El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 15La impaciencia del acero #3
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Capítulo 15La impaciencia del acero #3

Se aproximó al panel de servicio. Con las manos entumecidas, abrió el pestillo de la cubierta de baja tensión.

Bastaba con provocar un fallo que los técnicos tardaran en diagnosticar bajo la tormenta.

Identificó el mazo de cables que alimentaba el solenoide de parada de emergencia.

Con un movimiento firme de los alicates de su multiherramienta, tiró del conector rápido del cable de señal y dobló la patilla de cobre antes de encajarlo de forma superficial.

Sin esa continuidad eléctrica, la unidad de control del motor diésel interpretaría el contacto intermitente como una pérdida crítica de presión de aceite.

El motor carraspeó. El ronquido constante del generador se descompuso en detonaciones secas y, tras un agónico silbido de la turbina, se apagó.

Las torres de iluminación se extinguieron al unísono.

La oscuridad cayó sobre el claro del acantilado, rota únicamente por los haces erráticos de las linternas frontales y la luz de emergencia de la cabina de la perforadora.

Los gritos de los capataces comenzaron a cruzarse sobre el silbido del viento.

—¡Se ha caído la línea! ¡Revisad el disyuntor del remolque!

Irene no esperó a que se encendieran las linternas de mano. Se deslizó por el talud de arcilla hacia la senda forestal que descendía al sector tres. En esa dirección, el guardia conducía a Samuel por un camino estrecho flanqueado por pinos y matorrales de argoma que bordeaba el desfiladero.

Corrió con el cuerpo inclinado, usando la maleza para frenar sus resbalones en el barro. A cincuenta metros, el haz oscilante de una linterna táctica recortó dos siluetas en el sendero.

—¡No se mueva, Geller! —ordenó la voz del guardia de Adsum—. Quédese donde está hasta que restablezcan la luz.

Samuel estaba apoyado contra un tronco, con la manta térmica de aluminio azotada por el viento y la mano derecha aferrada a su hombro herido. Su respiración llegaba en silbidos cortos a través de la oscuridad.

Irene se aproximó por el flanco ciego del vigilante, aprovechando el ruido de la lluvia sobre las copas de los árboles.

Cuando estuvo a tres pasos, encendió el foco estroboscópico de su linterna directamente a la cara del hombre.

El destello blanco y discontinuo cegó al guardia, que retrocedió tambaleándose en el fango mientras se cubría los ojos con el antebrazo.

—¡Qué demonios...!

Irene no le dio tiempo a recuperarse. Agarró a Samuel por la manga de la chaqueta sana y tiró de él hacia la ladera del monte.

—¡Por aquí! —susurró—. ¡Camina!

Samuel tropezó, pero logró mantener el equilibrio.

Se internaron en la maleza, donde las ramas de los arbustos les azotaban la cara y el agua de las hojas les empapaba la ropa.

El guardia, aún desorientado, disparó un haz de luz ciego hacia los árboles, pero la densidad del bosque de ribera desvió la trayectoria del foco.

Entonces, la tierra tembló.

Un crujido sordo, orgánico, nació del corazón de la montaña. Un sonido de piedra triturada bajo una presión inmensa resonó en el desfiladero. Irene se detuvo y miró hacia atrás a través del follaje húmedo.

En el acueducto, la sillería del cuarto arco, debilitada por los impactos de la barrena y la degradación por ettringita, había comenzado a ceder.

Bajo la luz pálida de la tormenta, una de las dovelas del trasdós se deslizó fuera de su alineación.

Un desplazamiento milimétrico que quebró el equilibrio de cargas de la estructura medieval.

Una cascada de ripios y mortero descompuesto se precipitó hacia el vacío, golpeando las rocas del fondo con el impacto de un alud.

—El arco... —consiguió articular Samuel, con los dientes castañeando por el frío—. Las fuerzas tangenciales se están desviando hacia el estribo. Si el pilar cede, la cúpula inferior se colapsará por completo.

Un nuevo crujido, más agudo, confirmó sus palabras.

Una grieta diagonal comenzó a dibujarse en la caliza del muro lateral, ascendiendo desde la base del cuarto pilar hacia la pasarela superior.

El colapso estructural estaba en marcha; el sabotaje del generador solo había logrado retrasar el desastre unos minutos.

—No podemos volver a la pista —dijo Irene, manteniendo la mano apoyada en la espalda de Samuel para estabilizarlo—. Vance enviará patrullas en cuanto sospechen del generador. Tenemos que bajar al nivel del río por el sendero viejo antes de que la mampostería bloquee el paso.

Se adentraron en la vegetación, descendiendo por la pendiente escarpada.

El suelo, cubierto de tierra suelta y raíces resbaladizas, cedía bajo sus botas.

Samuel caminaba encorvado, protegiendo el costado izquierdo con el brazo derecho, pero sus ojos permanecían fijos en las líneas de la ladera, buscando en la oscuridad cualquier plano de referencia que le permitiera avanzar sin que el pánico al vacío lo paralizara de nuevo.

Detrás de ellos, las primeras linternas del equipo de seguridad comenzaron a barrer el borde de la pista, proyectando dedos de luz blanca que cortaban la niebla sobre sus cabezas. La piedra del acueducto seguía crujiendo, un lamento mineral que marcaba el compás de su huida en la noche.