Capítulo 14El Acueducto de las Lágrimas #3
A tres metros, sobre el arco de la compuerta derecha, la sillería cambiaba.
Dos hiladas de caliza pálida se interrumpían ante un dintel monolítico de dos metros de largo.
Debajo, la mampostería retrocedía sesenta centímetros, formando una estrecha repisa de ventilación paralela a la clave de la bóveda.
—¡Allí arriba! —gritó Samuel, apuntando con su linterna—. ¡El mechinal de inspección, bajo el dintel!
Irene siguió el haz de luz. La repisa distaba dos metros del agua, pero el margen se reducía. El caudal les rozaba las axilas; la presión aplastaba sus pechos contra el paramento, dificultando cada inspiración.
—¡No hay apoyos en esta pared, Samuel! —gritó ella, mientras buscaba una hendidura con las botas—. ¡La caliza está pulida a hueso!
—Yo te guiaré. Sube primero —ordenó Samuel, arrastrándose contra la corriente hasta colocarse bajo la abertura—. Apoya el pie en mi rodilla. Usa mi hombro sano.
La sujetó por la cintura con el brazo derecho para sostenerla y la empujó hacia el muro.
—¡El pie izquierdo en mi rodilla, ahora! —bramó. El peso de Irene aplastó su articulación contra el granito húmedo.
Con un esfuerzo que le hizo crujir la espalda, Samuel se estiró para servir de soporte. Con la mano libre, guió el pie de Irene hacia una muesca en la sillería: una marca de cantero de la Hermandad.
—¡Ahí, a la derecha! ¡Arriba! —la empujó por la base de la mochila con la fuerza de su brazo sano.
Irene alcanzó el dintel de caliza. Samuel sostuvo su pie, amortiguando la oscilación hasta que ella plantó las rodillas en la repisa y se arrastró al interior del nicho.
Un instante después, la mano de Irene descendió desde la penumbra.
—¡Dame la mano, Samuel! ¡Sube!
Samuel alzó el brazo derecho. Al mirar arriba para calcular la distancia, el vértigo lo golpeó.
La oscuridad confinada, el haz de luz oscilante sobre el agua y la perspectiva vertical de la repisa suspendida desencadenaron el pánico.
El espacio se estiró; la repisa flotaba a una altura inalcanzable, mientras el torrente a la altura de su pecho se transformaba en el abismo de la catedral alemana, el vacío negro que ya una vez había intentado devorarlo.
El aire se congeló en sus pulmones. Sus dedos se aferraron a la piedra húmeda, rígidos.
—No puedo... —susurró, con la voz ahogada por el rugido del agua—. No tengo apoyo. El hombro...
—¡Mírame a mí, Geller! —ordenó Irene—. ¡Olvida el agua! ¡No mires abajo! Calcula la cota. Son solo dos metros de sillería regular. Las hiladas miden treinta centímetros. Son seis hiladas, Samuel. Solo seis.
Samuel parpadeó para limpiarse el agua arcillosa de la frente.
Se concentró en las juntas horizontales, en las líneas ortogonales que dividían el muro.
Seis hiladas de treinta centímetros. Un vector vertical.
La gravedad era constante; la fricción de las botas contra la caliza, aunque reducida, permitiría un empuje diagonal si aplicaba la fuerza en el ángulo correcto.
Apretó los dientes, ignorando la pulsación ardiente de la clavícula. Clavó la puntera de la bota en la junta de la tercera hilada, ya sumergida, y estiró el brazo derecho.
Los dedos de Irene se cerraron sobre su muñeca con un agarre firme.
—¡Ahora! —gritó ella.
Samuel se impulsó con la pierna derecha, cargando el esfuerzo en su costado sano.
El hombro izquierdo protestó con un latigazo que le arrancó un gemido, pero mantuvo el agarre.
Apoyó la rodilla en el borde de la repisa.
Irene tiró de su arnés para arrastrarlo al interior del nicho justo cuando una nueva cresta de agua golpeaba el dintel, sepultando el espacio donde un segundo antes estaban sus cabezas.
Quedaron tendidos boca abajo sobre la caliza fría, jadeando, con los cuerpos empapados por el temblor del esfuerzo.
Debajo, el canal se había convertido en un tubo de presión cerrado.
El agua pasaba rugiendo, golpeando el intradós de la bóveda con un impacto constante que hacía vibrar la repisa.
El espacio libre para respirar, apenas treinta centímetros entre la losa y el techo, se llenó de una niebla fría que dificultaba cada bocanada.
Samuel apoyó la mejilla en la piedra áspera. El olor a cieno era espeso, pero el paramento estaba seco, libre del limo de las galerías inferiores.
—Estamos por encima de la cota de la crecida —dijo, con la voz rota—. La Hermandad diseñó esta repisa como cámara de aire. La presión del agua no puede subir más allá del dintel sin comprimir el aire de este nicho.
Irene, con las rodillas pegadas al pecho, encendió la tableta manteniéndola protegida bajo su cuerpo. La pantalla iluminó sus rostros pálidos, cubiertos de barro gris.
—La vibración en el exterior aumenta —señaló una línea roja que oscilaba en el gráfico—. Vance opera en la superficie. Las perforadoras pesadas ya deben de estar en la pista del acueducto. Si el agua no baja en dos horas, bloquearán el acceso exterior antes de que podamos salir.
Samuel miró hacia el fondo de la repisa. La estrecha galería de caliza se prolongaba hacia la oscuridad, ascendiendo en una pendiente suave que se adentraba en el corazón de la montaña. El viento exterior, filtrado por algún conducto, trajo el eco metálico de un motor de percusión.
La cuenta atrás seguía corriendo en la oscuridad del subsuelo.