Capítulo 8El ascenso a la atalaya #3
—La geometría sigue siendo la misma, Sterling —dijo Samuel, ajustándose las correas de la mochila con un movimiento decidido—. El coeficiente de fricción no ha cambiado. Mientras mantengamos el vector de fuerza vertical y el peso cerca del núcleo de la torre, la piedra nos sostendrá.
Se volvió hacia el siguiente escalón, buscando con la bota la marca de nivelación que la Hermandad había tallado en el intradós mil años atrás. La línea quebrada cruzada por el compás desigual era su única garantía en medio de la tormenta.
El ascenso continuó bajo el azote de la tormenta.
La suela de la bota de Samuel buscó el relieve de los últimos ángulos tallados en la caliza.
El cuádriceps izquierdo se tensó al elevar el cuerpo un nivel más.
A su derecha, el vacío era una masa de niebla que ocultaba el mar y proyectaba el estruendo de las olas contra el acantilado.
Tres peldaños por delante, Irene se recortaba contra la bruma, inclinada hacia el muro de la torre. El viento del norte sacudía la lona de sus chaquetas con el chasquido rítmico de una vela descontrolada.
—Faltan diez peldaños para el rellano —gritó Irene sin volver la cabeza. Su voz llegó amortiguada por el silbido del aire en las aspilleras.
Samuel asintió. Su respiración era un silbido corto que le quemaba la garganta. El hombro izquierdo, golpeado por el cascote minutos antes, limitaba la movilidad de su brazo; debía confiar el equilibrio a la adherencia de las suelas y a la fuerza de la pierna derecha.
Al dar otro paso, el peldaño cincuenta y cinco vibró. La caliza, erosionada por los siglos, transmitió un crujido sordo a través de la suela.
«Fricción interna», se repitió, con la mirada fija en la junta de mortero del sillar superior. «La caliza húmeda reduce la resistencia, pero la carga es de compresión. El vector es vertical».
Irene se detuvo en seco. Su bota derecha quedó suspendida a medio camino del siguiente nivel.
—¿Qué ocurre? —Samuel se detuvo en el peldaño cincuenta y seis y pegó la cadera a la sillería.
Irene no respondió de inmediato. Se enderezó despacio, apoyando las manos en los sillares contra una ráfaga de viento, y bajó la vista.
—El camino se ha cortado —dijo. El estómago de Samuel se encogió.
Samuel ascendió un peldaño más, con el hombro pegado a la piedra húmeda, hasta quedar detrás de ella. Al levantar la vista sobre su hombro, vio el vacío.
El último tramo de la escalera de caracol había desaparecido.
Tres peldaños en voladizo se habían desprendido del muro.
Solo quedaban las cicatrices blancas en la sillería, tres cuñas de caliza limpia donde el empotramiento había fallado por cortante, dejando al descubierto el núcleo de mortero lavado por la lluvia.
La brecha medía algo más de dos metros. Al otro lado, el portalón de acceso —un arco de medio punto de sillería románica— se abría en el muro como una boca oscura. El umbral de caliza, desgastado, se situaba unos centímetros por debajo del último peldaño sano donde Irene apoyaba las botas.
Abajo, a noventa metros, la niebla se abría por momentos sobre el hervidero de espuma blanca del mar contra las rocas basálticas. La perspectiva vertical se contrajo ante los ojos de Samuel, succionando el aire de sus pulmones.
Su visión se estrechó en un túnel. Las sienes le latieron con fuerza; sus dedos, dentro de los guantes de nitrilo húmedos, se aferraron al sillar hasta raspar las falanges contra la piedra.
—No hay apoyo intermedio —dijo Irene, analizando la brecha—. La caliza del muro es lisa. No podemos colocar un anclaje temporal para escalada artificial.
—Tenemos que bajar —articuló Samuel con voz ronca—. El yeso del tercer piso está degradado y no resistirá un descenso sin asegurar, pero es mejor que esto.
—Bajar es una caída segura, Samuel —Irene se volvió hacia él; sus ojos grises no vacilaron—. El sillar que bloqueamos abajo ya se desliza. Si cargamos el peso en descenso sobre esos peldaños, provocaremos el colapso del tramo medio. No hay retorno.
Samuel miró el portalón. Dos metros. En un gimnasio, una distancia insignificante. Aquí, suspendidos en una espiral de piedra, con ráfagas de viento lateral y las suelas resbaladizas por el limo, la brecha parecía insalvable.
—La física del salto es simple —dijo Irene, descolgándose la mochila con lentitud—. Necesitamos velocidad horizontal para compensar la pérdida de cota. El umbral está unos veinte centímetros por debajo de este peldaño. La gravedad nos ayudará a alcanzar la plataforma antes de perder la inercia.
—Si la suela resbala en el impulso, el vector horizontal se anulará —respondió Samuel, con los dientes apretados para contener el temblor—. Caerás en vertical antes de alcanzar el borde.
—Por eso no debemos saltar desde el borde exterior —Irene señaló con el pie la unión del peldaño con el muro—. El empotramiento es la zona más rígida; hay menos escorrentía de agua y mayor fricción. Empuja con el pie izquierdo pegado a la sillería y proyecta el cuerpo hacia el interior del arco.
Sostuvo la mochila con la mano izquierda y lo miró.
—Voy a saltar primero. Cuando esté al otro lado, te daré indicaciones. Tira tu mochila antes; el peso te desestabilizará en el aire.
—Irene...
Ella no esperó. Flexionó las rodillas, apoyó el hombro contra la sillería para contrarrestar el viento y buscó la junta seca del sillar. Permaneció inmóvil un segundo, midiendo las ráfagas que golpeaban el muro.
En cuanto el silbido del aire disminuyó, se impulsó hacia delante.
Su cuerpo se proyectó sobre la brecha en un movimiento elástico, libre de la rigidez que atenazaba a Samuel. Sus botas sobrevolaron el vacío gris; la mochila describió un arco corto en el aire.
El impacto contra el umbral fue un golpe seco de caucho contra piedra. Irene aterrizó con el pie derecho en el centro de la plataforma, pero la inercia y la humedad la hicieron resbalar hacia el borde exterior.
Samuel ahogó un grito.
Con un reflejo rápido, Irene soltó la mochila, proyectó el torso hacia el interior de la cámara y aferró los dedos a las juntas del pavimento medieval. Frenó el deslizamiento justo cuando sus talones quedaban suspendidos sobre la nada.
Se incorporó de rodillas, con la respiración agitada y el rostro salpicado de lodo gris, a salvo dentro del perímetro de la torre.
—¡La caliza del umbral está pulida! —gritó hacia Samuel, apartándose el pelo mojado—. ¡No intentes aterrizar de pie! Déjate caer hacia delante en cuanto sientas la piedra. Usa las manos para absorber la inercia.
Samuel miró el espacio vacío. La brecha parecía haber crecido. La niebla, arrastrada por una corriente ascendente, envolvió el umbral y difuminó los contornos del arco.
Un crujido agudo bajo su bota izquierda interrumpió su parálisis.
No era el asentamiento de la mampostería, sino el chasquido de una fractura por tensión. El peldaño cincuenta y siete cedió medio centímetro en su extremo libre. Una grieta diagonal, delgada pero nítida bajo el agua, avanzó desde el borde exterior hacia el empotramiento en el muro.
El mortero de cal del siglo XI fallaba bajo la carga estática y el esfuerzo cortante acumulado por el salto de Irene.
—¡Samuel, el peldaño va a colapsar! —gritó Irene desde el interior—. ¡Tienes que saltar ya! ¡No pienses en la distancia!
La náusea del vértigo regresó con una violencia física que le nubló la vista. La gravedad tiraba de sus botas hacia el fondo del acantilado. Sus manos se aferraron al sillar con desesperación, buscando la única materia sólida que le quedaba.
«La deformación es plástica —se obligó a razonar—. El colapso es inminente. El tiempo de resistencia al esfuerzo cortante ha expirado».