Capítulo 16El respiradero de la tierra #2
Samuel se deslizó hacia el interior.
La presión de la roca lo envolvió de inmediato.
Sus hombros se encajaron en la embocadura; la mochila estanca raspó contra el dintel de entrada con un chirrido seco.
El aire allí dentro era denso, cargado de un olor a fango y azufre que le resecó la garganta.
Giró el torso de costado para avanzar y protegió el hombro herido contra el pecho mientras la caliza húmeda le rozaba la espalda.
Sus botas buscaron apoyo en la verticalidad del pozo. Sin peldaños, las paredes labradas a hueso presentaban una costra de carbonato cálcico que se desmoronaba al menor contacto. Un fragmento se desprendió bajo su talón derecho y cayó al vacío con un siseo que se prolongó en la oscuridad.
El recuerdo de la bóveda de la catedral alemana desplomándose bajo sus pies le golpeó el pecho. La oscuridad era absoluta. No veía sus propias manos; solo el roce áspero de la cuerda a través de los guantes húmedos le confirmaba su posición.
—Despacio, Samuel. Mantén el peso en las piernas, busca la fricción —la voz de Irene llegó amortiguada, filtrada por la estrechez del brocal, lejana y metálica.
Samuel apoyó la espalda contra una de las caras del octógono y las rodillas contra la opuesta.
El dolor de la clavícula izquierda estalló al presionar el hombro contra la roca, pero se aferró a ese sufrimiento para mantener la consciencia.
Calculó el ángulo: las piernas dobladas en un vector de cuarenta y cinco grados compensarían la gravedad mediante la fuerza normal contra las paredes, reduciendo la tensión sobre la cuerda de Irene.
Descendió un paso. Luego otro.
La piedra caliza vibraba bajo sus dedos; la humedad del subsuelo corría en hilos tibios por las juntas de los sillares.
A cada movimiento, la chimenea se estrechaba contra sus costillas, limitando la expansión de los pulmones.
El sudor frío se mezclaba con el agua de condensación que le goteaba de la frente.
De pronto, la cuerda dio un tirón brusco.
Un crujido sordo resonó en la parte superior del pozo, seguido por el tintineo del mosquetón contra la piedra. Samuel quedó suspendido. Sus botas oscilaron en la nada, buscando una arista, una junta, cualquier irregularidad en la caliza lisa.
El aire se detuvo en su garganta. Colgaba a mitad de la chimenea de ventilación, envuelto en una penumbra tan densa que borraba la noción de la verticalidad.
El latido de su corazón retumbaba en sus oídos como un metrónomo desbocado.
Debajo, a una distancia que la falta de gafas magnificaba, el agua de las galerías inferiores rugía con una resonancia grave, una vibración que hacía temblar la roca a su espalda.
—¿Samuel? —el grito de Irene sonó tenso, amplificado por el conducto—. ¡La raíz ha cedido un centímetro! ¡Tengo que soltar más cuerda de golpe! ¡Prepárate!
Antes de que pudiera articular palabra, la tensión en el arnés desapareció.
Samuel cayó.
Fueron dos metros de descenso descontrolado en la oscuridad absoluta, hasta que la cuerda se tensó con un tirón violento. Quedó suspendido, balanceándose en la penumbra de la chimenea sin encontrar apoyo para las botas, a solas con el rugido del agua en la negrura del subsuelo.
Samuel estiró la pierna derecha, tanteando la negrura con la puntera de la bota hasta que el cuero rozó una superficie horizontal.
No era un sillar liso, sino un rellano de roca viva cubierto de limo resbaladizo.
Apoyó el talón, cargó el peso de forma gradual para asegurar el equilibrio y flexionó las rodillas.
El arnés, tenso sobre su pecho, cedió por fin.
El agua le cubrió las pantorrillas, fría y densa, pero el suelo bajo sus botas se mantuvo firme. Había alcanzado el fondo de la chimenea de equilibrio.
—¡Estoy abajo! —gritó hacia la embocadura del pozo, con la voz ahogada por la reverberación del conducto de caliza.
Arriba, un fogonazo de luz blanca cortó la boca del pozo. El ladrido de un perro de rastreo resonó justo encima, seguido de una voz áspera que rebotó en la piedra.
—¡Aquí hay una cuerda! —ordenaron desde la superficie—. ¡Alumbren hacia el fondo!
El haz de una linterna de alta potencia de Adsum barrió la abertura, recortando los helechos de la superficie en una corona de luz fría.
Irene no esperó. El silbido del nailon corriendo por la raíz de la encina precedió al impacto de su cuerpo, que se deslizó a toda prisa por el pozo de ventilación.
Irene cayó sobre él. Samuel la recibió con el costado derecho, interponiendo su cuerpo para amortiguar el impacto contra la pared.
El hombro izquierdo protestó con un latigazo abrasador que le nubló la vista; apretó los dientes, conteniendo el grito mientras ambos se tambaleaban en el agua helada antes de recuperar el equilibrio.
Sobre sus cabezas, el haz halógeno de los guardias se detuvo en la mitad superior de la chimenea, incapaz de penetrar la densa cortina de vapor templado que ascendía desde el subsuelo.
Un disparo de luz errático rozó el hombro de Irene, pero la estrechez y la curvatura natural del conducto los mantenían a salvo de la vista directa.
—Suelta el cabo —susurró Irene, jadeando contra su cuello.