Capítulo 10La trampa de la marea #3
—Tiene que estar aquí —murmuró Samuel, tiritando—.
La Hermandad dominaba la estática de fluidos.
Si el agua entra a esta velocidad en un espacio cerrado, el aire se comprime.
El efecto pistón reventaría la sillería de la bóveda mucho antes de que el nivel alcanzara el techo.
No habrían diseñado una estructura condenada a autodestruirse.
El agua ya le alcanzaba las espinillas. El torrente exterior golpeaba la base de la torre con un latido rítmico que hacía oscilar la superficie del líquido en la cámara.
Las losas vibraban. Los planes de contingencia de Adsum y los protocolos de rescate eran abstracciones inútiles ante la masa de caliza y agua que se cerraba sobre ellos.
La única salida real estaba en la mente del hombre que tenía al lado.
—Samuel, concéntrate —Irene le puso una mano en el hombro sano—. El agua sube. En cinco minutos no quedará aire. ¿Cómo lo evacuaba la Hermandad?
Samuel levantó la vista, con las pupilas dilatadas y la mirada fija detrás de ella. Le temblaba la mandíbula mientras contenía la respiración, atrapado entre el abismo exterior y la opresión de los muros.
—Un pozo de alivio —articuló, señalando un esquema de círculos concéntricos en la libreta—. En el siglo XI, la presión se evacuaba mediante chimeneas verticales hacia el exterior. Pero en una atalaya defensiva, un pozo abierto en el suelo habría inutilizado la cámara.
—¿Dónde está el conducto? —Irene barrió el suelo con la linterna táctica. El haz de luz se dispersaba en el agua turbia sin alcanzar las losas.
—Bajo el pilar —respondió Samuel, señalando la base octogonal—. El diario menciona el *spiraculum terrae*, el respiradero de la tierra. Un pozo de ventilación circular, paralelo al del contrapeso, que desvía el aire y el caudal hacia una galería de descarga en el acantilado.
Irene se agachó y hundió los brazos en el agua helada hasta tocar las juntas que rodeaban el fuste. El frío le atenazó las muñecas. Sus dedos palparon la muesca circular que el escáner había esbozado minutos antes.
—El agua brota desde el interior del pilar —dijo Irene, siguiendo la corriente con la mano—. Si el conducto está ahí abajo, la presión lo mantiene cerrado o el sillar de acceso está bloqueado por el mecanismo de bronce.
—El dial —Samuel se arrodilló a su lado, sumergiendo los muslos—.
Al girar el disco de bronce tres grados al oeste, liberamos el contrapeso de granito.
Eso abrió la compuerta inferior y debió alinear las aberturas del pozo.
El agua sube porque la crecida obstruye la descarga exterior o porque la presión de la presa ha invertido el flujo.
Un crujido sordo vibró bajo sus rodillas. El suelo de la atalaya se asentó un centímetro. Un chorro denso, cargado de arena, brotó de la junta norte y le salpicó el rostro. La plataforma de caliza cedía ante el empuje exterior.
—La torre está volcando, Samuel —dijo Irene, con la voz firme pese al pulso acelerado—. No tenemos diez minutos. Si el espolón de roca se fractura, la atalaya caerá al vacío. Hay que salir ya.
—La única salida es el pozo de ventilación —insistió Samuel, señalando la losa sur de la base—. Si nos sumergimos en el pozo de oscilación, el flujo nos arrastrará por el conducto de retorno. Su sección decreciente acelera la salida hacia el acantilado. Nos expulsará por la boca de descarga.
El agua turbia ya alcanzaba sus rodillas. Sumergirse a ciegas en un conducto inundado, sin aire, confiando en la geometría de unos constructores medievales, era un suicidio. Si el canal estaba obstruido o era demasiado estrecho, quedarían atrapados en la oscuridad de la roca.
Irene miró a Samuel. En sus ojos no quedaba rastro de la parálisis del pánico; solo una fijeza matemática, una confianza absoluta en el trazo de los antiguos canteros.
—Si tu cálculo de la declinación magnética falla —dijo Irene, sosteniendo su mirada—, los conductos no estarán alineados. Quedaremos atrapados.
—La geometría no miente, Sterling —respondió Samuel, con voz firme—. La Hermandad construía para la eternidad. Solo debemos seguir su diseño.
Irene guardó la tableta en el compartimento estanco de la mochila y ajustó las cinchas del arnés. El agua, pesada y gélida, ya superaba sus muslos. El estruendo exterior se había convertido en una vibración continua que hacía resonar los muros como un diapasón.
Samuel guardó la libreta en su bolsa estanca y se aferró al pilar para resistir la corriente, que ya giraba en un remolino en torno al fuste.
—El pozo se abre detrás del bloque del contrapeso —dijo Samuel, señalando el agua que burbujeaba con violencia a sus pies—. Bajaremos en apnea. En cuanto la corriente nos arrastre, no habrá retorno.
Irene asintió. Se quitó la linterna frontal y la empuñó para iluminar el descenso. Bajo la superficie turbia, el agua se tragaba la luz en un remolino oscuro. El nivel les rozaba ya el pecho, reduciendo el aire a una franja mínima bajo la bóveda.
—A mi señal —dijo Irene, llenando los pulmones con el último aire húmedo de la cámara.
Samuel la imitó y cerró los ojos antes de soltar el pilar. Irene aferró la muñeca del restaurador y, a una, se sumergieron en el agua helada, buscando a tientas la boca oscura en las entrañas de la torre.