instante—. Si presiona ese interruptor, no tendrá nada que llevar a Ginebra. Solo una tonelada de lodo y grava.
Vance no desvió los ojos de su terminal, pero el ligero giro de su muñeca indicó que escuchaba.
—Las cargas de corte lineal focalizan la energía en un plano de microsegundos, doctor Geller. El daño colateral está calculado por debajo del ocho por ciento del volumen útil.
—Sus cálculos ignoran la física de fluidos bajo compresión triaxial —replicó Samuel, mientras forzaba los pulmones para proyectar la voz sobre el rugido sordo de las perforadoras que castigaban el techo—.
Este bloque está sometido a una presión hidrostática de casi cincuenta megapascales desde los conductos inferiores.
El agua es un fluido incompresible. Cuando la onda de choque de la detonación golpee la roca, la energía no se disipará; rebotará contra la masa líquida y volverá al granito como un pistón de fuerza infinita.
Samuel vio de reojo cómo Irene, inmóvil bajo la custodia del guardia, asentía con un leve movimiento de cabeza.
—Se llama exfoliación dinámica, Marcus —añadió ella, con una calma tensa que resonó en el espacio abovedado—.
El granito se desintegrará en láminas concéntricas antes de que la presión del gas se disipe.
Y el golpe de ariete subsiguiente reventará la cúpula.
La presa superior se asentará sobre el vacío en cuestión de minutos.
Perderá el activo, perderá el equipo de perforación y su concesión quedará anulada por una catástrofe industrial provocada.
Vance permaneció inmóvil. El agua ya lamía el borde inferior de las cargas de polímero. El director de operaciones dirigió una mirada silenciosa al técnico del detonador, que examinaba la pantalla de su osciloscopio de campo. El técnico tragó saliva, con los dedos temblando sobre los controles.
—El doctor tiene razón en un punto, señor —admitió en voz baja, mientras esquivaba la mirada de Vance—.
El sensor de impedancia acústica registra un retorno de alta frecuencia en el paramento.
La roca canta bajo tensión. Si detonamos ahora, la cavitación del agua subterránea podría amplificar la onda de choque más allá del límite de elasticidad del granito.
Vance bajó lentamente el transceptor. El silencio, roto solo por el goteo constante de las dovelas superiores y el ronroneo lejano de los motores de las lanchas, se volvió denso.
El agua subía a un ritmo de cuarenta centímetros por hora, estrechando el espacio de aire bajo la inmensa cúpula octogonal.
—¿Cuánto tiempo necesita para liberar el núcleo sin explosivos, Geller? —preguntó Vance, con voz desprovista de matices, puramente transaccional.
A Samuel se le contrajo el estómago. Miró hacia arriba, hacia la inmensidad de la cúpula que parecía cerrarse sobre él como una mandíbula de caliza.
El vértigo, esa vieja parálisis que le oprimía el pecho desde el colapso de la catedral en Alemania, amenazó con arrebatarle el aire.
Cerró los ojos un segundo, se concentró en la rugosidad del granito bajo sus dedos húmedos y buscó el anclaje de la lógica geométrica para contener la náusea.
—Quince minutos —dijo al abrir los ojos y fijar la vista en las juntas de sillería—. Si la alineación de los canales internos es la correcta, la presión hidrostática se equilibrará y el bloque se deslizará por su propio peso.
Vance consultó su reloj táctico de esfera oscura.
—Tiene diez minutos, doctor Geller. Si en seiscientos segundos no ha resuelto el mecanismo, mis hombres activarán la secuencia de voladura remota desde la galería exterior. Y asumiremos el margen de rotura de la piedra.
El guardia empujó ligeramente a Irene hacia el borde de la plataforma, manteniéndola a una distancia que le impedía intervenir, pero permitiendo que Samuel se moviera alrededor del sillar central.
Samuel se arrodilló de nuevo en el agua helada, ignorando el dolor punzante que le recorría el hombro izquierdo hasta la base del cuello.
Con la mano derecha, comenzó a limpiar el lodo acumulado en las incisiones de la cara superior del bloque.
El haz de la linterna táctica de Irene, que el guardia mantuvo encendida sobre una caja de herramientas, iluminaba de perfil el relieve tridimensional.
Bajo la capa de carbonato cálcico y limo, el diseño de la Hermandad del Silencio se reveló con nitidez.
No era un grabado plano. Al pasar las yemas de los dedos por la superficie, Samuel descubrió que las líneas concéntricas que rodeaban el orificio cuadrangular no eran simples hendiduras sobre la piedra inerte.
Eran juntas de dilatación milimétricas, talladas con una holgura que desafiaba el desgaste de los siglos.
—Son móviles —susurró. Un escalofrío le recorrió la espalda, ajeno a la temperatura del agua.
Presionó el borde del tercer anillo con el pulgar.
La piedra opuso una resistencia sorda, un rozamiento de grano contra grano que vibró en sus falanges, pero cedió.
Un milímetro. Luego otro. El agua atrapada en la junta actuaba como un lubricante natural, lo que permitía que el anillo de granito se deslizara sobre un eje invisible en las entrañas del bloque.
—Irene —dijo Samuel, sin levantar la vista—. El dial no sigue una escala decimal. Las muescas exteriores no están espaciadas de forma regular.
Irene se tensó contra el hombro del guardia y estiró el cuello para vislumbrar el sillar.
—Es una proyección esférica, Samuel —respondió ella, manteniendo la voz firme—. El escaneo LiDAR del archivo mostraba que la profundidad de los canales varía según una función trigonométrica. Busca la correspondencia con las coordenadas polares del diario del prior.
Samuel se concentró en la iconografía tallada en el anillo más externo.
Pequeñas incisiones en forma de puntos, conectadas por líneas finas que se cruzaban en ángulos agudos.
Su mente, habituada a descifrar la epigrafía del románico, comenzó a agrupar los puntos: una figura trapezoidal con una cola curva, un cuadrilátero con un vértice prominente.
—No son marcas de cantero —murmuró, mientras limpiaba con el índice una acumulación de óxido de hierro en el borde del segundo anillo—. Son constelaciones.
La Hermandad del Silencio no había diseñado un dial de ingeniería convencional; habían plasmado el firmamento nocturno tal como se observaba desde el acantilado de Vila de la Roca en el siglo XI. La bóveda celeste grabada en piedra.
—La estrella del norte —dijo Samuel al localizar el punto central del que partían los tres grados de desviación polar que había calculado en la atalaya—.
La precesión de los equinoccios ha desplazado la posición del eje de la Tierra casi un grado y medio desde que tallaron este sillar.
Si alineo las marcas según el cielo actual, el mecanismo interno se bloqueará por la asimetría de los pasadores.
Tengo que calcular la posición histórica.
—Faltan siete minutos, Geller —la voz de Vance resonó plana, un metrónomo implacable en la penumbra de la cúpula.
El sudor frío se mezcló con el agua de condensación en su frente.
Sus dedos, entumecidos por el frío del agua que ya rozaba el tercio superior del sillar, apenas tenían sensibilidad para percibir la sutil resistencia de los anillos móviles.
Un solo grado de error en la rotación de la piedra provocaría el cizallamiento de las clavijas internas de bronce, lo que sepultaría el legado de la Hermandad bajo el peso del río Roca para siempre.
La mínima desviación angular pesaba sobre sus yemas entumecidas como si sostuviera el acantilado entero.
Samuel no se atrevió a variar la presión de los dedos sobre el granito.
El agua helada, que ya le cubría las rodillas y empapaba el dobladillo de la chaqueta, succionaba el calor residual de su cuerpo.
El dolor en la clavícula izquierda se había transformado en un latido sordo que le subía por el cuello, lo que entorpecía el cálculo de las distancias en la penumbra.
Sobre sus cabezas, la cúpula octogonal emitió un crujido de compresión que se filtró a través del fragor de la tormenta.
Hilos de agua arcillosa se deslizaron por las juntas de la sillería del techo y dibujaron líneas oscuras que goteaban sobre la plataforma central.
Cada impacto en el espejo de agua a su alrededor marcaba un metrónomo implacable contra el plazo de Vance.
—Faltan seis minutos, Geller —repitió Vance.
El director de operaciones no retiraba la mano del transceptor.
A su lado, el técnico de Adsum mantenía el índice suspendido sobre el interruptor del detonador amarillo, con la mirada fija en las fluctuaciones del osciloscopio de campo—.
No voy a arriesgar el equipo de superficie por un retraso innecesario.