El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 16El respiradero de la tierra #3
68%

Capítulo 16El respiradero de la tierra #3

Samuel desenganchó el mosquetón de su arnés con un movimiento rápido y tiró de la cuerda de nailon. El extremo libre cayó desde la penumbra, hundiéndose en el agua con un chapoteo sordo. Arriba, los gritos de los operarios se alejaron unos metros, buscando otra vía de descenso por la ladera.

Quedaron a oscuras, sumergidos hasta las rodillas en una galería donde el agua fluía con un murmullo rítmico. Irene buscó en el bolsillo estanco de su pernera y encendió la linterna táctica, orientando el haz hacia el suelo para evitar que el reflejo ascendiera por el pozo de ventilación.

Samuel extrajo sus gafas del bolsillo de la chaqueta.

Estaban cubiertas de una película de condensación y lodo arcilloso; las frotó con cuidado contra la parte interior de su camisa, la única zona que permanecía seca, y se las colocó.

Los perfiles de la piedra se definieron bajo la luz de la linterna.

La galería no superaba el metro y medio de ancho. La bóveda, de roca caliza rugosa, presentaba las formas sinuosas de una cavidad kárstica modelada por corrientes subterráneas a lo largo de milenios. Sin embargo, al desplazar el haz de luz hacia las paredes laterales, Samuel frunció el ceño.

Dio dos pasos cojeando, arrastrando la pierna izquierda por el fondo cubierto de lodo. Su mano derecha recorrió la superficie de la roca húmeda.

—Mira esto, Irene —señaló una sección del paramento a la altura de su pecho.

La erosión natural del agua en la caliza suele generar festones suaves, formas cóncavas y superficies pulidas por la fricción de los sedimentos.

Pero allí, bajo una fina costra de carbonato cálcico y líquenes ciegos, la piedra presentaba una planimetría rigurosa.

Había marcas verticales, estrías paralelas de tres centímetros de ancho dispuestas en un ángulo constante de cuarenta y cinco grados.

—Son huellas de escoda —observó Irene, inclinándose sobre el paramento—. Herramientas de cantero medieval.

—No solo ensancharon la galería natural —explicó Samuel, deslizando los dedos por las estrías para sentir la profundidad del corte—. Corrigieron la sección. Redujeron las turbulencias del flujo de retorno tallando la roca viva. Es un canal de derivación de alta capacidad diseñado por la Hermandad.

Se agachó con dificultad, protegiendo el hombro lesionado contra su costado, y hundió el brazo derecho en el agua helada. Sus dedos palparon el fondo de la galería, buscando el perfil del lecho de piedra.

A unos centímetros bajo el nivel del agua, el lodo del fondo desaparecía, sustituido por una superficie escalonada.

Samuel recorrió con la palma de la mano la arista de un peldaño de piedra tallado directamente en la roca del suelo.

Midió la distancia hasta el siguiente con la envergadura de sus dedos: exactamente un palmo y medio.

—Han tallado gradas en el fondo —dijo, alzando la vista hacia Irene—.

No son para caminar. Son escalones de disipación de energía.

La Hermandad diseñó este tramo para romper la velocidad del agua cuando el nivel del embalse exterior asciende y el reflujo intenta entrar con fuerza en las galerías inferiores.

Cada grada genera un vórtice que frena la masa de agua sin necesidad de compuertas móviles.

—Una válvula hidráulica pasiva del siglo XI —concluyó Irene, mientras registraba la sección con la cámara de su tableta—. Sin piezas de metal que puedan oxidarse o bloquearse con el cieno.

—Y con el nivel del embalse subiendo a cuarenta centímetros por hora, este sistema es lo único que nos separa de quedar sepultados bajo el agua en menos de dieciséis horas —añadió Samuel, incorporándose con un gemido amortiguado.

La clavícula seguía latiéndole a cada paso, pero la contemplación de aquel diseño medieval mitigaba el dolor físico—.

El agua es el único motor y el propio freno del sistema.

La linterna de Irene barrió la galería hacia el oeste, donde el conducto descendía en una pendiente suave pero constante.

El vapor que exhalaba la tierra se movía allí en un flujo laminar, empujado por una corriente de aire frío que siseaba a nivel del agua.

La salida al exterior estaba lejos, pero el sistema de drenaje funcionaba con la precisión de un reloj de arena.

De pronto, un impacto sordo y rítmico vibró en la base del cráneo de Samuel. No era el murmullo del agua ni el eco de la tormenta en el exterior. Fue una pulsación metálica, un golpe seco que se transmitió directamente a través de las suelas de sus botas y la roca caliza de las paredes.

*Clanc. Clanc. Clanc.*

El suelo de la galería tembló bajo sus pies y desprendió una fina lluvia de polvo calcáreo de la bóveda que siseó al caer sobre la superficie del agua.

Tres segundos después, el impacto se repitió con mayor intensidad, seguido por un zumbido agudo y continuo, una vibración de alta frecuencia que hizo vibrar los cristales de las gafas de Samuel.

En la superficie, la barrena de tungsteno del camión de percusión de Adsum Corp acababa de morder la sillería del cuarto arco del acueducto.