Capítulo 8El ascenso a la atalaya #4
La caliza crujió de nuevo. Un fragmento del intradós se desprendió y cayó sin ruido en la bruma. El plano horizontal comenzó a inclinarse hacia el exterior, perdiendo el ángulo de un grado y medio hacia el interior del muro que la Hermandad había diseñado para garantizar la estabilidad.
Si permanecía allí, caería con la piedra.
Se quitó la mochila de un tirón, ignorando el dolor del hombro, y la lanzó hacia el portalón. El bulto voló sobre la brecha, aterrizó con un golpe sordo y se deslizó hasta la base del pilar central.
Se situó en el borde de la grieta. El pie derecho buscó el sillar de soporte, el único punto con rigidez estructural. Flexionó las rodillas, con la vista fija en el umbral, negándose a mirar la masa gris a la izquierda de su campo visual.
—¡Mírame a mí, Samuel! —gritó Irene, extendiendo los brazos desde el arco—. ¡Olvida la piedra! ¡Salta hacia mis manos!
La caliza bajo su bota izquierda cedió. El extremo del peldaño se desgajó del muro con un chasquido seco e inició su caída hacia el vacío.
En el instante en que el soporte desaparecía, Samuel se impulsó hacia delante con la fuerza que le quedaba en la pierna derecha.
El vacío lo envolvió.
Durante una fracción de segundo, no hubo apoyo. El viento del norte le golpeó el costado izquierdo, desviando su trayectoria hacia el exterior del arco. El mar rugió abajo, como un trueno que ascendía para recibirlo. Sus brazos se proyectaron hacia el frente, buscando un asidero en la bruma.
Sus manos impactaron contra el borde del umbral.
La dureza de la piedra le golpeó las palmas, transmitiendo un dolor agudo por los antebrazos hasta los hombros. Sus botas chocaron contra el muro exterior, sin encontrar adherencia en la sillería mojada. Quedó suspendido sobre el abismo, aferrado al umbral por la fricción de los dedos enguantados.
La lona de su chaqueta rozó el borde áspero; el peso de su cuerpo comenzó a vencer la resistencia del agarre.
Dos manos se cerraron sobre sus muñecas.
Irene, tendida sobre el vientre en el suelo de la cámara, se aferró a él y bloqueó el deslizamiento. Los tendones de sus brazos sobresalían bajo la lona de la chaqueta; sus botas buscaban apoyo en las juntas del pavimento para hacer palanca.
—¡Te tengo, Samuel! —articuló entre dientes, con el rostro enrojecido—. ¡No subas las piernas todavía! ¡Arrastra el torso sobre el umbral!
Samuel apoyó los codos en la losa húmeda, utilizando la fricción de la lona para ganar altura. Con un gemido, forzó los músculos en un último esfuerzo de tracción, deslizando el pecho sobre la caliza fría hasta que sus caderas rebasaron el borde.
Irene tiró de él y lo arrastró hacia el interior de la cámara.
Samuel cayó de costado sobre las losas, con jadeos roncos que le quemaban los bronquios. El olor a polvo milenario, piedra seca y hollín sustituyó al aire salino del acantilado. Cerró los ojos sobre la solidez del pavimento. El suelo firme detuvo la oscilación de su cabeza.
Antes de que pudiera incorporarse, un estruendo colosal conmovió la estructura de la atalaya.
No era una detonación de la presa, sino un crujido estructural que viajó por la sillería de la torre. Samuel abrió los ojos y se volvió hacia el portalón.
Fuera, en la bruma, la escalera de caracol exterior colapsaba.
La pérdida del peldaño cincuenta y siete y el impacto de los saltos rompieron el equilibrio de tensiones de la espiral. Privados de la fricción que mantenía la cohesión del conjunto, los peldaños inferiores comenzaron a deslizarse uno tras otro de sus empotramientos.
El sonido fue un estrépito rítmico, una sucesión de impactos secos que resonaron como el desmoronamiento de un esqueleto de piedra.
*Clac. Clac. Clac.*
Samuel e Irene observaron desde el umbral cómo las cuñas de caliza se desgajaban de la pared y desaparecían en la niebla, precipitándose hacia el basalto.
En menos de diez segundos, la espiral que los había conducido a la cima se desintegró, dejando el muro cilíndrico limpio de salientes, una superficie lisa y vertical azotada por la tormenta.
El silencio volvió al cabo, interrumpido únicamente por el silbido del viento que entraba libre por el portalón.
Samuel se incorporó despacio, apoyando el peso en el brazo derecho para proteger el hombro. Miró el vacío más allá del umbral. La escalera exterior ya no existía. Estaban a noventa metros de altura, aislados en la cámara alta, sin cuerdas y sin ninguna vía física de descenso.
Irene se puso de pie y se sacudió el polvo de las rodillas. Su mirada recorrió el portalón vacío antes de volverse hacia la penumbra. Su rostro, surcado por hilos de agua sucia, recuperaba la fría determinación habitual.
—Bueno, doctor Geller —dijo, señalando con la linterna táctica el centro del espacio circular—. Parece que ya no tenemos que preocuparnos por el tiempo que tardará Adsum Corp en cerrar el acceso. Estamos solos.
Samuel se ajustó las gafas con dedos trémulos y se volvió hacia el interior. En el centro, el pilar octogonal de soporte se alzaba hacia la bóveda de crucería, cubierto por una capa de hollín medieval que ocultaba los secretos de la Hermandad del Silencio.