Capítulo 9La marca del cantero #3
Irene se inclinó sobre el pilar, sostuvo la tableta robustecida con una mano y proyectó la luz lateral de su frontal con la otra.
En la pantalla, el mapa de densidades electromagnéticas mostraba las coronas dentadas de bronce alineadas en un plano de dos dimensiones grisáceo.
La tensión del sistema de engranajes aparecía codificada en un gradiente que oscilaba entre el azul y el amarillo en los puntos de contacto.
—La resistencia al esfuerzo cortante en el eje central está al límite, Samuel —advirtió ella, con la mirada fija en las líneas de fuerza que parpadeaban en el monitor—.
Si aplicas demasiada fuerza de torsión en el ángulo incorrecto, el pasador de bronce se cizallará.
No hay repuestos para una aleación del siglo XI.
Samuel asintió despacio. Guardó la espátula de bambú en el bolsillo de la chaqueta y apoyó ambas manos sobre el bajorrelieve del compás y la escuadra.
Evitó mirar hacia el portalón abierto a su espalda, donde la niebla continuaba devorando el vacío exterior; en su lugar, se concentró en la solidez cilíndrica del pilar de caliza.
El frío mineral atravesó el nitrilo de los guantes.
—El par de fuerzas debe ser simétrico —dijo Samuel—. Si empujo solo desde un lado, el tambor se acuñará contra las paredes del alojamiento. Necesito que presiones en el extremo opuesto del diámetro, justo en la punta de la pata más larga del compás.
Irene guardó la tableta en el bolsillo lateral de su arnés y colocó las palmas sobre la piedra, exactamente donde él indicaba. Sus rostros quedaron a escasos centímetros y compartieron el vaho denso que sus respiraciones generaban en el aire estancado de la cámara.
—A la de tres —dijo Irene—. Despacio. Sin impactos.
—Uno. Dos... Tres.
Ambos empujaron en sentido contrario a las agujas del reloj.
La resistencia inicial de la caliza se transmitió a sus palmas como una rigidez soldada por siglos de acumulación de hollín y carbonatos.
Un latigazo de dolor le recorrió el hombro izquierdo; apretó los dientes sin ceder.
Bajo sus manos, el relieve del compás se sentía áspero, inalterable.
—No cede —jadeó Irene.
—Fricción estática —respondió Samuel, con la frente apoyada casi contra el fuste—. El mortero de yeso degradado del exterior ha debido filtrar micropartículas de sulfato en la junta circular. Necesitamos romper la adherencia inicial. Mantén la presión constante.
Samuel inclinó el torso hacia delante para transferir el peso de su cuerpo sin cargar la articulación dañada. El perfil cicloide de los dientes de bronce, ocultos en el núcleo del pilar, debía deslizarse gracias a la humedad condensada del acantilado.
Un crujido seco vibró bajo sus palmas.
El disco de caliza cedió apenas dos milímetros hacia la izquierda. De inmediato, un siseo metálico ascendió desde el pozo: el bronce pulido giraba sobre sus ejes, un engranaje que despertaba tras novecientos años de inercia.
—Gira —exclamó Irene, mientras aliviaba la presión.
Samuel guio el disco. El contrapeso de granito descendió en el pozo, liberado por la desmultiplicación del sistema. Tres grados, cuatro, hasta que la marca de la escuadra coincidió con la incisión casi invisible del sillar exterior.
Un impacto sordo resonó bajo el suelo de la cámara.
La vibración desprendió una fina lluvia de polvo de caliza desde la clave de la bóveda. En el fondo del pozo, el cilindro de granito encajó en su alojamiento inferior.
Un silbido de aire a presión brotó de las juntas del pavimento. El olor a cieno, a agua confinada y a lodo fluvial inundó el espacio circular. Samuel dio un paso atrás.
—Escucha —murmuró, con la mano alzada.
Bajo sus botas, el suelo vibró con un murmullo líquido.
Un gran caudal de agua cambiaba de dirección en las entrañas del acantilado.
Las galerías medievales volvían a llenarse a medida que la válvula abría las compuertas de la red subterránea, canalizando el acuífero superior hacia la costa a través de los vasos comunicantes diseñados por la Hermandad.
Irene encendió la tableta; la pantalla parpadeaba con alertas naranjas.
—Mira esto —dijo Irene—. El escáner registra una caída drástica de la presión hidrostática en el sector norte, pero las lecturas de la presa vieja se están disparando.
—La válvula ha desviado el flujo de escorrentía —dijo Samuel—. Al abrir los canales de la atalaya, anulamos el bypass artificial que drenaba el embalse. El agua busca sus salidas naturales.
En la pantalla, el modelo tridimensional del valle se tiñó de vectores rojos convergentes en la base del acantilado norte. La alteración de presiones entre la red medieval y la presa moderna generaba una retroalimentación hidráulica inmediata.
Un aullido grave y rítmico rasgó la niebla.
Llegaba desde el fondo del valle: un lamento electrónico de baja frecuencia dispersado por el viento. Era la alarma de emergencia de la presa, el aviso de evacuación por anomalía en los aliviaderos de fondo.
La sirena vibró en el pecho de Samuel al compás del mecanismo de bronce. El aire de la cámara se volvió denso, cargado con la certeza de que la cuenta atrás no avanzaba en un reloj digital, sino en la masa de agua que ya rugía, invisible y desbocada, bajo las losas de la torre.