Capítulo 13El veredicto del sol #3
Desde las profundidades ascendía una vibración sorda, ajena al viento exterior o al retumbar de la presa de Vila de la Roca.
Un murmullo líquido, el eco del agua corriendo a gran velocidad por un conducto confinado, golpeaba las paredes de piedra con una cadencia que hacía oscilar la columna de aire frío.
—Agua —murmuró Samuel. La humedad empañó de inmediato sus gafas. Se las quitó, las limpió con el dobladillo de la camiseta y se las volvió a colocar—. No es una filtración estática. Hay una corriente activa ahí abajo.
Irene consultó la pantalla de su tableta, que reflejaba la topografía del LiDAR.
—Según el modelo de elevación, esta sección del acueducto conecta con el drenaje de la cota ciento ochenta —señaló una línea azul discontinua que cruzaba la base de la montaña en el gráfico tridimensional—.
Si el mecanismo que activaste ha liberado el flujo interno, el agua del canal superior se está desviando hacia las galerías inferiores.
—Un sistema de seguridad hidráulica —dedujo Samuel—. La Hermandad no solo quería ocultar el Códice; protegían la estructura del acueducto de las crecidas del río Roca. Al abrir esta compuerta, el exceso de presión se canaliza hacia el subsuelo. Pero eso significa que el camino...
—Es la propia tubería de desagüe —completó Irene—. Una conducción de piedra del siglo XI.
Samuel tragó saliva, con la garganta seca a pesar de la lluvia. Estaban a punto de descender por un conducto diseñado para evacuar agua a alta presión, justo cuando el nivel del embalse exterior aumentaba cuarenta centímetros por hora.
—Si las compuertas de la presa se cierran mañana al mediodía —advirtió Samuel, señalando el frente de tormenta que devoraba las últimas luces del día—, el reflujo del río inundará las galerías en minutos.
El agua subirá por este pozo como por un émbolo.
Esto no es solo un acceso, Sterling. Es una trampa hidráulica autolimpiable.
Si nos quedamos atrapados abajo cuando el nivel alcance la cota crítica, no saldremos vivos.
—Vance tiene las excavadoras a menos de dos kilómetros —respondió Irene, sin desviar la linterna de la boca del pozo.
La luz recortaba su perfil firme, sin rastro de vacilación—.
Mañana a las ocho empezarán a perforar la base del cuarto arco.
Si esperamos a que aclare, nos arrestarán o veré cómo sus operarios revientan esta sillería con las perforadoras.
Destruirán la clave de bóveda y todo lo que hay debajo quedará sepultado. No tenemos otra ruta, Samuel.
El restaurador contempló la abertura. El vértigo dio paso a una claustrofobia punzante ante aquel cilindro de caliza hundido en las entrañas de la montaña.
No había barandillas ni espacio para maniobrar si el hombro le fallaba.
Cada peldaño exigiría confiar a ciegas en la adherencia de la suela sobre la piedra húmeda y centenaria.
Se frotó el hombro, donde el músculo inflamado se resistía al movimiento.
—El descenso debe ser pausado —dijo Samuel, con voz medida para contener el temblor—.
La espiral de la escalera sigue una proporción áurea.
Los peldaños son más estrechos junto al eje central, el ojo, y se ensanchan hacia el muro exterior.
Debemos mantener el pie izquierdo pegado a la pared para maximizar el apoyo.
—Yo abriré camino —propuso Irene, ajustándose la mochila estanca—. Mi linterna tiene suficiente autonomía y puedo marcarte los puntos resbaladizos.
—No —la interrumpió Samuel, con firmeza—. Yo iré delante.
Ella arqueó una ceja, pero no replicó. Si iba detrás, la visión de la espalda de Irene descendiendo hacia el abismo, sin un plano de referencia visual, desencadenaría el pánico.
Necesitaba tocar la piedra primero, sentir la inclinación de cada sillar con sus manos y leer el camino con el tacto antes de que el vacío le nublara el juicio.
—Tengo que liderar, Sterling —insistió, señalando la libreta que asomaba en su mochila—. Las marcas de nivelación de la Hermandad suelen estar grabadas en el paramento derecho. Si tú vas delante, tus botas podrían borrar el limo que las hace legibles.
Irene lo observó unos segundos en silencio. El viento del norte trajo un nuevo latigazo de lluvia que repicó contra el granito oscuro del acueducto. A lo lejos, el rugido de los motores diésel de Adsum Corp avanzó por la ladera del desfiladero.
—De acuerdo —dijo ella, dándole espacio—. Pero mantén el ritmo. Si escuchas que el sonido del agua cambia de tono, nos detenemos. Un cambio en la resonancia significa que el flujo se acelera.
Samuel asintió. Se deslizó hacia el interior de la abertura, apoyado en los bordes de la losa. El aire que ascendía del subsuelo le enfrió el sudor de la frente con un soplo húmedo que olía a piedra vieja y a corrientes profundas.
Colocó el pie derecho en el primer peldaño. La caliza, aunque húmeda, resistió bajo la suela. Con el hombro apoyado contra la pared curva del pozo, descendió, dejando que la oscuridad del subsuelo lo envolviera centímetro a centímetro.
Debajo de él, el murmullo del agua subterránea ascendió por la espiral de piedra como un susurro constante, un metrónomo líquido en su descenso hacia el corazón de la Hermandad.