Capítulo 16El respiradero de la tierra
El respiradero de la tierra
Dr. Samuel Geller
La suela de la bota de Samuel resbaló en la greda saturada. El peso de su cuerpo cayó hacia el lado izquierdo. Un latigazo le recorrió la clavícula, arrancándole un jadeo que ahogó contra el cuello húmedo de su chaqueta.
Irene, que avanzaba un paso por delante, se giró con rapidez y lo aferró por la axila derecha, mientras lo apuntalaba contra el tronco de un pino carrasco. Samuel cerró los ojos, con las sienes latiéndole con fuerza y los dedos de la mano sana clavados en la corteza húmeda.
A menos de cien metros ladera arriba, un haz de luz halógena cortó el pinar, perfilando la silueta de las acículas contra el cielo plomizo.
El ronquido diésel de la perforadora de Adsum Corp continuaba en la distancia, pero ahora se le sumaban los gritos de los capataces y el chasquido metálico de las radios de banda ciudadana.
Las patrullas de seguridad de Vance se desplegaban en abanico desde la pista forestal.
—No podemos seguir bajando hacia el río —susurró Irene, con la boca pegada a su oído—. Tienen el puente de la pista inferior bloqueado con todoterrenos. Si llegamos al camino ancho, nos verán de inmediato.
Samuel apoyó la frente contra la corteza fría del pino.
El frío le calaba los huesos; el temblor de la hipotermia amenazaba la precisión de cada movimiento.
Su mano derecha se cerró sobre la correa de la mochila estanca, donde el diario del prior permanecía a salvo de la tormenta.
Su cerebro, entorpecido por la fatiga y el dolor del hombro herido, luchaba contra la parálisis que el vértigo intentaba imponerle.
Necesitaba un patrón, una línea de lógica constructiva.
—El acueducto... —articuló Samuel entre castañeos—. El agua que desviamos en la atalaya aumentó la presión en el ramal inferior. Si las galerías del siglo XI funcionan como vasos comunicantes, todo el sistema de drenaje de la montaña está activo.
Irene frunció el ceño, mientras se limpiaba el agua de la frente con el dorso de la mano.
—¿Y eso en qué nos ayuda ahora?
—La Hermandad no pudo haber diseñado un sistema hidráulico cerrado de semejante envergadura sin chimeneas de equilibrio —explicó Samuel, concentrándose en la geometría del subsuelo para aplacar el dolor de la clavícula y el mareo de la pendiente—.
El aire de las galerías inferiores, empujado por la crecida, necesita escapar.
De lo contrario, el golpe de ariete reventará las bóvedas de sillería.
El prior lo llamaba en sus notas el *spiraculum terrae*. El respiradero de la tierra.
—¿Un pozo de ventilación? —Irene miró hacia la penumbra del bosque, donde la maleza de argomas formaba una barrera casi impenetrable—. Estará sobre la línea de inundación máxima, pero cerca del eje del acueducto para canalizar la sobrepresión.
—Exacto. A sotavento del cuarto arco —dijo Samuel.
Recordó el mapa de vegetación del Archivo de las Ánimas—.
La Hermandad las camuflaba con la propia naturaleza.
El aire templado del subsuelo altera el microclima exterior.
Buscamos vegetación anómala; especies que requieran calor y humedad freática para sobrevivir al invierno del norte.
Irene asintió despacio y apagó la linterna táctica. La oscuridad los envolvió de golpe, rota solo por los fogonazos de Adsum que barrían las copas de los árboles ladera arriba.
Samuel entornó los ojos, forzando la vista en la penumbra. El suelo era un tapiz de agujas de pino y lodo gris, pero unos quince metros a su derecha, en un repliegue del terreno donde la pendiente se suavizaba bajo un saliente rocoso, la niebla se comportaba de forma distinta.
La llovizna caía al sesgo, empujada por el viento del norte, pero en la hondonada, los jirones de bruma ascendían en vertical, girando en remolinos pálidos antes de disiparse entre helechos gigantes y hiedras de un verdor ajeno al otoño.
—Allí —señaló Samuel con el brazo derecho, con el izquierdo pegado al pecho—. El aire del subsuelo sale a la superficie. La convección empuja la niebla.
Avanzaron a gatas, bajo las ramas de las argomas que les arañaban la piel.
Samuel apoyaba todo su peso en la rodilla y la mano derechas, arrastrando la pierna izquierda con un esfuerzo sordo.
Al mirar de reojo la caída hacia el cañón, el vacío en el estómago lo obligó a clavar la vista en el suelo, en las raíces que sobresalían de la arcilla como peldaños.
El olor a cieno y caliza húmeda se impuso al de la resina de pino y la tierra mojada.
Al alcanzar la base del saliente rocoso, percibieron el calor. Una exhalación templada y constante, cuya humedad se condensaba al contacto con el frío de la tormenta.
Samuel apartó una cortina de hiedras cuyas raíces se incrustaban en las juntas de una estructura oculta.
Bajo el tapiz vegetal aparecieron bloques de caliza labrada.
Los sillares, cubiertos de líquenes, formaban un brocal cuadrangular de un metro de lado, arrasado a nivel del suelo para mimetizarse con la pendiente del monte.
Una losa circular de caliza gris sellaba la boca, pero la presión de las raíces la había fracturado en tres secciones. Por la abertura, de apenas cuarenta centímetros, ascendía el vapor.
Samuel se inclinó sobre la abertura. La verticalidad del conducto lo golpeó.
El abismo negro, hundido en las entrañas de la roca, reactivó el pánico.
El brocal de piedra pareció desvanecerse bajo sus dedos.
Un sudor frío le empapó la nuca; la respiración se redujo a un silbido asmático.
Retrocedió un paso, apretando los dientes mientras el temblor de las manos amenazaba su equilibrio.
—Samuel —susurró Irene.
—Estoy... bien —articuló él—. Es el pozo. Es vertical.
Cerró los ojos y se concentró en el sonido.
El eco del agua en las profundidades resonaba con una vibración sorda.
El retardo de la resonancia y el tono grave indicaban una cavidad de sección constante a una profundidad no superior a diez metros antes de conectar con el canal de descarga.
Una chimenea de equilibrio con tiro térmico regulado por la física de la Hermandad.
Fijar el esquema geométrico en su mente aplacó las pulsaciones.
Abrió los ojos y fijó la vista en las juntas ortogonales de los sillares, ignorando el vacío del centro.
Un crujido de ramas rotas y el destello de una linterna a menos de cincuenta metros ladera arriba los obligaron a aplastarse contra el suelo embarrado.
—¡Por aquí! —gritó una voz entre la hojarasca—. ¡Hay huellas frescas en la arcilla cerca del pino!
Irene se volvió hacia él; su mano se cerró sobre el borde de la losa fracturada.
A lo lejos, amortiguado por la arboleda pero inconfundible en su cadencia amenazante, el ladrido ronco de un perro de rastreo cortó la noche.
El eco del ladrido vibró en la base del cráneo de Samuel antes de disiparse en la espesura del pinar. Apretó la correa de la mochila contra el pecho; el plástico frío rozó la clavícula herida y un pinchazo agudo lo devolvió a la realidad del barro y la llovizna.
—Están en el pino grande —susurró Irene. Su silueta era un contorno oscuro recortado contra la roca, mientras sus manos se movían con precisión febril—. No tenemos más de dos minutos.
Irene no esperó respuesta. Se arrodilló junto al brocal de caliza y, tras hurgar en el compartimento externo de su mochila estanca, extrajo un cabo de servicio de nailon trenzado de ocho milímetros.
Lo había tomado a toda prisa del remolque del generador antes de provocar el cortocircuito; era un cabo auxiliar, rígido y áspero, pero resistente.
Buscó a tientas un punto de anclaje hasta dar con la raíz nudosa de una encina que se hundía como un dedo de hierro entre las fisuras del paramento exterior.
Rodeó la madera con una gaza doble y cerró el único mosquetón del arnés con un chasquido metálico que resonó en los dientes de Samuel.
—Vas a bajar tú primero, Geller —dijo ella, pasándole el extremo libre de la cuerda por la anilla del arnés—. Te aseguraré desde arriba con un nudo dinámico. Deslízate. No pienses en lo que hay debajo.
Samuel contempló la hendidura de cuarenta centímetros.
El vapor templado que ascendía de la tierra le empañó las gafas de inmediato.
Se las quitó con dedos entumecidos y las guardó en el bolsillo.
Sin ellas, el mundo se redujo a bultos de sombras y texturas húmedas.
El pozo se transformó en una boca negra, un sumidero que amenazaba con vaciarle los pulmones antes de que sus botas tocaran el fondo.
El aire pareció espesarse, denso como el lodo que le cubría la piel, mientras el vacío tiraba de sus pies. El espacio era tan estrecho que sus hombros rozarían las paredes de caliza. Si la roca cedía, si la chimenea se estrechaba hasta atraparlo en la oscuridad...
Un segundo ladrido, mucho más cercano, precedió al crujido de una rama a menos de treinta metros. El paso pesado sobre la hojarasca descendió por la pendiente.
—Geller. Ahora —insistió Irene, empujándolo por el costado sano hacia el brocal.
Samuel se apoyó en el borde de piedra labrada.
La caliza, áspera y cubierta de un musgo tibio, se deshizo bajo sus dedos.
Se sentó en el reborde y dejó que las piernas colgaran en la negrura del conducto.
El vacío succionó el aire de su pecho. Su respiración se acortó en un jadeo superficial que le tensó los músculos.
*Diez metros*, se repitió. *Una chimenea de equilibrio. Proporción ad quadratum. El espesor del muro de la atalaya determina el diámetro del pozo. Sigue un patrón.*
Visualizó el alzado de la estructura y tradujo el pánico en líneas de tinta sobre papel.
Si el tiro térmico era constante, la sección no podía estrecharse de forma aleatoria; la Hermandad requería un flujo de aire laminar para evitar la condensación en las galerías inferiores.
Cada sillar debía medir exactamente dos palmos de cara.
—Suelto cuerda —dijo Irene a su espalda.