Capítulo 15La impaciencia del acero
La impaciencia del acero
Irene Sterling
El aire frío del exterior golpeó el rostro de Irene Sterling con la fuerza de un latigazo húmedo al asomar la cabeza por el *spiraculum*.
Se arrastró fuera del conducto de ventilación; la caliza áspera le arañó el neopreno y los brazos entumecidos por la corriente subterránea.
Al incorporarse sobre la repisa de piedra, sus botas resbalaron en la superficie húmeda.
Una franja de caliza de apenas un metro de ancho quedaba suspendida en la pared vertical del acantilado norte.
A su izquierda, la roca ascendía lisa, sin un solo saliente natural; a su derecha, el vacío se abría sobre el desfiladero, donde el torrente de lodo y agua rugía con violencia, alimentado por la descarga de emergencia de la presa.
La verticalidad de la roca anulaba cualquier vía de escape.
—Geller —susurró Irene, inclinándose sobre la embocadura del pozo de ventilación.
Samuel asomó despacio. Su rostro, cubierto por una pátina de lodo grisáceo, mostraba la palidez de la hipotermia; sus labios tiritaban sin control.
Al apoyar la mano sana en el borde húmedo de la repisa y mirar de reojo el abismo a sus pies, sus dedos se crisparon sobre la roca.
Se quedó inmóvil en la boca del respiradero, con la vista clavada en el vacío y la respiración reducida a un silbido asmático.
La rigidez muscular lo mantenía paralizado, incapaz de dar un paso.
—No mires abajo, Samuel —le ordenó Irene, aferrándolo por las correas del arnés con un tirón seco—. Mantén la vista en la roca. Agárrate a mí.
Tiró de él hacia la sección más protegida de la repisa, mientras sentía la tensión en los tendones de sus propios brazos.
Samuel se encogió contra el paramento vertical, protegiendo el hombro izquierdo lesionado contra la piedra fría y aferrando con la mano derecha la mochila estanca que aún llevaba a la espalda.
Un haz de luz blanca, denso por la llovizna, barrió la pared del acantilado desde arriba hasta detenerse sobre ellos.
La claridad halógena obligó a Irene a cubrirse los ojos con el antebrazo.
El rugido del agua en el fondo del cañón quedó amortiguado por un zumbido mecánico y grave que hacía vibrar la roca bajo sus botas.
Al levantar la vista, Irene contempló el despliegue.
Justo encima, en la plataforma del estribo occidental del Acueducto de las Lágrimas, Adsum Corp había establecido un campamento de operaciones de alta intensidad.
Tres torres de iluminación portátil recortaban la silueta del cuarto arco románico contra la bruma de la tormenta.
El barro de la pista forestal aparecía aplastado por las orugas de dos excavadoras de veinte toneladas, cuyas palas metálicas brillaban bajo la llovizna.
En el centro del claro, un camión de perforación pesada asentaba sus estabilizadores hidráulicos sobre planchas de acero para nivelar la torre de percusión.
Varios operarios con cascos blancos y chalecos de alta visibilidad descargaban barrenas de acero templado, coordinados como un equipo de demolición.
Quedaban menos de cincuenta horas para la inundación del valle; Adsum Corp no pretendía dejar el destino del Códice en manos del agua.
—¡Están ahí abajo! —gritó una voz desde la plataforma superior—. ¡En la repisa del respiradero!
El tintineo de mosquetones y el roce de cables de acero resonaron contra el borde del acantilado.
Dos guardias de seguridad de Adsum Corp, equipados con arneses de descenso rápido, bajaron por la pared vertical mediante un cabrestante portátil.
Sus botas golpearon la estrecha repisa de caliza, bloqueando la única salida de la pareja.
—Señorita Sterling —dijo uno de ellos, con la voz amortiguada por el estruendo del generador diésel—. El señor Vance la está esperando. Aseguren los mosquetones.
Irene miró a Samuel. El restaurador continuaba inmóvil, con los ojos cerrados y los dientes castañeando. Con la clavícula herida, era incapaz de trepar por la pared vertical. No había espacio para negociar sobre aquel abismo.
—Engánchalo a él primero —ordenó Irene, mientras entregaba el cabo de seguridad de Samuel al operario—. Con cuidado. Tiene el hombro izquierdo lesionado.
Los guardias trabajaron con rapidez. Envolvieron a Samuel en un arnés de rescate y activaron el cabrestante.
El historiador ascendió por la pared de piedra, inmóvil y con los ojos cerrados, hasta desaparecer por el borde de la plataforma.
Irene se enganchó al segundo cable. La fuerza del motor eléctrico la elevó en el aire; el viento del norte la balanceó sobre el vacío hasta que sus botas tocaron el fango del campamento.
El aire en la superficie apestaba a gasóleo quemado y aceite hidráulico.
El barro arcilloso se adhería a sus piernas, pesado y helado, mientras dos operarios ayudaban a Samuel a sentarse sobre una caja de herramientas de plástico rígido y lo envolvían en una manta térmica de aluminio que crujía con el viento.
Marcus Vance avanzó sin prisa, resguardado bajo un paraguas de lona negra que sostenía un asistente.
Las sombras duras de los focos halógenos esculpían sus facciones; su mirada fija no ofrecía el menor rastro de alivio al verlos con vida.
Se detuvo a dos metros de Irene. Examinó su traje de neopreno desgarrado, las costras de lodo en sus manos y, finalmente, el anclaje vacío de la tableta táctil en su cinturón.
—Destrozar la antena de tu terminal y arrancarle la tarjeta SIM fue de una ingenuidad asombrosa, Sterling —dijo Vance.
Su voz sonó pausada, cortante—. Creíste que al desactivar el módulo inalámbrico te volverías invisible en el desfiladero.
Olvidaste que Adsum Corp dispone de patrullas de reconocimiento térmico en cada sector del acueducto.
Tu señal desapareció en la cabaña de pescadores, pero vuestro rastro de calor al salir de la galería era demasiado evidente.
Irene sostuvo la mirada. El agua helada resbalaba por la costura de su cuello de neopreno, pero la fijeza en los ojos de Vance resultaba más hostil que el viento que batía el acantilado exterior.
—No estábamos huyendo, Vance —dijo ella, apretando la mandíbula para contener el temblor—. Estábamos completando el registro del segundo hito. La señal inalámbrica se perdió por las interferencias del cañón, no por sabotaje.
Vance no rebatió la mentira. Con un ademán imperceptible de la mano libre, indicó a los guardias que los condujeran hacia la carpa de mando.
El interior de la lona reforzada estaba caldeado por un calefactor de gasóleo que zumbaba con un olor denso y dulzón.
La luz de los tubos fluorescentes, suspendidos de la estructura de aluminio, parpadeaba de forma irregular y proyectaba sombras temblorosas sobre las mesas de campaña.
Dos operarios guiaron a Samuel hacia un banco de madera en el rincón más alejado, bajo la vigilancia de un guardia.
El restaurador se acurrucó bajo una manta térmica; el material metalizado crujió con fuerza mientras él fijaba la vista en el suelo embarrado, con la respiración entrecortada por la hipotermia.
Vance se colocó detrás de la mesa central, donde reposaban las pantallas de monitorización de presión hidrostática y un mapa topográfico tridimensional del acueducto.
—He dedicado tres años de presupuesto de Adsum Corp a este proyecto, Sterling —empezó Vance, con una calma que erizó la nuca de Irene.
Se quitó los guantes de cuero fino y los dejó sobre la mesa, junto a la tableta rugerizada de Irene, que ahora mostraba la antena de cobre rota—.
No voy a permitir que la campaña se hunda en el fango de este desfiladero porque te hayas dejado influenciar por el romanticismo trasnochado de un epigrafista de universidad.
—Geller no es un obstáculo, es la única herramienta que tenemos —replicó Irene, dando un paso hacia la mesa—.
Los escaneos LiDAR no sirven de nada sin la corrección astronómica de la Hermandad.
El relieve del pilar central de la torre no utiliza el norte magnético actual.
Si intentas triangular el tercer punto sin su traducción, estarás buscando a ciegas.
—Ya no estamos buscando, Sterling. Hemos encontrado.
—Vance pulsó una tecla en la consola de control.
La pantalla mostró un renderizado del cuarto arco del acueducto, con una retícula roja superpuesta que parpadeaba en el punto de unión con el estribo de la montaña—.
La anomalía de densidad que registraste antes de apagar tu terminal es lo suficientemente clara.
El núcleo del estribo está hueco. Hay una cámara de distribución justo debajo de la sillería de granito.
Irene apoyó las palmas sobre el borde de aluminio de la mesa; el metal frío no logró calmar la súbita rigidez de sus músculos.
—Esa cámara funciona como un vaso de expansión para la presión del río —advirtió—. Si alteras su equilibrio de cargas...
—No vamos a alterar nada. Vamos a extraerlo. —Vance señaló a través de la sección transparente de la lona.
En el exterior, el camión de perforación pesada Sandvik comenzó a elevar su torre de percusión de ocho metros.
El motor diésel de doce cilindros bramó con un rugido sordo que hizo vibrar los vasos de plástico sobre la mesa de campaña.
El suelo de la carpa, reblandecido por la lluvia, transmitió la oscilación directamente a las rodillas de Irene.
Dos operarios con cascos protectores ajustaban una barrena de acero templado de quince centímetros de diámetro; su extremo de carburo de tungsteno brillaba bajo los focos halógenos.