Capítulo 10La trampa de la marea
La trampa de la marea
Irene Sterling
El aullido de la sirena de la presa rasgó la niebla, un tono grave que rebotaba contra las paredes cilíndricas de la cámara alta. La vibración ascendía por el pilar octogonal; un temblor rítmico que hacía tintinear las herramientas metálicas sobre las losas de caliza.
Irene Sterling dio un paso hacia el portalón abierto, pero el viento del norte la obligó a encoger los hombros.
La lona de su chaqueta, empapada, pesaba sobre su arnés técnico.
A su espalda, Samuel permanecía de rodillas junto al fuste de piedra, con una mano apoyada en la junta del disco móvil y la otra presionando su hombro izquierdo lesionado.
Su rostro, iluminado por el reflejo azul de la tableta rugerizada, tenía la rigidez de la caliza que acababan de limpiar.
Irene llevó la mano al bolsillo estanco de su pecho. Extrajo la radio táctica de alta frecuencia, un terminal de polímero negro. El indicador de señal parpadeaba en el límite de la recepción.
—Vance, aquí Sterling. Responde.
Solo obtuvo un siseo de estática que se mezclaba con el silbido del viento.
Irene se acercó dos pasos más al umbral del arco de medio punto, desafiando la corriente de aire que arrastraba microgotas de agua.
Abajo, la niebla se arremolinaba en el vacío como agua en un caldero.
La densidad de la bruma borraba las rocas basálticas y el oleaje, dejando únicamente el eco del mar y el lamento de la sirena.
—Vance, si recibes esta transmisión, necesito un informe de estado. La alarma de evacuación de la presa vieja está activa. Repito, la alarma está activa.
La estática se cortó con un chasquido. La voz de Marcus Vance emergió del altavoz con la cadencia pausada y quirúrgica de las salas de juntas de Adsum Corp.
—Te recibo, Irene. Estábamos a punto de iniciar el protocolo de llamada activa contigo. ¿Cuál es vuestra posición exacta?
—Cámara alta de la atalaya norte —Irene mantuvo la vista en el vacío brumoso—. Hemos localizado el segundo hito. El mecanismo del pilar central funciona, pero la presión hidrostática varía de forma anómala. ¿Qué ocurre en la central?
Un breve silencio dio paso al tecleo y a voces amortiguadas al otro lado de la línea.
—La manipulación de las válvulas medievales ha provocado un transitorio hidráulico en la red subterránea —la voz de Vance mantenía su habitual frialdad—.
Los sensores de la presa vieja registran un pico de presión de doce bares.
El vaso del embalse sufre un empuje lateral que compromete el estribo izquierdo de la estructura.
Irene apretó el chasis de la radio; sus dedos entumecidos se hundieron en el plástico rugoso.
—¿La presa vieja corre riesgo de colapso por cortante?
—La dirección técnica no va a esperar a comprobarlo. Bernardi ha firmado la orden hace cinco minutos. Para evitar un fallo estructural en la base, han decretado un desvío de emergencia.
—¿Un desvío de emergencia? —Irene retrocedió un paso, alejándose del umbral—. Vance, el único canal de desagüe auxiliar que no está obstruido por las obras del nuevo embalse es el desfiladero inferior. El que corre directamente bajo esta atalaya.
—Exacto. Van a liberar dos mil quinientos metros cúbicos por segundo por los aliviaderos de fondo del canal norte. El flujo se dirigirá en su totalidad hacia el desfiladero inferior para aliviar la carga del vaso principal.
Un latido violento golpeó el pecho de Irene. Visualizó el mapa tridimensional del cañón: una garganta estrecha de paredes verticales de caliza, un embudo natural perfecto para encajonar el agua.
—Vance, escucha —el susurro de Irene compitió con el rugido de la sirena—.
El sendero de los canteros corre por la base de la garganta.
Si abren los aliviaderos, la sección inferior del acantilado quedará sumergida en minutos.
La escalera exterior de la atalaya ha colapsado; no tenemos vía de descenso.
—Lo sé —la respuesta de Vance llegó seca—. El equipo de seguridad ya ha evacuado el barracón técnico y los vehículos se retiran hacia la cota doscientos cincuenta. No hay posibilidad de enviar un helicóptero con este viento; las turbulencias os estrellarían contra la sillería de la torre.
—No puedes autorizar esa descarga con nosotros aquí arriba —reclamó Irene, apretando el auricular contra el oído.
—Yo no autorizo nada, Irene. Es una decisión de la Confederación. Adsum Corp no tiene jurisdicción sobre los protocolos de seguridad civil ante un riesgo de rotura. Mi prioridad es el activo. ¿Tenéis el registro del segundo glifo?
Irene se volvió hacia el interior de la cámara. Samuel seguía inmóvil, con la espalda apoyada en el pilar octogonal, observándola con fijeza a través de sus gafas salpicadas de lluvia. En sus ojos abiertos se reflejaba la urgencia que ella misma transmitía en cada gesto.
—El escaneo del pilar está completo —mintió Irene, sosteniendo la mirada de Samuel—. Pero la interpretación de las coordenadas requiere un análisis en tiempo real. No podemos abandonar esta posición sin un plan de extracción.
—Asegura la tableta en el contenedor estanco de tu arnés —ordenó Vance—.
El agua tardará unos ocho minutos en alcanzar la base de la torre desde la apertura de las compuertas.
La estructura de la atalaya es de sillería románica compacta, pero los cimientos descansan sobre una plataforma de caliza fracturada.
No podemos garantizar que el empuje hidráulico no provoque el vuelco de la torre.
—Vance...
—Haz tu trabajo, Sterling. Salva los datos. Si la torre resiste el primer impacto del desvío, buscaremos una ventana de rescate cuando baje el nivel de la escorrentía. Si no... espero que el transceptor de la tableta siga activo para que podamos recuperar el archivo digital desde el fango. Corto.
La transmisión se cortó con un chasquido seco. El siseo de la estática regresó, más agudo, como si el propio aire de la tormenta se hubiera vuelto más denso.
Irene bajó la mano que sostenía la radio.
El viento del norte trajo un olor diferente, un aroma metálico a lodo y vegetación descompuesta que ascendía desde el fondo del desfiladero.
La sirena de la presa continuaba su ciclo de tres pitidos cortos y uno largo, pero ahora, superpuesto a la alarma, un rumor sordo comenzó a vibrar en las profundidades de la roca.
No era el viento ni la vibración de los engranajes de bronce que Samuel había liberado en el pilar. Era el rugido de la gravedad arrastrando millones de metros cúbicos de agua hacia el canal de caliza, noventa metros bajo sus pies.
Irene guardó el radiotransmisor en el bolsillo estanco de su arnés con un movimiento seco.
El plástico aún vibraba con la estática de la última transmisión de Vance, pero su atención ya no estaba en el indicador de señal.
Se aproximó a la aspillera y apoyó la palma en la jamba de piedra húmeda para resistir el viento que ascendía por el acantilado.
Abajo, el desfiladero se había convertido en un embudo de bruma cenicienta. El rugido que ascendía desde el fondo ya no era el eco lejano del oleaje, sino un trueno sordo que hacía vibrar el aire en sus pulmones.
—Samuel —dijo, sin volver la cabeza—. Levántate.
Él no respondió. Permanecía junto al pilar octogonal, con la espalda pegada a la caliza y los dedos hundidos en la junta del disco de bronce.
Su respiración era entrecortada; sus ojos, fijos en el suelo, seguían las líneas concéntricas del pavimento, lejos del abismo que se abría a menos de tres metros de sus botas.
El hombro izquierdo, rígido por el golpe del cascote, se contraía con cada espasmo.
Irene se asomó por la aspillera, entornando los ojos contra la llovizna que el viento proyectaba en ráfagas heladas.
La niebla del cañón se rasgó de golpe.
Una cresta de espuma densa como lodo batido emergió del recodo norte del desfiladero.
No era un aumento gradual del caudal, sino un pistón hidráulico de agua turbia de más de diez metros de altura que avanzaba triturando todo a su paso.
Troncos de pinos centenarios giraban en el vórtice como astillas y las planchas de encofrado metálico de las obras de la presa se retorcían antes de desaparecer bajo la masa marrón.
El torrente golpeó las paredes del cañón con un estruendo que ahogó la sirena de la presa.
El sendero de los canteros, la delgada línea de caliza que habían ascendido, desapareció bajo la marea sucia. El impacto contra la base del acantilado proyectó una cortina de agua y lodo que alcanzó la altura del tercer piso de la atalaya en una fracción de segundo.
Irene retrocedió un paso y se cubrió el rostro con el antebrazo mientras el aire se llenaba de un rocío espeso con olor a cieno y vegetación podrida.
—La base está sumergida —dijo, con la voz tensa—. El agua ha cubierto el sendero. No hay retorno por el acantilado.
Un temblor diferente recorrió la estructura de la torre. No era la vibración rítmica de los engranajes de bronce, sino un asentamiento sordo que viajó desde los cimientos hasta la clave de la bóveda.
La sillería románica resistía el empuje, pero los cimientos de la atalaya descansaban sobre una plataforma de caliza fracturada. El impacto de miles de metros cúbicos por segundo contra el espolón de roca aplicaba una fuerza de cizallamiento para la que el monumento no había sido diseñado.
Los protocolos de extracción de Adsum Corp se activaron en su cabeza, mientras descartaba opciones con frialdad.
«Opción uno: evacuación aérea». Imposible. El viento del norte golpeaba la cara de la torre a más de ochenta kilómetros por hora, creando turbulencias de cizalladura contra la piedra. Ningún helicóptero de la compañía podría mantener el vuelo estacionario sin colisionar.