Capítulo 18El precio de la obediencia
El precio de la obediencia
Irene Sterling
Una ráfaga de luz blanca barrió el intradós de la cúpula octogonal, hiriendo las pupilas de Irene, adaptadas a la penumbra.
El brillo azul de la tableta rugerizada —con el indicador de batería parpadeando al treinta y dos por ciento sobre la malla tridimensional del sillar de granito— quedó ahogado por la potencia de los focos de Adsum.
Las sombras de los nervios de piedra se proyectaron sobre la caliza como costillas gigantescas en movimiento.
El silencio del templo de agua se quebró bajo el zumbido sordo de los motores eléctricos de las lanchas de asalto.
Dos botes neumáticos de Adsum Corp, de un gris militar mate, cruzaron el arco de entrada desde la galería de derivación.
Los buzos, embutidos en trajes secos de neopreno con botellas de composite a la espalda, fijaron sus linternas de alta intensidad en la plataforma central.
El agua, antes un espejo inmóvil, se rompió en olas concéntricas que golpearon las losas de granito con un chapoteo rítmico.
En la proa de la primera lancha, Marcus Vance sostenía una linterna de mano.
Su gabardina impermeable estaba salpicada de lodo arcilloso, pero el cuello de su camisa permanecía rígido bajo el tejido sintético.
Su mirada fija localizó a Irene de inmediato, sin un solo gesto de sorpresa en sus facciones.
El bote chocó contra la plataforma con un roce sordo de caucho contra la piedra.
Un buzo saltó para asegurar la amarra y arrojó una cincha de nailon sobre la sillería del siglo XI, sin cuidado por la integridad del paramento.
Vance desembarcó con un movimiento ágil, pisó la piedra seca sin mirar las incisiones del bloque de granito que Samuel intentaba proteger y clavó su atención en Irene.
Irene dio un paso al frente y bajó por la rampa escalonada hasta que el agua helada le alcanzó las costillas.
Aseguró la tableta contra su costado para proteger la pantalla de las salpicaduras de la corriente.
Detrás, Samuel seguía de rodillas junto al sillar de granito negro, con los dedos hundidos en una de las muescas del relieve y los nudillos blancos por el esfuerzo.
Su hombro izquierdo caía en un ángulo forzado.
No miraba hacia arriba; su respiración, rápida y superficial, acompasaba el temblor de sus manos bajo la inmensa altura de la bóveda.
Irene extendió el brazo izquierdo para interponerse entre los focos de Adsum y el sillar central, mientras alzaba la tableta con la mano derecha para mostrar las lecturas de los sensores a Vance.
—¡Vance, ordene detener las perforaciones en la superficie!
—gritó. Su voz, ronca por la humedad, rebotó en las dovelas—.
Las vibraciones están rompiendo las juntas de mortero de la clave.
El escaneo muestra que la ettringita secundaria ha anulado la cohesión de la caliza; el agua del embalse ya ejerce un empuje tangencial sobre el trasdós de la cúpula.
Este sillar funciona como una válvula de contrapresión hidráulica.
Si usan fuerza mecánica para arrancarlo sin equilibrar los flujos, provocarán un golpe de ariete instantáneo. Las bóvedas colapsarán sobre nosotros.
—Su criterio técnico ha dejado de ser relevante, Sterling —respondió Vance.
Su tono plano resonó bajo la bóveda—. El tiempo de los informes terminó cuando decidió extraer la tarjeta de su terminal.
Comete el mismo error que en el Gobi, Irene: confunde el valor del contenedor con el de la carga.
Adsum no ha invertido millones en esta concesión para preservar un sótano medieval húmedo.
Vance hizo un gesto hacia los técnicos del segundo bote. Dos hombres con chalecos de flotación amarillos comenzaron a desembarcar maletines estancos de polímero rígido, haciendo crujir la pasarela de madera que usaban como rampa.
—Nuestros ingenieros en la superficie confirman que la estructura resistirá lo suficiente para completar la extracción —continuó Vance, dando un paso que la obligó a retroceder hacia Samuel—.
El helicóptero de carga espera en el sector norte.
En menos de dos horas, este bloque estará en nuestro laboratorio de Ginebra.
Lo que ocurra con la cúpula cuando las compuertas se cierren a las doce es asunto exclusivo de la Confederación Hidrográfica.
—No llegará a Ginebra —intervino Samuel.
Su voz, debilitada por la hipotermia, mantuvo una precisión cortante—.
El núcleo del sillar es de granito arenoso, sometido a una compresión de casi cincuenta megapascales por el agua de las cámaras inferiores.
Si cortan los anclajes de bronce con radiales de tungsteno o microvoladuras, la descompresión súbita provocará la exfoliación del material. El bloque se desintegrará.
Vance ignoró al restaurador. Descolgó el transceptor de su cinturón y presionó el botón de transmisión.
—Aquí Vance. Sector tres despejado. Traigan el equipo de oxicorte y los gatos de veinte toneladas. La plataforma es estable.
La estática precedió a la voz distorsionada del operador de superficie que confirmaba la recepción. El estruendo de la perforadora, detenido durante unos minutos, volvió a arrancar arriba con un gemido metálico que hizo vibrar las gotas de condensación en el techo de la cúpula.
—Marcus, te lo advierto —dijo Irene, apretando la tableta contra su pecho mientras su mano izquierda buscaba la empuñadura de la multiherramienta en el cinturón—. Si das un paso más hacia ese sillar, firmarás la sentencia de muerte de todos los que estamos aquí.
Vance guardó la radio con deliberada lentitud y fijó sus ojos grises en ella.
—Su contrato con Adsum Corp, Sterling, incluye una cláusula de obediencia debida en situaciones de rescate de emergencia. Y ahora mismo, usted interfiere en un protocolo de recuperación de activos de la compañía.
Irene no retiró la mano de la multiherramienta.
Sus dedos, entumecidos por el frío que exhalaba la piedra, se aferraron al relieve estriado de la empuñadura en su cinturón.
La vibración de la perforadora descendía a través de las zapatas de hormigón de la vieja presa; era un latido sordo que hacía oscilar la luz de los focos halógenos sobre la superficie del agua.
Vance dio un paso al frente. El agua, que ya cubría las losas de la plataforma central, salpicó sus botas de cuero.
No miró a Samuel, quien permanecía arrodillado junto al sillar, con los nudillos pegados a las incisiones geométricas como si intentara sostener el peso de la montaña con su mano sana.
—Su tiempo aquí ha concluido, Irene —dijo Vance con la frialdad de quien ejecuta un balance de daños—. Su contrato con esta división ha sido rescindido de manera fulminante.
Vance extrajo un terminal de titanio de su impermeable.
La pantalla proyectó un brillo azulado sobre el rostro de Irene.
Bajo el membrete de la junta directiva de Ginebra, destacaba una resolución firmada electrónicamente hacía menos de media hora.
Ella reconoció los códigos de seguridad de la presidencia.
El texto, redactado con la precisión de los asesores legales de la compañía, decretaba su destitución inmediata como directora de Rescate Arqueológico por «negligencia grave, obstrucción de los protocolos de seguridad industrial y sabotaje activo de los recursos de campo».
El mismo engranaje corporativo que ella había manejado con ambición para limpiar su expediente tras el fracaso en el desierto de Gobi se cerraba ahora sobre su propio cuello con la rapidez de una trampa de presión. Irene tragó saliva, sintiendo el peso de las firmas digitales en la pantalla.
—¿Negligencia? —Irene alzó la tableta rugerizada, cuya batería parpadeaba al treinta y dos por ciento—.
He localizado el centro de gravedad hidráulica del valle.
Les he ahorrado semanas de prospección a ciegas.
Si sus técnicos colocan maquinaria pesada en el trasdós de esta cúpula, la vibración inducirá un fallo por cizallamiento en la caliza.
¡La vieja presa se deslizará por el acantilado!
—Nuestros ingenieros ya han recalculado los márgenes de tolerancia —respondió Vance, guardando el terminal en su gabardina—.
Lo que ocurra con esta estructura después de que extraigamos el bloque no es nuestra responsabilidad.
A las doce del mediodía de mañana, este sector estará bajo cincuenta metros de agua arcillosa.
La Confederación Hidrográfica asumirá el colapso como un asentamiento natural del vaso del embalse.
Vance hizo un gesto hacia las lanchas de asalto.
Dos técnicos con chalecos de flotación subieron a la plataforma seca arrastrando un maletín rígido.
Al abrirlo bajo la luz cruda de los halógenos, Irene distinguió el brillo de las camisas de cobre y los cilindros de polímero gris: cargas de corte lineal de baja intensidad, diseñadas para focalizar la onda de choque en un plano milimétrico.
—¿Van a dinamitarlo? —La voz de Irene se elevó, quebrando la acústica de la cúpula románica—. No tendrán un activo que vender en Ginebra, solo un montón de grava y escombros.
Vance no se inmutó. Examinó las cargas con un gesto técnico y luego volvió a fijar sus ojos grises en ella.
—Las simulaciones analíticas indican que un corte por onda de choque dirigida mantendrá la integridad del sesenta por ciento del volumen central.
Eso es suficiente para los análisis de laboratorio y las patentes de diseño de válvulas de flujo que la junta ya ha prevendido.
El resto, Sterling, es mampostería inservible.
No pagamos millones en concesiones mineras para conservar un templo subterráneo.