Capítulo 8El ascenso a la atalaya #2
«Treinta y dos peldaños —calculó, mientras su bota buscaba el centro de gravedad del siguiente escalón—. Altura estimada: seis metros. Cota de transición».
Al rebasar el nivel del segundo piso de la torre, el viento del norte dejó de ser una corriente canalizada por el acantilado para convertirse en una sucesión de impactos físicos directos.
La fuerza lateral sacudía su mochila, amenazando con desplazar su centro de masa fuera de la base de sustentación.
Samuel apretó los dientes, sintiendo el frío del metal de sus gafas contra las sienes.
En su cabeza, el cronómetro invisible de la presa de Vila de la Roca seguía descontando minutos: cincuenta y una horas y quince minutos para la inundación total.
Subieron diez peldaños más, palmo a palmo, coordinando cada movimiento con la colocación de los anclajes intermedios que Irene fijaba en las juntas sanas del siglo XI. Sin embargo, al alcanzar la altura del tercer piso, la calidad de la mampostería sufrió una alteración drástica.
La caliza compacta de la base dio paso a una sección de sillería blanquecina, descascarada por una meteorización alveolar severa.
Las juntas de mortero ya no presentaban la dureza del aglutinante hidráulico medieval; en su lugar, corrían líneas de una pasta disgregada que se deshacía al tacto de los guantes de nitrilo.
Irene se detuvo sobre un peldaño cuyo borde exterior aparecía fracturado.
Seleccionó una fisura vertical entre dos sillares de soporte y empujó un anclaje de expansión rápida.
Al golpear el pasador con el mazo, el sonido no fue el tañido seco de la piedra sana, sino un golpe sordo, como si golpeara arcilla seca.
Un chorro de polvo gris y fragmentos de yeso cristalizado brotó de la junta, arrastrado de inmediato por el viento hacia la bruma.
—El mortero está completamente degradado aquí —dijo Irene, frunciendo el ceño bajo la capucha mojada—. Es blando. El perno no expande con suficiente resistencia.
Samuel se estiró hacia delante, pegando el pecho a la roca para asegurar su posición. Examinó la junta con los ojos entornados para protegerlos de la lluvia ácida.
—No es mortero de cal, Sterling —advirtió, con la voz tensa—.
Es un parche de yeso y arena de construcción.
Una reparación decimonónica para sellar filtraciones de agua.
El yeso expuesto a la salinidad marina sufre una conversión química por la acción de los sulfatos.
Se convierte en ettringita secundaria, un mineral expansivo que destruye la cohesión interna del aglutinante. Su resistencia a la tracción es nula.
—Es el único punto de anclaje viable en este tramo —replicó ella, mientras pasaba la cuerda por el mosquetón—.
El siguiente sillar sano está tres metros más arriba, fuera de mi alcance sin cargar el peso en este perno.
No tenemos tiempo para buscar otra opción, Samuel.
La niebla está cerrando el cabo y la visibilidad va a quedar reducida a cero en diez minutos.
Irene se inclinó ligeramente hacia atrás, buscando la tensión del arnés para liberar sus manos y alcanzar el peldaño superior.
—¡Espera! —gritó Samuel—. Tu software calcula sobre piedra seca, pero la caliza saturada tiene un coeficiente de fricción interna muy inferior. Al tensionar la cuerda, estás aplicando un momento flector sobre el empotramiento del sillar. Vas a provocar un fallo por cizalladura.
Un crujido sutil, casi inaudible bajo el bramido de la tormenta, interrumpió su advertencia.
No fue el chasquido de una fractura limpia, sino un gemido sordo, un lamento mineral que viajó a través de la mampostería de la torre hasta la suela de las botas de Samuel.
Una línea de polvo blanco, delgada como un hilo, comenzó a abrirse camino desde el interior de la junta donde el perno de Irene estaba alojado.
Irene se congeló en mitad del movimiento. Su cuerpo, suspendido sobre el abismo a cuarenta y cinco grados de la vertical, dependía por completo de la resistencia de ese único punto de hierro.
—No te muevas —susurró Samuel. El pánico de su vértigo cedió ante la lucidez fría del restaurador frente al colapso estructural inminente—.
No traslades el peso a la cadera. El sillar de soporte tiene una fisura interna latente.
El anclaje está actuando como una cuña de presión que ensancha la grieta con cada milímetro que te inclinas.
La mirada de Irene se desvió hacia la junta.
A la luz plomiza de la mañana, el bloque de caliza que sostenía el perno comenzó a deslizarse hacia fuera, apenas dos milímetros, empujado por la fuerza de tracción de la cuerda de seguridad.
El mortero de yeso degradado se desintegraba en un goteo constante de arena húmeda que el viento dispersaba en el vacío.
—Si el bloque cede, la cuerda se destensará y caeremos al tramo inferior de la escalera —dijo Irene.
Su voz se mantuvo plana, pero los tendones de su cuello se tensaron bajo la piel húmeda—.
El absorbedor de energía de mi arnés no detendrá la caída si chocamos contra las aristas de los peldaños de piedra.
—El vector de fuerza —articuló Samuel, forzando a su cerebro a resolver la ecuación estática—.
Necesitamos anular la componente horizontal de tracción.
Si te pegas al muro, la fuerza sobre el perno volverá a ser de cizalladura pura en lugar de extracción.
La caliza resiste diez veces más a la compresión que a la tracción.
—Si me pego al muro, mis botas perderán adherencia en esta inclinación —replicó ella. Su mano derecha buscó con lentitud una hendidura en la piedra superior, pero sus dedos resbalaron sobre el liquen húmedo.
—Confía en la fricción de la suela. Mantén el cuerpo rígido y desliza los pies hacia el interior de la espiral, cerca del núcleo de la torre. Yo bloquearé tu base.
Samuel ascendió un peldaño con un movimiento rápido, ignorando la náusea que le provocó ver el vacío abrirse directamente bajo su codo izquierdo.
Se encajó en el ángulo donde el escalón se unía a la torre, presionando su cadera contra la mampostería para ganar estabilidad.
Extendió el brazo derecho y lo apoyó con fuerza contra el lateral de la bota de Irene, ofreciéndole un tope físico para evitar que su pie resbalara hacia el exterior del peldaño de Fibonacci.
La caliza crujió de nuevo, esta vez con un chasquido más agudo.
Un bloque de mampostería de unos diez kilos, justo por encima del anclaje, se desprendió del muro con un sonido seco.
Cayó sobre el hombro izquierdo de Samuel antes de rebotar y desaparecer en la niebla del acantilado.
El impacto le arrancó un gemido de dolor, pero no apartó la mano de la bota de Irene.
—¡Ahora! —gritó.
Irene flexionó las rodillas, pegando el torso contra la sillería cilíndrica.
El movimiento redujo instantáneamente la tensión de la cuerda.
El perno de expansión osciló en la junta abierta, pero no llegó a salir del todo.
Sus suelas de caucho chirriaron sobre la caliza húmeda, buscando el punto de apoyo que la mano de Samuel aseguraba.
Tres segundos interminables. El único sonido en la atalaya fue el silbido del viento y la respiración jadeante de ambos. El equilibrio era precario, sostenido únicamente por la fricción del caucho contra la piedra mojada y la fuerza de los músculos de Samuel contra el peso de Irene.
La caliza bajo las botas de Samuel vibró, transmitiendo la fuerza estática que se estabilizaba a través de la espiral.
El diseño de la Hermandad resistía; la inclinación de un grado y medio hacia el interior del muro redirigía el peso hacia el núcleo de la torre, manteniendo a los dos cuerpos pegados a la estructura a pesar de la pérdida del anclaje.
—El sillar se ha asentado —dijo Irene despacio. Su rostro estaba a pocos centímetros del de Samuel; sus ojos grises reflejaban la tensión acumulada—. La grieta se ha cerrado bajo la compresión. No te muevas.
Con un movimiento lento y de máxima precisión, Irene soltó el mosquetón de la cuerda de seguridad del anclaje dañado. El trozo de caliza fracturada quedó suelto en la junta, pero ya sin la tracción de la cuerda, permaneció en su lugar por pura gravedad.
Estaban sin seguro. Doce metros de caída libre los separaban de las losas de la plataforma inferior, y noventa más del basalto del acantilado donde el mar continuaba su demolición rítmica.
Samuel soltó la bota de Irene con lentitud. Sus dedos estaban entumecidos por el esfuerzo y el frío; la lona de su chaqueta estaba empapada y el hombro izquierdo le latía con un dolor sordo donde el cascote lo había golpeado.
—No podemos colocar más anclajes en este tramo —dijo Samuel, mirando la sillería superior, donde las juntas de mortero presentaban el mismo color grisáceo del yeso degradado—.
Toda la sección del tercer piso ha sido alterada por restauraciones decimonónicas.
Si perforas otra junta, provocarás un efecto dominó que descalzará los peldaños superiores.
Irene se enderezó, apoyando la espalda contra el muro de la torre. Su mano izquierda acarició la cuerda inútil que colgaba de su arnés.
—Eso significa que el resto del ascenso debe ser en libre —señaló, con una calma que Samuel no supo si atribuir al valor o a la resignación profesional—. Sin cuerda de vida. Si uno de los dos resbala, no hay sistema que detenga la caída.
Samuel miró hacia arriba. Apenas quedaban seis metros para alcanzar el umbral de la cámara alta, pero el sendero de piedra parecía desdibujarse en la niebla que ahora envolvía la parte superior de la atalaya.
El viento soplaba con una violencia salvaje, arrancando jirones de bruma y proyectándolos contra el muro.
«Seis metros —pensó—. Veinticuatro peldaños. El final de la espiral logarítmica».