El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 10La trampa de la marea #2
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Capítulo 10La trampa de la marea #2

«Opción dos: descenso por cuerda». Miró hacia el portalón.

La cuerda semiestática ya no colgaba hacia el vacío; el viento la mantenía casi horizontal, como un látigo de nailon que restallaba contra el muro exterior.

Sin un punto de anclaje inferior, cualquier intento de rápel los dejaría suspendidos sobre un torrente de escombros que los trituraría contra la roca.

Estaban atrapados en una aguja de piedra de noventa metros de altura, y el agua seguía subiendo.

Tomando como referencia las marcas de la roca en el acantilado opuesto, calculó la velocidad de la inundación: el nivel ascendía un metro cada pocos segundos.

El desfiladero era demasiado estrecho para absorber la descarga de los aliviaderos; el agua se acumulaba en vertical, buscando espacio para expandirse.

—Samuel, mírame —Irene se arrodilló frente a él, bloqueando el suelo con su cuerpo—.

Tenemos menos de diez minutos antes de que la presión hidrostática comprometa la estabilidad del espolón.

Necesito que pienses. La Hermandad no diseñó esta torre solo para regular el agua; sabían lo que la presión del acuífero podía hacerle a la piedra.

Tiene que haber una salida de emergencia.

Samuel levantó la vista despacio. Sus ojos, tras los cristales empañados, estaban dilatados por el pánico, pero la mención de la Hermandad tensó sus facciones. Sus labios se movieron antes de lograr articular las palabras.

—El... el pozo de oscilación —consiguió decir—. El agua... si el nivel sube fuera, la presión hidrostática se igualará dentro del pilar. El contrapeso...

Un borboteo profundo, como una succión surgida del centro de la cámara, interrumpió sus palabras.

Irene se volvió hacia el pilar octogonal. El agua, de un marrón arcilloso, brotaba por la junta milimétrica del disco de bronce que mostraba el relieve del compás y la escuadra. Un chorro a presión salpicaba las losas de caliza y se extendía en un círculo húmedo hacia las botas de Samuel.

El agua subterránea, empujada por la crecida del desfiladero y la apertura de las compuertas, ascendía por el pozo cilíndrico del interior de la columna. El tubo de equilibrio diseñado por la Hermandad funcionaba, pero el volumen de la inundación superaba la capacidad de drenaje del sistema.

Samuel se encogió y apartó las piernas del agua que avanzaba por el pavimento. Su mano izquierda seguía presionando el hombro lesionado, pero sus ojos ahora seguían el flujo del líquido con fijeza, concentrado en el movimiento del agua para ignorar el vacío exterior.

—El agua sube por el conducto interno —dijo Irene—. En menos de cinco minutos llegará a nuestros tobillos. Samuel, si el pilar se llena, la presión reventará la sillería desde dentro.

—No —Samuel negó con la cabeza, apretando los dientes mientras se incorporaba apoyándose en el pilar—.

La Hermandad... dominaba la hidráulica. No construirían un sistema cerrado sin un alivio de presión.

El diario del prior habla de un conducto de retorno.

Un canal de descarga para evitar el colapso por sobrepresión.

Irene miró el agua que ya cubría las primeras losas del pavimento circular.

Su tableta robustecida, olvidada sobre la repisa de piedra, parpadeó con una alerta de proximidad.

El transceptor registraba una vibración creciente de baja frecuencia: la base de la torre sufría microfracturas por el empuje del agua en el desfiladero.

Los arneses de duraluminio, las comunicaciones por satélite y los protocolos de Adsum Corp eran inútiles en el interior de aquella chimenea de piedra del siglo XI, que comenzaba a convertirse en un pozo a presión.

El agua turbia ya rozaba las suelas de sus botas de montaña. Irene miró a Samuel; la fijeza de su rostro confirmaba lo que ambos sabían: la única salida de aquella trampa no estaba en el aire exterior, sino en las profundidades de la piedra que se inundaba bajo sus pies.

El frío del agua fangosa atravesó el caucho de las botas.

Irene dio un paso lateral sobre las losas resbaladizas; la marea ya cubría los tobillos de Samuel.

El caudal marrón brotaba de las juntas del pavimento, arrastrando partículas de mortero y detritos acumulados durante siglos.

El nivel ascendía, pulgada a pulgada, lamiendo la base del fuste octogonal.

Irene descolgó la tableta de la repisa de piedra y la aseguró en su arnés táctico.

En la pantalla, el software de mapeo tridimensional parpadeaba con una señal de error; el sensor electromagnético, incapaz de penetrar el lodo, proyectaba estática gris.

La tecnología de Adsum Corp se reducía a un lastre de plástico y silicio ante la presión del desfiladero.

—Perdimos la señal con la unidad móvil —dijo Irene, alzando la voz sobre el rumor sordo del pozo—. Vance no enviará ayuda, Samuel. El protocolo prohíbe aproximarse al acantilado con este viento. Estamos solos.

Samuel no la miró. Con el hombro rígido por la lesión, permanecía encorvado sobre la libreta de lona impermeable.

Sus dedos entumecidos pasaban las páginas húmedas con cuidado minucioso.

Las gafas, salpicadas por el rocío, resbalaban por el puente de la nariz; se las recolocó con un gesto mecánico, sin apartar la vista de los diagramas copiados del diario del prior.