El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 18El precio de la obediencia #2
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Capítulo 18El precio de la obediencia #2

Irene miró las cargas de corte y luego las incisiones del sillar, donde las líneas concéntricas de la Hermandad del Silencio confluían en el orificio cuadrangular.

No habría publicaciones compartidas, ni consorcio universitario, ni acceso para la comunidad científica.

La alianza que había firmado con Samuel Geller en la unidad móvil se reducía a esto: una maniobra de distracción para mantenerla motivada mientras localizaba el punto exacto de la extracción.

Había servido como el instrumento de un expolio planificado, y ahora que el objetivo estaba expuesto, la desechaban sin contemplaciones.

A su espalda, Samuel emitió un jadeo sordo. Trató de incorporarse apoyándose en la piedra, pero el dolor de su hombro lesionado le hizo perder el equilibrio. Sus dedos resbalaron sobre el granito, dejando un rastro de agua arcillosa antes de volver a apoyarse, tembloroso, en la base del sillar.

—Irene... —articuló el restaurador, con los labios azulados por la hipotermia—. No les... no les permita hacer esto. Si la contrapresión del aire se pierde... el río... el río entrará como un pistón.

Irene no se volvió para mirarlo. El pecho se le oprimió al recordar el tono de suficiencia con el que había defendido el pragmatismo de su empresa en el archivo de Santa María, cuando despreció el romanticismo de Samuel acusándolo de preferir que la historia se ahogara antes de privatizarla.

Ahora, la codicia de Adsum se mostraba ante ella sin adornos ni discursos de relaciones públicas.

—No voy a permitir que destruyas este lugar, Marcus —dijo Irene, retrocediendo hasta interponerse entre los técnicos y el sillar, con la mano izquierda asentada sobre la multiherramienta de su cinturón.

Vance suspiró, un silbido que se perdió bajo el zumbido de los motores de las lanchas.

—Su opinión ya no tiene peso legal ni físico aquí, Sterling. Entrégueme la tableta corporativa y su transceptor de inmediato. Sus pertenencias y sus datos pertenecen a Adsum Corp.

La luz de la batería de la tableta de Irene parpadeó una vez más, un punto carmín que parecía apagarse en la inmensidad de la cúpula sumergida, mientras las sombras de los técnicos de Adsum, armados con los detonadores de baja intensidad, cercaban la plataforma de piedra.

El agarre en su muñeca izquierda fue seco.

El guardia de Adsum le retorció el brazo con la fuerza justa para obligarla a abrir los dedos; la multiherramienta resbaló de su mano y golpeó las losas húmedas con un tintineo sordo.

Casi al mismo tiempo, el segundo técnico le arrebató la tableta de la mano derecha.

El parpadeo carmín de la batería baja dibujó un arco efímero en la penumbra antes de quedar estático bajo el haz de los focos halógenos.

Vance tomó el dispositivo. Sus ojos grises ignoraron el escaneo tridimensional que aún vibraba en la pantalla; con un movimiento rápido del pulgar, extrajo la tarjeta de memoria y la guardó en el bolsillo interior de su gabardina.

Luego, arrojó el terminal al fondo de la lancha neumática, donde la pantalla quedó boca abajo sobre el agua acumulada en el plan de caucho.

—Su autorización de acceso a los sistemas de Adsum ha sido revocada, Sterling —dijo Vance, sin elevar la voz por encima del zumbido de los motores auxiliares—.

A partir de este momento, es una intrusa en una zona de exclusión industrial.

Cualquier interferencia física se procesará bajo la legislación de seguridad de infraestructuras críticas.

Irene no respondió. El cañón del transceptor de seguridad se hundió en su espalda, empujándola hacia el centro de la plataforma de piedra. El agua helada, que ya cubría por completo las losas del primer escalón, le empapaba las botas y subía por las perneras de su traje técnico.

A tres metros, Samuel Geller permanecía arrodillado junto al sillar de granito negro.

Tenía el cuerpo encorvado para proteger el hombro izquierdo lesionado, y su respiración, rápida y entrecortada por la hipotermia incipiente, exhalaba pequeñas nubes de vaho que se disolvían bajo la luz blanca de los focos.

Tras los cristales empañados y salpicados de lodo de sus gafas, sus ojos fijos en Irene habían perdido la habitual distancia académica.

Sostuvo la mirada, firme, desprovista de reproche, transmitiendo una muda petición de auxilio dirigida a la arqueóloga que, horas antes, había contemplado con el mismo asombro que él la perfección geométrica de la atalaya.

Irene desvió la vista hacia los dos técnicos que descargaban los cilindros de polímero gris del segundo bote.

Eran cargas de corte lineal, diseñadas para concentrar la onda de choque en un plano milimétrico mediante una cuña de cobre.

Los hombres comenzaron a frotar la base del sillar de granito con cepillos de alambre; el metal rascó la piedra con un chirrido agudo, desprendiendo las pátinas de carbonato y las microinscripciones de la Hermandad para asegurar la adherencia de las ventosas de vacío que sostendrían los explosivos.

El chirrido del cepillo sobre el granito resonaba en el pecho de Irene.

Destruir el sillar para extraer su núcleo no era arqueología de rescate; era un desmantelamiento ciego, una amputación que sepultaría para siempre la prueba física de que la Hermandad del Silencio había dominado la hidráulica del subsuelo siglos antes de que el primer metro de hormigón moderno fuera vertido en el río Roca.

El guardia la empujó de nuevo, obligándola a arrodillarse a un metro de Samuel, en el borde de la plataforma. El agua helada le subió por los muslos, lamiendo las costuras de su traje mientras el nivel del canal continuaba su ascenso constante.

Irene observó a Vance. El director de operaciones supervisaba la colocación de la primera carga lineal en la cara norte del sillar, con el rostro impasible recortado contra el brillo de los halógenos, concentrado únicamente en el cronograma de la operación que sus superiores en Ginebra ya habían preclasificado.

La red de lealtades corporativas, el temor a repetir el aislamiento profesional tras el fracaso en el desierto de Gobi y la urgencia de complacer a una junta directiva obsesionada con los resultados inmediatos se desvanecieron ante el chirrido del metal arañando las incisiones del siglo XI.

Irene fijó la vista en las manos del técnico y se tensó.

Se inclinó hacia Samuel, fingiendo perder el equilibrio por el oleaje que provocaban los buzos en el canal. El guardia de seguridad dio un paso atrás, manteniendo el arma baja pero alerta, permitiendo que el vaivén del agua justificara su aproximación.

—Samuel —susurró, con la vista fija en las manos del técnico que ajustaba el cableado del detonador—. No me mires. Escucha.

—Las cargas son de la serie Adsum-80 —continuó en un hilo de voz, un siseo que el murmullo del agua y el eco de las perforadoras en la superficie lograban enmascarar—.

El receptor del detonador electrónico está integrado en la base de la carcasa de polímero amarillo.

El cable coaxial de la antena de radio se conecta mediante un acoplamiento rápido de bayoneta, justo detrás del conector de prueba.

Hizo una pausa y observó cómo el técnico encajaba el primer terminal con un clic seco.

—Si consigues llegar a él y giras el collarín de bronce de la bayoneta un cuarto de vuelta a la izquierda, la antena se desconectará del circuito de inducción.

El transceptor de Vance dará un error de continuidad en la consola de disparo.

No podrán iniciar la secuencia por radio y tendrán que revisarlo manualmente. Nos dará tiempo.

Samuel realizó un movimiento casi imperceptible con la cabeza.

Sus dedos se contrajeron sobre la tela mojada de su pantalón, asimilando la instrucción técnica con la misma precisión con la que registraba las desviaciones polares en su cuaderno de notas.

Sus hombros se cuadraron levemente, aceptando el riesgo compartido en el fango de la plataforma sumergida.

En ese instante, un crujido sordo y profundo viajó a través de la caliza de los pilares. No era la vibración rítmica de la perforadora que roncaba en la superficie, sino una oscilación de baja frecuencia que hizo cimbrar el agua del espejo central en ondas concéntricas perfectas.

El primer trueno de la tormenta exterior se filtró por los conductos de ventilación superiores, transformado por la acústica de la cúpula en un rugido prolongado que pareció nacer del propio corazón de la montaña.