El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 14El Acueducto de las Lágrimas
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Capítulo 14El Acueducto de las Lágrimas

El Acueducto de las Lágrimas

Dr. Samuel Geller

El primer paso hacia la negrura no fue una caída, sino una negociación milimétrica entre la suela de su bota y el plano inclinado de la caliza húmeda.

El hombro izquierdo, envuelto en el vendaje improvisado que acumulaba el sudor de la caminata, protestó con un pinchazo agudo cuando Samuel apoyó el antebrazo contra el paramento curvo.

Apretó los dientes, conteniendo el gemido para no alertar a Irene, quien aguardaba justo detrás de él en la embocadura del pozo.

El ojo de la escalera, ese vacío cilíndrico que descendía por el centro de la espiral, se abría a su izquierda.

Aunque la oscuridad devoraba los detalles más allá de los tres primeros metros, Samuel sentía la masa de aire suspendida a su lado, una ausencia de materia que su cerebro traducía en una fuerza de atracción lateral.

La opresión en el esternón volvió, pesada y rítmica, exigiéndole acortar la respiración para no perder el equilibrio.

—Mantén el contacto —se ordenó, mientras el murmullo del viento se filtraba desde el exterior.

Su mano derecha, enguantada en el nitrilo gastado, no se despegó del muro.

La piedra estaba fría, impregnada de una película de agua condensada que arrastraba el polvo acumulado y le daba un tacto jabonoso.

Con cada paso, Samuel deslizaba los dedos por la superficie de la caliza y buscaba las marcas paralelas del cincel medieval.

Esas estrías sutiles eran su único mapa en la penumbra; le indicaban que la piedra seguía allí, sólida, ajena a la fragilidad de sus nervios.

Detrás de él, el haz de la linterna táctica de Irene recortó su silueta contra el paramento.

El círculo de luz blanca bailaba sobre los escalones y revelaba la sutil pendiente de grado y medio destinada al drenaje activo.

La humedad brillaba sobre las superficies pulidas, transformando la caliza en un espejo oscuro.

—El aire está cargado —dijo Irene. Su voz llegó amortiguada por la estrechez del conducto, desprovista del eco metálico de la atalaya—.

Hay demasiado dióxido de carbono acumulado aquí abajo.

Si la llama de un fósforo se apagara, tendríamos un problema, pero los sensores de la tableta no registran niveles críticos todavía. Vigila tu ritmo, Samuel.

—No es el aire lo que me acelera el pulso, Sterling —contestó él, mientras se detenía para tantear el siguiente peldaño con la puntera de la bota—.

Es la pendiente. Los canteros de la Hermandad redujeron la huella de los peldaños a medida que se acercaban al ojo de la espiral.

Si pisas demasiado a la izquierda, la inclinación te escupirá hacia el centro del pozo.

Mantén el cuerpo pegado al paramento exterior.

—Entendido. Te sigo.

Siguieron bajando. Cada vuelta de la espiral parecía idéntica a la anterior, un bucle de piedra que se enroscaba en el interior del desfiladero.

Samuel estimó que ya habían descendido unos quince metros desde el nivel de las cretas del acueducto.

La temperatura caía con cada tramo; el calor residual del esfuerzo físico se disipaba ante la corriente de aire que subía del fondo, un viento húmedo que olía a lodo y a hierro oxidado.

El murmullo del agua, que arriba parecía un susurro lejano, se transformó en un golpeteo sordo y constante.

El sonido se propagaba a través de la propia roca, una vibración de baja frecuencia que Samuel sentía en las plantas de sus pies antes de que llegara a sus oídos.

Era el río Roca, confinado por la ingeniería del siglo XI.

El reloj corría de manera implacable en su mente.

Eran poco más de las siete de la tarde del miércoles.

Menos de diecisiete horas separaban al valle de la inundación definitiva.

Si Lucía Bernardi y su equipo técnico procedían al sellado de las compuertas de fondo el jueves a mediodía, cualquier estructura por debajo de la cota ciento ochenta se convertiría en un sumidero inhabitable.

No había margen para el error, ni para la vacilación física que su hombro izquierdo le imponía con cada movimiento brusco.

La sillería aquí abajo mostró un cambio de aparejo.

Los bloques de caliza gris dieron paso a hiladas de granito oscuro, el mismo material que habían identificado en el receptor óptico exterior.

Las juntas eran casi invisibles, ajustadas a hueso, sin apenas mortero que las uniera.

La precisión de la estereotomía impedía introducir la punta de su espátula de bambú entre los bloques.

Era un diseño pensado para resistir presiones hidrostáticas formidables, utilizando el peso de la montaña como contrapeso natural.

El pie de Samuel no encontró un nuevo peldaño, sino una superficie horizontal y líquida.

El agua helada le cubrió el empeine, penetrando la lona de la bota con una punzada fría que le recorrió la columna vertebral. Se detuvo y mantuvo el equilibrio sobre el último escalón.

—Hemos llegado al final de la escalera —anunció, mientras se agachaba para evitar la bóveda, situada a poco más de metro ochenta de altura.

El haz de luz de Irene pasó por encima de su hombro e iluminó el espacio que se abría ante ellos.

No era una cueva natural, sino una galería abovedada de sillería regular, un canal de distribución medieval conservado.

El agua arcillosa, libre de sedimentos gruesos, corría con una fuerza constante, cubriéndoles los tobillos y golpeando con un chapoteo rítmico las paredes de granito.

Irene bajó el último peldaño y se colocó a su lado. El agua salpicó sus pantalones impermeables cuando asentó los pies en el lecho del canal. Dirigió la linterna hacia la corriente y observó cómo el flujo se deslizaba hacia la oscuridad del corredor.

—Es un canal de derivación —dijo, mientras se ajustaba la mochila estanca sobre los hombros—. La pendiente es constante y el flujo es laminar. No hay turbulencias ni remolinos, lo que significa que el lecho está libre de derrumbes. Al menos en este sector.

—La Hermandad diseñó esto con una sección autolimpiante —explicó Samuel; su voz resonaba con claridad metálica bajo la bóveda de granito—.

Si la velocidad del agua cae por debajo de cierto límite, el lodo se acumula y bloquea el flujo.

Mantener una corriente constante era la única forma de asegurar que el sistema no se colmatara. Pero mira las paredes.

Señaló hacia el paramento derecho. A unos treinta centímetros por encima del nivel actual del agua, una línea de depósitos de carbonato cálcico marcaba el límite histórico del flujo.

Por encima de esa marca, la piedra estaba limpia, pero en el límite de la humedad, una serie de caracteres rúnicos aparecían grabados en el granito a intervalos regulares.

Samuel se inclinó, pese al pinchazo en el hombro al flexionar el torso. El agua helada le empapaba los pantalones hasta la mitad de la pantorrilla. Las incisiones, en forma de pez, tenían la cola orientada en el sentido de la corriente.

—No son marcas de propiedad —murmuró, pasando los dedos por el relieve húmedo—. Son indicadores de caudal. La Hermandad medía la presión del sistema observando qué marcas quedaban sumergidas.

—Y ahora mismo estamos a solo una marca del límite histórico —observó Irene, apuntando con la linterna hacia una de las incisiones que apenas sobresalía tres centímetros de la superficie del agua—.

Si la presa sigue liberando caudal en el exterior, este canal se llenará por completo en cuestión de horas.

Avanzaron por el canal, con el agua oponiendo una resistencia constante a cada avance.

El lecho, pavimentado con grandes losas de granito pulido, resultaba resbaladizo debido a una delgada capa de limo que obligaba a Samuel a arrastrar los pies para asegurar el paso.

A lo lejos, el pasadizo parecía curvarse hacia el oeste, adentrándose en el interior del acantilado, donde el olor a hierro oxidado se hacía cada vez más denso.

La emanación metálica del agua estancada se materializó en una barrera física cuando Samuel dobló el recodo de la galería.

Su bota izquierda resbaló en el fango acumulado sobre las losas de granito; apoyó la mano derecha contra el paramento húmedo para frenar la caída.

Un latigazo agudo en la clavícula izquierda le devolvió el recuerdo de la mampostería que casi lo aplasta en la atalaya.

Apretó los dientes, contuvo el gemido y exhaló despacio mientras el haz de su linterna temblaba sobre la superficie del agua.

El caudal ya les superaba las pantorrillas. La corriente, antes laminar, generaba ahora turbulencias que golpeaban sus piernas con una fuerza sorda y constante. El frío del agua helada ascendía por los huesos, entumecía sus gemelos y ralentizaba cada uno de sus pasos en la oscuridad.

—Samuel, el agua sube más rápido —dijo Irene a sus espaldas. Su voz sonaba amortiguada por la densa humedad que se adhería a las paredes de la bóveda—. La vibración en la sillería ha aumentado. La presa debe de estar liberando más flujo por los aliviaderos inferiores.

Samuel no respondió de inmediato. Se concentró en pautar la respiración.

La estrechez del conducto, con apenas un metro de aire entre el agua y el intradós de la bóveda, le oprimía el pecho.

No era el vacío del acantilado, sino el peso de las toneladas de piedra y agua sobre sus cabezas lo que amenazaba con paralizarlo.

Buscó las juntas de los sillares y se aferró a la ortogonalidad de la fábrica medieval para estabilizar el pulso y alejar el pánico.

A cinco metros, la galería se ensanchaba antes de dividirse en dos conductos más bajos. Una bifurcación hidráulica pura.