El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 15La impaciencia del acero #2
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Capítulo 15La impaciencia del acero #2

—He ordenado el inicio inmediato de las perforaciones de percusión en la base del cuarto arco —declaró Vance, cruzando los brazos—.

Abriremos tres pozos de acceso vertical para introducir las cámaras de alta resolución y los brazos de extracción neumática.

Mañana a las seis de la mañana tendremos el núcleo de la cámara fuera, mucho antes de que la ingeniera Bernardi selle las compuertas de fondo.

—¡Es una locura, Vance! —Alzó la voz por encima del zumbido del calefactor—.

La fábrica del acueducto está en un equilibrio crítico.

Las hiladas superiores de caliza sufren una degradación severa por ettringita secundaria debido a las filtraciones de yeso.

Si introduces vibraciones armónicas de alta frecuencia con esas perforadoras de percusión, provocarás un fallo estructural por cizallamiento. El arco colapsará.

—La sillería medieval es más resistente de lo que vuestros manuales académicos sugieren —respondió él, con voz imperturbable—.

Y si cede, que ceda. No estamos aquí para restaurar un monumento del siglo XI, Sterling.

Estamos aquí para asegurar el contenido del Códice para los inversores de Adsum.

Una vez que la pieza esté en nuestro contenedor estanco, el valle puede convertirse en un lago.

—No lo entiendes —insistió Irene, inclinándose hacia él hasta que pudo ver el reflejo de los tubos fluorescentes en las pupilas de Vance—.

Las galerías subterráneas no son estructuras independientes.

Están conectadas al sistema de drenaje del acantilado que acabamos de activar en la atalaya.

Si el cuarto arco colapsa, la presión de la roca desmoronará las bóvedas inferiores.

El agua de la crecida irrumpirá en el subsuelo con la fuerza de un pistón hidráulico.

Sepultarás la cúpula principal bajo millones de toneladas de escombros y lodo.

No quedará nada que extraer. Ni para Adsum, ni para nadie.

Vance la observó durante un largo silencio. La lluvia repicaba sobre la lona de la carpa con una cadencia metálica, compitiendo con el rugido creciente de la perforadora en el exterior.

—Tu preocupación por la integridad física del yacimiento es conmovedora, Irene —dijo Vance, pronunciando su nombre de pila con una condescendencia afilada—.

Pero llega tarde. Tu informe sobre el desierto de Gobi ya mencionaba esa misma tendencia a la vacilación en el último momento.

Te detuviste a documentar un estrato de adobe mientras la tormenta de arena destruía el campamento y costaba millones a nuestros socios.

No voy a permitir que se repita la misma debilidad aquí.

Irene apretó los puños; las costras de lodo seco se agrietaron sobre sus nudillos.

El recuerdo del fracaso en el Gobi, la humillación profesional que la había arrastrado a Adsum, se le instaló como una opresión física en el pecho.

Pero esta vez no era una tormenta de arena lo que amenazaba el hallazgo; era la impaciencia del acero que rugía afuera.

—Geller tenía razón —murmuró ella, con una voz baja y fría—. Adsum solo quiere arrancarle el corazón al templo y dejar que el cuerpo se ahogue.

—La historia pertenece a quien puede pagarla, Sterling —sentenció Vance, volviendo a ponerse los guantes de cuero—. Y ahora mismo, Adsum paga las máquinas.

Se volvió hacia el guardia que custodiaba a Samuel.

—Lleva al doctor Geller al barracón técnico del sector tres. Que el equipo médico le revise el hombro y lo mantenga bajo vigilancia. No quiero que se acerque al acueducto.

El guardia asintió y tiró del brazo de Samuel, obligándolo a ponerse en pie. El restaurador lanzó una mirada a Irene a través de sus cristales empañados antes de que lo empujaran hacia la salida.

Vance caminó hacia la salida de la tienda y se detuvo justo antes de cruzar la lona protectora.

—Tú te quedarás aquí, Irene. Quítate ese neopreno mojado y redacta el informe de transferencia de datos. Tus credenciales de acceso al sistema de operaciones de campo acaban de ser revocadas. Mañana a primera hora estarás en un vehículo de vuelta a la central.

Irene no respondió. Permaneció inmóvil junto a la mesa de campaña mientras los pasos de Vance se alejaban sobre el barro.

A través de la lona, el primer impacto rítmico de la perforadora de percusión contra la piedra del acueducto resonó en la carpa, un golpe seco que hizo temblar la pantalla del monitor topográfico.

El acero golpeaba la caliza, y cada vibración restaba minutos al secreto de la Hermandad.

La vibración no se limitó a la pantalla del monitor; ascendió por las suelas de las botas de Irene, una onda de choque sorda que le tensó los músculos del cuello.

Un segundo impacto sacudió la lona de la carpa.

El agua condensada en el techo goteó sobre la mesa de campaña y empañó el cristal de la tableta.

Si la barrena completaba el tercer ciclo de percusión, la sillería del cuarto arco se desmoronaría sobre la cúpula subterránea antes de que lograran registrar la última coordenada.

Irene se calzó la mochila estanca, guardó el dispositivo en su interior y comprobó que la multiherramienta seguía en la funda de cordura; acto seguido, se deslizó hacia la parte trasera de la carpa. El cierre de cremallera cedió con un gemido metálico que quedó sepultado por el estruendo exterior.

Al salir, la llovizna helada le golpeó el rostro.

El campamento era un hervidero de operarios bajo la luz de los focos de alta intensidad.

A cincuenta metros, la torre de la perforadora Sandvik se alzaba como una aguja de hierro gris, con su barrena de tungsteno girando sobre el trasdós del acueducto.

El fango arcilloso y el aceite hidráulico convertían el terreno en una pista resbaladiza donde cada paso exigía un esfuerzo consciente de equilibrio.

Irene avanzó por el perímetro de las carpas, oculta en la penumbra de los contenedores de obra.

Su objetivo era el remolque del generador principal, un bloque insonorizado de trescientos kilovatios que roncaba a sotavento del acantilado.

De esa línea de tensión dependían los sistemas de refrigeración y los sensores de presión de la perforadora.